jueves, 27 de agosto de 2015

Una de esas reflexiones

Vivimos un momento histórico singular, de eso no cabe duda. Pero yo iría aún más lejos; probablemente se trata de un momento inédito en la Historia de la Humanidad. Me explico: quienes me conocen, saben que hace tiempo que sostengo la tesis de que no estamos en crisis, sino en decadencia. Nuestra civilización –así me lo parece– se agota. Eso no significa que no pueda producir aún momentos gloriosos, aunque puntuales. Cantos de cisne, por así decir. ¿Por qué esta afirmación tan contundente? Bueno, si examinamos el pasado, la fundación de las grandes civilizaciones se basó en religiones para articular sus leyes, su ética y su forma de gobierno. Los reyes estaban ahí por mandato divino y eran los representantes de los dioses en la tierra, siempre asistidos por una casta sacerdotal que les daba el marchamo que su solemne posición requería. Ignoro si una cosa es consecuencia de la otra o si se trata solo de un síntoma, pero me atrevería a afirmar que la decadencia va acompañada de la desafección de la gente hacia sus dioses: la descomposición empieza cuando –o sucede a la vez que- la gente ya no se cree a sus propios dioses.

La Edad Antigua dio paso a la Edad Moderna, pero el modelo siguió siendo básicamente el mismo: los reyes y, a veces, también los tiranos, detentan el poder porque Dios así lo quiere. Y, si bien sigue habiendo una legión de personas en todo el mundo que cree en Dios –y no pocos fanáticos que se aferran a su fe y tratan de dar la vuelta a la Historia para regresar a la Edad Media–, lo cierto es que el edicto de Nietzsche «Dios ha muerto» me parece un excelente punto de anclaje para marcar el comienzo de la decadencia de la Civilización Occidental. El Hombre quedó huérfano y ha tratado de encontrar consuelo a su vacío en otros lugares; en la tecnología, por ejemplo. ¿Es esto el fin de la Humanidad? Por supuesto que no; no, al menos, si vencemos la tentación de apretar el botón y hacer saltar todo por los aires. No, no es a eso a lo que yo me refiero, cuando digo que este es un momento inédito. El fin de una civilización solo marca el principio de otra, por más que un cambio tan trascendental sea siempre convulso y signifique, a veces, una auténtica catástrofe para muchas personas que perecen en el cambio. Lo que me parece realmente inédito de este momento histórico particular, lo que me resulta fascinante, es que ese edicto de Nietzsche al que aludía anteriormente, no significa solo la consagración de la sociedad laica, por así decirlo; la separación de poderes; la independencia del pensamiento de Dios y, muy especialmente, el pensamiento científico. No es que la Humanidad –o, al menos, una parte de ella: aquella que, en cierto modo, constituía la punta de lanza y la avanzadilla del  pensamiento de su época— haya renunciado al Dios de los Cristianos para explicar el mundo, sino a los dioses. Lo que me parece realmente fascinante, es que, si esta civilización desaparece para dar paso a un paradigma completamente nuevo, me parece imposible que pueda fundarse en una nueva religión. ¿Sería posible la aparición de un nuevo profeta en nuestra sociedad? Dudoso, aunque reconozco que no imposible: si las cosas se ponen realmente difíciles, el hombre recurre a fuerzas sobrenaturales. Cualquiera que haya pasado por una situación realmente ardua –una enfermedad grave, por ejemplo–, se habrá sorprendido a sí mismo dirigiéndose a Dios, incluso aunque no sea creyente. Pero si, suponiendo por un momento que la evolución que parece natural en el estadio de desarrollo en que nos encontramos sea la que yo supongo, la civilización a la que dé paso la desaparición de la nuestra –algo que habrá de suceder antes o después, tenga o no razón en mi análisis–, no se basa en una nueva religión, ¿en qué se basará? ¿Cuál será el nuevo paradigma que articule las sociedades del futuro? A mí me parece fascinante asistir a ese momento, por mucho que, como en todo nacimiento, el alumbramiento se obre con dolor. Y, nadie lo negará, hay no poco dolor y locura en este nuestro mundo contemporáneo. Veremos en qué para todo esto.

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