martes, 12 de septiembre de 2017

Vía muerta

Fotografía tomada la pasada semana en el túnel de una línea de ferrocarril abandonada.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

La nube

Una nube se interpuso entre Günter y Capella. Y era su desprecio.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Walter Sickert: el pintor que nunca fue "El Destripador"

El 20 de mayo de 1932, la aviadora Amelia Earhart despegó de Harbour Grace, en Newfoundland, Canadá, para cruzar el Océano Atlántico en solitario, como Charles Lindbergh había hecho cinco años antes. A bordo de su Lockheed Vega 5B de color rojo intenso, era la primera mujer en acometer la hazaña y la segunda persona en lograrlo.
Lockheed Vega 5B rojo de Amelia Earhart, ahora 
en el Museo Nacional del Aire y el Espacio 
en Washington
Aunque su intención era aterrizar en París, tras 15 horas de vuelo, y por problemas técnicos, tuvo que hacerlo en un pastizal de Irlanda. Al día siguiente voló hasta Middlesex, donde fue recibida por una multitud que la aclamaba. La prensa se encargó de difundir la noticia. Entre los millones de lectores que en todo el mundo admiraron la proeza de Amelia aquel día, estaba Walter Richard Sickert, una de las figuras más influyentes de la pintura británica de las primeras décadas del siglo XX. Sickert, que entonces contaba 72 años, había adoptado la costumbre de pintar sus cuadros a partir de fotografías. Precisamente esa es la técnica que aplicaría en su obra La llegada de Miss Earhart; obra que reproducimos a continuación, junto a la fotografía original.
Amelia Earhart es la figura, apenas visible, oculta tras la multitud, que hemos marcado con un círculo rojo a la derecha del lienzo, eclipsada por su propia fama.


Una (muy)breve biografía

Walter Richard Sickert nació en Múnich en 1860, de padre danés y madre anglo-irlandesa. En 1868, la familia se trasladó al Reino Unido. Inició una breve carrera como actor, pero en 1881 cambió los escenarios por los pinceles, bajo la tutela del pintor James Abbott McNeill Whistler.
Walter Sickert en 1911, fotografiado
por George Charles Beresford.


En 1883 viajó a París, donde conoció a Edgar Degas, sin duda una gran influencia para él, que lo movió a abrazar el impresionismo, desarrollando su propia visión y estilo. Durante la década de los 80 realizaría una serie de pinturas centradas en los teatros londinenses de variedades,
Con esta ingeniosa composición, Sickert
retrata a la vez a la cantante, reflejada
en un espejo, y al público asistente.
 en las que retrata tanto a los actores 
como al público. Es un observador de la tragicomedia humana. Un espectador entre espectadores.
Viajero incansable, pasaría temporadas en Francia, especialmente en Dieppe, y 
en Venecia. Fruto de estos viajes 
son, por ejemplo, La Giuseppina, el anillo y Mamma Mia Poveretta.


Si el arte, hasta ese momento, había retratado casi exclusivamente a la clase dirigente y a los burgueses, y a los santos de la Iglesia, en definitiva, a quienes se podían permitir pagar a un artista, el impresionismo había irrumpido en la modernidad retratando al nuevo protagonista del progreso: las clases medias. Sickert dio una vuelta de tuerca más a este giro, interesándose por las clases trabajadoras, sin llegar a penetrar en los ambientes sórdidos que exploró Toulouse-Lautrec. En sus cuadros de interior, con frecuencia hallamos a un hombre y una mujer, entre los que parece interponerse un muro de silencio e incomprensión.

Sickert fue un firme defensor del arte moderno, hasta que se desencantó con la deriva hacia la abstracción del arte. Para remediarlo, y mantener al arte en los márgenes que no debía traspasar, fundó el llamado Grupo de Camden Town, formado por 16 miembros, solo varones, activo entre 1911 y 1913, de tendencia postimpresionista.


Bajo sospecha

El Crimen de Camden Town, tal como salió publicado en la prensa. A la derecha, 

la auténtica Emily Dimmock, retratada a la izquierda de la página.
Lo primero que uno podría plantearse es la pregunta «¿Qué puede inducir a nadie a pensar que un pintor como Sickert podría ser Jack el Destripador?». La respuesta a esa pregunta es «En parte, el propio Sickert». Comencemos por el principio. El 11 de septiembre de 1907, 19 años después de los crímenes de Whitechapel y Liverpool, Emily Dimmock, conocida como Phyllis, que ejercía ocasionalmente la prostitución a espaldas de su pareja –Bertrand Shaw, empleado de ferrocarriles– fue brutalmente asesinada en el distrito londinense de Camden Town. Su cliente le cortó la garganta mientras dormía. El asesino tuvo tiempo de lavarse la sangre de las manos en una palangana de la habitación. El crimen debió de impresionar a Sickert o, más bien, fascinarle. Su interés por la vida de las clases trabajadoras lo había llevado a instalarse en los suburbios, primero en Cumberland Market y, más tarde, en el propio Camden Town, en 1905. Seguramente, el crimen más famoso del momento, con todas sus connotaciones sociales, debió de parecerle parte de la tragedia que se representaba en los suburbios a diario. Especialmente, el modo en que, a través de la prensa, se había convertido en un espectáculo público. En un movimiento, quizá calculado, Sickert tituló «El Crimen de Camden Town» una serie de retratos de mujeres desnudas, tendidas en camastros lúgubremente iluminados, con un hombre vestido y sentado a los pies. Estos cuadros, sin embargo, se habían presentado anteriormente con títulos como Una tarde de verano y, luego, ¿Cómo pagaremos el alquiler?
¿Qué haremos para pagar el alquiler?,
má tarde rebatizado como El crimen
de Camden Town.


