domingo, 17 de marzo de 2013

Un cuento florentino. Tercera parte.


III

Valino no perdió el tiempo, e inmediatamente se anunció como el autor del prodigio del Porcellino, que había asombrado a la ciudad en los últimos días. Él, el Maestro Valino, y sólo él, conocía el secreto mecánico capaz de hacer cantar a una figura de bronce.  Y, para que no cupiera duda de ello, presentó al público su tosca estatua que, efectivamente, a una orden suya, comenzó a cantar con infinita melancolía. Los asistentes apenas podían contener las  lágrimas, conmovidos por la belleza y la tristeza de la voz que emanaba de la pequeña figura que remedaba al querido Porcellino. El éxito, pues, fue inmediato y Valino amasó, a costa de Massimo, una pequeña fortuna. Mientras tanto, el eco de su preciosa voz se extendía por el continente y Valino fue llamado por los reyes europeos. Allá donde actuaba, recibía aplausos, honores y riquezas. Los reyes lo felicitaban y las damas de la corte se deshacían en halagos, para lograr su favor. Massimo se acurrucaba en su jaulita y sentía cómo se le escapaba la vida. Los aplausos del público, cuyos ecos le llegaban claramente, las felicitaciones de los reyes, todo eso le pertenecía a él y sólo a él; pero sólo era un débil ratoncito y no podía hacer nada para impedir que el rufián de Valino siguiera engañando a todos y abusando de él. Aquel pensamiento lo mortificaba. Y así, el desdichado Massimo siguió viajando, como un delicado bulto, deleitando a los monarcas y actuando en los principales teatros, hasta que un día se agotaron los escenarios de Europa. El Porcellino cantarín acabó pasando de moda. Valino comenzó a considerar la idea de acabar con Massimo, ahora que ya no le servía para nada. Mas la fortuna sonreía de nuevo a Valino, que un buen día recibió la visita de dos embajadores del emperador de la China,

—Ha llegado hasta conocimiento de Su Majestad Imperial que vuestro ingenio ha creado una estatua capaz de cantar, y que lo hace hermosamente—dijo uno de los emisarios del emperador.
—Así es—replicó Valino, y en su voz había algo de falsa modestia y zalamería.
—El Emperador se sentiría honrado de recibiros en la corte y deleitarse con vuestro invento. Debéis saber que Su Majestad Imperial puede ser sumamente generoso si es adecuadamente complacido.

