martes, 25 de septiembre de 2012

Un asesinato singular




Un asesinato singular

Por Carlos Olalla Linares


¿Quién no conoce la reputación del afamado abogado Alfred Gustavson, socio fundador del prestigioso bufete Gustavson, Ferguson & Wolfowitz? No es preciso que el lector desperdicie ni un solo instante en intentar contestar a esta banal pregunta, pues la respuesta es de sobras conocida por todos. Una fama tan indemolible se labra sólo con denodada dedicación, con la abnegada entrega de toda una vida a la profesión que se ama; con devoción y un inquebrantable compromiso con el derecho: “Cada minuto del día”, declaró en cierta ocasión nuestro abogado, para un diario de la ciudad, “trae consigo una enseñanza que alguna vez será de utilidad ante el tribunal. Permanecer alerta y atesorar esa sabiduría, es la tarea del auténtico hombre de leyes.” Sin duda, este titánico esfuerzo arroja ahora sus frutos en forma de una intachable reputación y una credibilidad a prueba de toda contingencia. ¿Habríamos de dar algún crédito, si fuese de otro modo, al inverosímil relato de unos hechos, a todas luces increíbles, como los que ahora me dispongo a narrar? Confieso que si el ilustre apellido Gustavson no estuviese de por medio, yo mismo tacharía semejante historia de paparrucha, de superchería indigna de ser impresa en papel, y ofrecida a un público que poco o nada extraería de ella, salvo una pequeña dosis de solaz y un pizca de ingenuo y fugaz asombro. Pero conozco a Richard desde hace muchos años, y sé bien que las mismas cualidades que sostienen el espíritu enorme de su tío Alfred, dan forma y alimentan a su carácter. Richard es tan incapaz de contar una mentira o de llevar a cabo una acción deshonesta, por insignificante que esta sea, como Ud. o yo lo seríamos de cometer un crimen atroz. Richard Gustavson es un hombre de una rectitud euclidea. Puedo asegurar, pues, que la cadena con que se hila esta historia es tan firme, como los cimientos de las pirámides.
            Hace unos días, Richard y yo nos encontramos por casualidad, después de una larga temporada sin vernos. Estaba como siempre, salvo que una aureola de respetabilidad lo acompaña ahora como una condecoración; emana de él de un modo tan manifiesto, que es imposible no reparar en ella; la porta con tan graciosa naturalidad, como si careciera de importancia, que en ningún momento os abruma ni incomoda. Sintiendo deseos de charlar con él, como en los viejos tiempos, y saber algo de sus últimas hazañas vistiendo la solemne toga de abogado, lo invité a comer en mi casa; si ningún asunto lo requería en los juzgados. Consultó su reloj y accedió gustoso a dedicarme un par de horas o tres. A pesar del frío, optamos por dar un pequeño paseo hasta mi casa, pues estábamos apenas a unas manzanas de distancia, y durante el camino revivimos algunos recuerdos de juventud, cuando ambos éramos estudiantes, que nos hicieron reír a gusto. Tras la comida, nos retiramos al gabinete, donde nos servimos algún licor que templara nuestros espíritus y nos dispusimos a adentrarnos en la sobremesa del mejor ánimo posible, arrellanándonos en sendos butacones al amor de la lumbre,

—Por cierto, ¿qué tal está tu tío? —pregunté.
—Bien, bien, como siempre. Se ha retirado hace un mes, y ahora vive en el campo —respondió cordialmente.
—No lo sabía. ¿No echará de menos el derecho? No me lo imagino lejos de los tribunales.
—Nada de eso, querido amigo —replicó Richard—, estar al tanto de los secretos más sórdidos de una ciudad es una carga demasiado pesada, incluso para un espíritu tan capaz como el suyo. Te aseguro que Atlas no soportaba un trabajo más extenuante—hubo unos instantes de silencio, durante los cuales Richard miraba al fuego abstraído, ausente, como si la sombra del mal, invisible a mis ojos, cruzara ante los suyos con una mueca burlona—. Es curioso—comenzó a decir—, esto me recuerda mi primera visita al Museo del Crimen de la Ciudad, que mi tío y yo hicimos tal día como hoy de hace veinticinco años. Casi la había olvidado… —comentó, acariciándose los labios con un gesto muy suyo.