En su libro El Destripador: la vida secreta de Walter Sickert (2017), Patricia Cornwell se basa en débiles indicios para afirmar que Sickert fue El Destripador. Según la autora, una cirugía para corregir una fístula que se le practicó a los cinco años (según Cornwell, en los genitales; en realidad, en el ano) lo dejó impotente (Sickert se casó varias veces y tuvo descendencia), llenándolo de odio hacia las mujeres. Entre las pruebas materiales que sustentan su teoría, señala el hecho de que las cartas que el asesino envió a la prensa están escritas en el mismo tipo de papel que empleaba Sickert y un supuesto autorretrato que el asesino dejó en la pared de la habitación de uno de sus crímenes, que guarda cierto parecido con una fotografía de Sickert. El asesino más mediático de la historia, por cierto, sigue dando que hablar.
Sin embargo, la obsesión de Sickert con estos crímenes era
La habitación de El Destripador
un hecho bien conocido. El pintor no perdía ocasión de hablar del asunto a quien quisiera escucharle, e incluso contaba que había alquilado una habitación en Cumberland en la que, según su casera, había vivido el que, sospechaba, era el mismísimo Destripador: un joven y extraño estudiante de veterinaria, cuyos padres se llevaron para ingresarlo en un psiquiátrico. El propio Sickert se lo había buscado, por así decirlo.
En ninguno de la serie de cuadros titulados El Crimen de Camden, sin embargo, vemos la escena de un crimen. Lo que observamos es un hombre vencido, incapaz de sostener el hogar, y una mujer que solo posee su cuerpo como mercancía,  condenada a ser mil veces sacrificada en un crimen horrendo. Quizá ese sea el crimen de Camden Town que Sickert retrata en sus tenebrosos interiores. Pero, además, y en sus cuadros es un tema recurrente, está el aislamiento del hombre moderno, su incapacidad para comunicarse. En estos misteriosos cuadros hay mucho más de lo que parece y merece la pena reflexionar sobre ellos.
La fascinación por el crimen no es un invento de la modernidad. Los ciegos se ganaban la vida recorriendo pueblos y ciudades con relatos truculentos. ¿Qué es diferente ahora? Si regresamos al principio de este artículo, como en el caso de Amelia Earhart, la diferencia es la prensa. Los medios de comunicación de masas lo cambiaron todo. Como decía el filósofo, «el todo no es igual a la suma de las partes» y sumar lectores tuvo sus consecuencias. El mundo se convirtió en un teatro, uno de los temas favoritos de Sickert, y el pintor supo captar y retratar los nuevos tiempos, anticipándose a ellos. Y ese, es el sello de la genialidad. 

lunes, 14 de agosto de 2017

sábado, 12 de agosto de 2017

El espejo

El rey convocó a sus caballeros. «Una terrible amenaza se cierne sobre el reino», les anunció. El rey mesóse las barbas –hacía tiempo albas–, dejando en suspenso su discurso. Un instante bastaría –en tanto los estimaba–, para que los nobles Guardianes del Reino se aprestaran a su defensa. Mas, para su asombro, ninguno de los hombres que lo rodeaban acudió al emplazamiento; ninguno rehuyó la mirada con vergüenza, y esto fue lo que más le dolió. «Desdeñáis la sabiduría. Las fiestas, otrora sagradas, no significan para vosotros nada, sino una ocasión para el exceso. De noche, yacéis en vuestros mullidos lechos y sobre vuestra blanda arrogancia de día. Cultiváis vuestros cuerpos, fingiendo imaginarios combates ante un espejo y celebráis la victoria derramando vino en cálices de oro», les recriminó. Pero los caballeros tejían ropajes con la indignación de su rey.
Convencido el monarca de que no hallaría el coraje entre sus corrompidos caballeros, resolvió buscarlo entre sus humildes súbditos. Los emisarios pregonaban por doquier el requerimiento de su rey, pero el edicto resonaba en el vano estaño de los espíritus. En todo el reino no encontraron un hombre capaz.

«¿Esta es la hora de tribulación del mundo, y no hay en todo el reino un brazo tan generoso que se alce para aliviar su dolor?», se lamentaba el rey.

Por fin, tomó una decisión: vistió su armadura, montó su caballo y partió solo al sacrificio. Nadie salió a despedirlo. Los caballeros sortearon las pertenencias del anciano rey, pero nadie aceptó el trono vacante.

martes, 8 de agosto de 2017

En vuelo

Los vencejos no se posan ni para beber. Foto tomada el pasado sábado 5 de agosto.