¡Oh, qué bien sonaron aquellas palabras en los oídos de Valino! Naturalmente, aceptó de inmediato la oferta y, Valino en una silla de mano, y Massimo en su triste cárcel, viajaron hasta China para presentarse ante el mismísimo emperador. Y Massimo cantó de nuevo, con la misma melancólica voz que había conmovido a los reyes de Europa y a sus damas y al público de los teatros, y produjo el mismo efecto en el emperador y en las damas de la corte imperial y en los eunucos. El emperador lloraba como un niño al escuchar aquellas melodías que ninguno de sus músicos había siquiera imaginado jamás. Era tan delicada su voz, tan armoniosa la composición, y tan sentida la música y la interpretación, que su espíritu se apaciguaba escuchándolo y su corazón se enternecía. Y hasta los súbditos estaban agradecidos a Valino, que así había traído la paz al atribulado monarca, pues su gobierno se había dulcificado por el efecto sanador que la invención del extranjero había obrado sobre él. Sin embargo, a veces el éxito puede traernos la ruina y un día el emperador, que sufría pensando que un día Valino pudiese marcharse, llevándose con él aquel bálsamo para su espíritu, le propuso que fabricase para él una réplica del Porcellino cantarín, pero esta vez con forma de ave. Y una propuesta del emperador, era una orden que no podía de ninguna manera desobedecerse. Valino palideció y sintió que se paraba el corazón en el pecho pero, ¿qué podía hacer sino prometer a Su Majestad que satisfaría puntualmente su petición? Como podéis imaginar, sólo le quedaba una salida: fabricar la estatua que el emperador le había solicitado, sacar a Massimo del Porcellino y meterlo en la nueva estatua. Quizá Massimo acabaría muriendo, porque el emperador no sabía que debía alimentar al ratoncito que se ocultaba dentro, pero duraría lo suficiente para que él tuviera tiempo de alejarse y salvar el pellejo. Este cruel plan, tenía no obstante un problema: el emperador había puesto al prodigioso Porcellino musical bajo custodia de dos soldados, pues de ninguna manera quería que sufriera ningún daño, y para sacar a Massimo de ella, debía destruirla primero.
Pasaban los días y la estatua cantante del emperador no estaba terminada. Valino ponía excusas y el monarca desesperaba. Para ganar tiempo, Valino hizo traer desde Italia ciertos materiales que sólo allí podían obtenerse, pero esta táctica era arriesgada: ¿y si Massimo enfermaba y no podía cantar? ¿Cómo explicaría quello al emperador? El consejero imperial visitaba cada poco el taller de Valino y este le mostraba sus pretendidos progresos, hasta que la paciencia del emperador se agotó. ¿Acaso no quería satisfacer sus deseos? ¿Osaba defraudar al emperador? Si no ponía término inmediatamente a semejante desacato, lo haría decapitar. Valino no tenía salida y decidió contar la verdad. ¿Qué era lo peor que podía sucederle? Si el emperador, enfurecido por el engaño ordenaba ejecutarlo, no habría perdido nada; en cambio, si su confesión lo apaciguaba, habría salvado la vida. Valino confesó la verdad. El emperador no supo cómo reaccionar: pasó del asombro a la cólera y luego al temor de que Massimo pudiese morir allí dentro. Inmediatamente ordenó que el ratoncito fuese liberado de su prisión. ¡Oh, qué triste se puso el monarca al ver a aquella mísera criatura que tantos años había pasado encerado en tan cruel cautiverio! Convocó a los mejores médicos de la corte, y aun del imperio entero, para que atendiesen al pequeño ratoncito. Deseaba, de todo corazón, compensarlo por el trato que Valino le había dado durante tanto tiempo, como si sintiese que había sido la raza humana toda la que había cometido aquel vergonzoso acto, y que a él le tocaba redimirla. Durante varios días, el emperador meditó qué hacer con Valino. Finalmente, decidió perdonarle la vida, lo despojó de toda posesión y ordenó que fuese trasladado a la frontera, con agua y provisiones para dos días: si moría en la estepa o si lograba salvarse, era algo que no le incumbía y lo dejaba en manos del destino. Nunca más se supo de él, pero si alguna vez os topáis con Valino, avisados quedáis con lo hasta aquí narrado.
Por su parte, Massimo se recuperó. El emperador lo vistió con a mejor seda de China y lo alojó en la mismísima Cámara Imperial: nada le faltaba. Massimo era muy feliz y su voz recobró una alegría, tanto tiempo olvidada, que henchía el corazón del emperador. Pasaron los años y Massimo y el emperador envejecieron. Un día, Masssimo, que aprendió a comunicarse con el emperador por señas, le hizo saber que echaba de menos su Toscana: quizá le quedaba poco tiempo de vida y quería morir en Florencia.  El emperador guardó un sombrío silencio al saber aquello. ¿No se encontraba a gusto con él? ¿No le había salvado y lo había tratado con respeto, incluso con cariño y agradecimiento? Pero el emperador era hombre justo, y al cabo comprendió que Massimo sintiera nostalgia de su casa. Si alguien lo separase a él de las azules montañas de su patria, también sentiría nostalgia. Por fin, el monarca accedió y ordenó que Massimo fuese transportado, con los honores de un príncipe, hasta Florencia. Cuánto lloraron ambos al despedirse, es algo que ningún narrador podría expresar con palabras. Pero así se ordenó y así se cumplió.

Llegado a Florencia, Massimo recordó la cúpula de Santa Maria del Fiore que había contemplado la primera vez que llegó a la ciudad. Le llevó un poco trepar hasta la gran esfera que corona el duomo, pues sus patitas, antes tan ágiles, estaban doblegadas por la edad. Allí se instaló. Y su hermosa voz volvió a llenar el aire de Florencia por unos días. Y aunque Massimo murió sólo unas semanas después de llegar a su querida Florencia, aún resuenan en la memoria de los florentinos los ecos de su hermosa voz. Lo más extraordinario, no es que Massimo fuese un ratoncito, sino que los florentinos nunca supieron quién era el dueño de la prodigiosa voz que, durante un tiempo, llenó las calles de la ciudad.

FIN


P. S.: ¡Quién tuviera de su parte al emperador de China!

Licencia de Creative Commons
El pequeño Massimo: un cuento florentino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

No hay comentarios:

Publicar un comentario