—¡Detesto esos lugares! ¡Oh, disculpa Richard! No quería…—me apresuré a remediar mi torpeza.
—No, no te disculpes Joseph. En realidad, yo también los odio. Si los visito, es sólo por motivos estrictamente profesionales. Como dijo el poeta, Beatus ille qui procul negotiis, mi buen amigo. No imaginas cuánto añoro posar la cabeza sobre la almohada, y dejar que el sueño me venza dulcemente, sin que las más atroces imágenes vengan a importunarme cuando cierro los ojos—nada pude agregar a sus palabras.
—Los profanos, en cambio, siempre estamos ansiosos por saber ese tipo de detalles, que sólo los profesionales conocéis.
—Te aseguro que la mayor parte de las veces carecen de todo interés, a menos que te atraigan particularmente la crueldad y la depravación. Sin embargo, hubo un caso cuando menos muy… singular, diría yo.
—Bueno, no te detengas ahora, ¡cuéntamelo!
—Está bien, tú lo has querido. Para serte sincero, lleva un rato rondándome la cabeza. Supe de él en aquella mi primera visita al Museo del Crimen de la Ciudad, de la que te hablaba hace un momento, siendo aún estudiante del último curso de carrera. El tío Alfred insistió en que debía visitarlo con cierta regularidad, si estaba decidido a ejercer el derecho; ya conoces su filosofía —asentí—. “Querido sobrino”, me dijo, “descubrirás que el crimen rara vez es creativo ni, mucho menos, original. Conocer los delitos cometidos en el pasado, te proporcionará una ventaja inestimable que algún día te brindará una brillante victoria en la sala.” Desgraciadamente, hay excepciones a esta regla, y suelen ser las más atroces. En fin, paseamos durante horas entre los más viles instrumentos que el hombre puede utilizar para arrebatar la vida de sus semejantes. En su mayor parte, objetos cotidianos profanados por una ira pasajera, como te puedes imaginar.
—Sí, me hago una idea —respondí, con un involuntario gesto de disgusto, que no pasó desapercibido para Richard.
—Como tú ahora, también yo estaba hastiado del hedor del arrebato, de la inacabable tragedia del odio al prójimo, cuando nos detuvimos ante un objeto que de ningún modo esperaba encontrar allí: de la pared colgaba un cuadro de considerables dimensiones. Se trataba de un paisaje, que retrataba unos acantilados cercanos, instantes después del amanecer; ya sabes a cuáles me refiero.
—Los del faro —apostillé.
—Los mismos. “¿Y bien?”, inquirió el tío Alfred, “¿Cuál es tu veredicto, muchacho?” La pregunta me pilló por sorpresa, así que diserté largo rato sobre las cualidades de la pincelada, la composición y desplegué ante mi tío cuanto sabía de pintura, que no era demasiado. Ciertamente, se trataba de una obra extraordinaria en muchos sentidos pero, aun así, no terminaba de colmar el espíritu; era como si careciera de alma; pero, al mismo tiempo, poseía una cualidad tan perturbadora, que uno no tenía más remedio que estremecerse ante él, como si se hallara frente a la esfinge. Me detuve cuando se me agotó la munición y miré a mi tío. “¿Y el tuyo?”, pregunté, deseoso de saber si había pasado el examen. “Asesinato”, respondió él.
—¡Vaya! —exclamé— Eso sí que no me lo esperaba. ¿Un poco más de jerez?
—Gracias —respondió, acercando su copa—. Como tú ahora, también yo manifesté mi extrañeza, “¿Qué quieres decir, tío? Acaso pretendes sugerir que este cuadro representa un asesinato?” “Así es, Richard,” confirmó para mi sorpresa, “pero es mucho más que eso, ¡es el arma misma del crimen!”.
—Te confieso, Richard, que no suelo dejarme arrebatar por historias de criminales, pero esto se pone cada vez más interesante. Continúa, por favor —lo apremié, mientras yo mismo me servía un poco más de jerez.

Richard miró su reloj, dejando en suspenso la respuesta,

—Creo que tengo tiempo aún…
—Más te vale, ¡no pienso dejarte marchar sin que me cuentes la historia completa!
—Bien. Según mi tío, la víctima del crimen se llamaba Atticus Emerson; podríamos decir que para mi tío era más que un conocido, pero menos que un amigo.
—¿Te refieres al crítico de arte y galerista Atticus Emerson? —pregunté intrigado.
—El mismo. ¿Lo conocías?
—Bueno, en mi profesión es un nombre que se oye de cuando en cuando. Tengo entendido que era un crítico concienzudo e inflexible, y que se ganó las antipatías de muchos artistas de su época por ello. Ignoraba que hubiese muerto asesinado; según había oído, se suicidó o algo por el estilo. Creo que se pegó un tiro, ahora que recuerdo.
—Se disparó accidentalmente, sí; esa fue la versión oficial, al menos.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—¿Te suena el nombre de Jonathan Drummond? —inquirió Richard.
—No. ¿Debería?
—Es el autor del cuadro al que me refería antes, pero no te sonara, porque nunca llegó a nada. En parte, quizás a causa de nuestro riguroso crítico.
—Así que el tal Drummond lo mató por venganza. ¡Qué vulgar! Ha sido una decepción, Richard, siento decirlo —dije, paladeando un poco de jerez para consolarme.
—¿Y si te digo que Jonathan Drummond ya había muerto, cuando se produjo el ‘asesinato’ de Emerson? Sí, sí, no enarques las cejas de ese modo.
—¿No irás a decirme que el espectro de Jonathan Drummond regresó del más allá para disparar contra Emerson?
—En absoluto: Emerson se disparó por su propia mano. La verdad es que, visto con la perspectiva del tiempo, aquello no podía terminar de otro modo.
—¿Terminarás de contarlo de una vez! —Richard empezaba a impacientarme.
—Disculpa, tienes toda la razón. Al parecer, Jonathan Drummond era un empleado público, funcionario del Ayuntamiento creo, que, en sus ratos libres, pintaba cuadros al óleo. Ya sabes, uno de esos aficionados que llegan a adquirir una técnica aceptable a base de atormentar a sus familiares y amigos con la desinteresada donación de sus obras. Sin embargo, nuestro pintor amateur llegó a alcanzar cotas más que notables de maestría, y comenzó a acariciar la idea de ver sus obras colgadas en una galería de arte. Después de todo, si Paul Gauguin había iniciado su carrera artística en la madurez, ¿por qué él no iba a poder hacer algo parecido?
—Muy razonable.
—Cierto. Con esta ambición, se enfrascó en la creación de una auténtica obra de arte, algo de lo que pudiese vanagloriarse ante el mundo.
—El cuadro al que te referías antes.
—No, eso vino después. Además, no me interrumpas. ¡Luego protestarás si no te cuento la historia completa! —hice gesto de prometer mantener la boca cerrada—. Nuestro amigo, pintó y pintó, hasta que ultimó algo que juzgó digno de revelarse al mundo y, con el mayor de los entusiasmos, se dirigió a la galería de Atticus Emerson, portando su obra bajo el brazo. Atticus Emerson en persona examinó el cuadro; ni que decir tiene que no aprobó la obra, pero le conmovió la voluntad de aquel pintor mediocre, al que faltaba aún más que un poco para ser un verdadero artista, y lo animó a no desfallecer. Creo que ese instante de compasión le costó la vida. Desde aquel momento, Jonathan Drummond no cejó en su empeño de ver su nombre incluido entre los grandes pintores de la Historia, y a todas horas importunaba al galerista con nuevas pinturas, que nunca satisfacían del todo el elevado criterio del crítico de arte. Deslumbrar a Emerson y demostrar que se equivocaba, se convirtió para Jonathan Drummond en la finalidad misma de su vida. Abandonó definitivamente su puesto de trabajo, su familia y amigos, y se encerró en un pequeño estudio de la calle Dumas, para dedicarse en cuerpo y alma a la que consideraba su sagrada misión: abrir los ojos a Emerson y al mundo entero.
—Como veo que la historia se prolongará aún un poco, ¿qué te parece si pedimos que nos preparen un poco de café? Pediré que nos traigan también unas pastas.
—Me parece bien. Caramba, no sé si me dará tiempo a contarte el final —lo miré con expresión entre implorante e implacable— Haré un esfuerzo. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Algún tiempo después, mi propio tío fue testigo de la escena que desembocaría más tarde en tragedia, sellando el destino de ambos hombres. Emerson daba una fiesta en su casa y estaba de bastante buen humor, porque había hecho una buena venta ese día. Mi tío Alfred era uno de los invitados; Emerson le estaba agradecido por cierto consejo legal que el tío Alfred le había dado, según me dijo. Todo discurría por los cauces habituales en una fiesta de esa naturaleza; bueno, tú ya sabes cómo son esas cosas. A eso de la media noche, se escucharon voces en la entrada: alguien discutía acaloradamente en la puerta —la doncella interrumpió la narración, al entrar con nuestros cafés.
—¿Leche?
—Sí por favor.
—¿Azúcar?
—Dos —respondió mi amigo, recalcando su respuesta con un par de dedos levantados—. Gracias.
—Sírvete tú mismo las pastas. Volviendo a nuestra pequeña historia, supongo que era el tal Drummond el que estaba en la puerta armando jaleo.
—En efecto. Antes de que Emerson pudiese hacer nada, Drummond irrumpió en la sala, totalmente fuera de sí, llevando consigo su ultima obra, que aún estaba fresca. Emerson hizo un esfuerzo para no perder la compostura, pues aunque estaba habituado a las salidas de tono de Drummond, era la primera vez que éste se atrevía a invadir su domicilio. “Drummond, ¿qué diablos está haciendo aquí?”, intervino, intentando atajar la escena que muy previsiblemente se avecinaba, “Esto es una fiesta privada, está usted importunando a mis invitados. Sea lo que sea lo que lleva usted ahí, ¿no puede esperar a mañana? Tráigamelo a la galería y yo lo examinaré gustoso, como hago siempre.”
—Muy comedido —apostillé.
—Emerson era un caballero, sin duda, y estaba muy acostumbrado a tratar con el temperamento artístico, pero aquello excedía la capacidad de tolerancia del carácter más templado. Por su parte, Drummond no atendía a razones. Esgrimía la tela sin la menor precaución, mostrándola en alto para demostrar su talento a los presentes; pero como la pintura estaba aún húmeda, se corría con cada manotazo emborronándose cada vez más. El tío Alfred me describió la escena como una perfecta alegoría de la descomposición mental de Jonathan Drummond, cuya psique parecía desmantelarse por momentos paralelamente a su propio cuadro. En medio de su desvarío, Drummond acusó a Emerson de obstaculizar deliberadamente su avance como artista y de sabotear su carrera, para proteger los intereses de los artistas de su galería. Semejante injuria era un ultraje que no podía tolerar, y la compostura que había mantenido hasta ese momento, dio paso a una airada respuesta. “¡Señor Drummond!”, estalló por fin, “He soportado estoicamente el asedio al que me ha sometido durante meses, sin una protesta; creo que le he dado muestras de una paciencia sin límites, pero lo de hoy rebasa todos los límites imaginables. Señor mío, sabedlo de una vez: no tenéis talento. No negaré que vuestra técnica pictórica ha mejorado mucho en las últimas semanas, pero no sabéis captar la esencia de las cosas; vuestra pintura no tiene alma, no expresa nada, no transmite nada; no llegáis al corazón, y sin eso, creedme, vuestra obra no vale nada. Carecéis de la chispa que distingue al genio, aunque no sepa deciros porqué; podéis estar seguro de que si lo supiera, lo haría esculpir en mármol y os lo entregaría como Dios entregó a Moisés los mandamientos, con tal de veros triunfar; pero sí sé identificarlo cuando lo veo y en vuestros cuadros, señor mío, no lo encuentro por ninguna parte. Pues bien, desde ahora os hago saber que no pienso colgar en mi galería material de segunda fila: si lo hiciera, mi prestigio como crítico naufragaría, y no voy a permitir que semejante cosa suceda. No avalaré su obra con mi sello. Marchaos, dibujad para el Jardín Botánico, si os place, pero dejad el arte para los auténticos artistas.”
—Soberbio discurso; conciso, recto, demoledor —esa era mi opinión, al menos.
—Dos hombres muy diferentes se enfrentaban aquella noche: de un lado, Emerson, un caballero de los pies a la cabeza; del otro, embadurnado en su propia pintura y completamente fuera de sí, la encarnación misma del lunático. Drummond se entregó al más dramático estallido de cólera que mi tío haya presenciado nunca, esas mismas fueron sus palabras. “Se arrepentirá de esto, Emerson; a Dios pongo por testigo de que pintaré el cuadro más asombroso que el mundo haya conocido y usted, Emerson, usted con toda su soberbia lo lamentará. ¡Ya lo creo que lo lamentará!” Drummond repetía aquellas amenazadoras palabras, al tiempo que los criados lo sacaban en volandas de la casa. La pequeña orquesta que amenizaba la velada retomó su interpretación y el ambiente volvió a animarse. Sin embargo, Emerson no pudo olvidar aquella amenaza.
—Muy comprensible.
—Ya lo creo. ¡Excelentes pastas!  ¿Dónde las compras? —preguntó mi amigo, que ya había terminado con la bandeja.
—Me las ha traído Samuel. ¡Pero no te pierdas en minucias y continúa!
—Está bien, está bien. Como te decía, el bueno de Atticus Emerson estaba muy preocupado por la velada amenaza con que se había despedido Jonathan Drummond aquella fatídica noche. Durante seis largos meses vivió con el temor de verlo aparecer en cualquier momento, hasta que un día, llegó un paquete para él: era un nuevo cuadro firmado por Jonathan Drummond.
—Esta vez, sí era el óleo del museo, supongo —conjeturé.
—Sí, querido amigo, esta vez, sí. Se trataba de un macabro legado, pues unas horas antes se supo que Jonathan Drummond se había suicidado de un disparo en la cabeza en su minúsculo apartamento, asediado por las deudas y la locura. ¡Pobre Emerson! Sintió una culpabilidad totalmente inmerecida que lo impulsó a colgar aquella tela en su despacho. Pasaba horas contemplando el cuadro y en algo tenía razón su difunto autor: había algo asombroso en la tela, que Emerson tardó aún algún tiempo en descubrir.
—¿A qué te refieres? —pregunté impaciente.
—Verás, la exactitud y el realismo con el que está pintado no tiene parangón, que yo sepa. De no haberlo visto con mis propios ojos, no lo creería. Recuerdo perfectamente el momento en que el tío Alfred extrajo de su chaleco una gran lupa, invitándome a mirar la pintura a través de la gruesa lente. En cualquier otra pintura, los detalles se difuminan a medida que uno se acerca, hasta convertirse en una mancha de color; en aquella pintura, ¡detalles invisibles al ojo por ser demasiado insignificantes, se revelan bajo la lupa! A medida que se aumenta la potencia de la óptica, se observan detalles cada vez más diminutos, hasta una exactitud casi atómica.
—¡Richard! —no pude evitar exclamar.
—Tú mismo puedes comprobarlo —replicó él al momento, un poco ofendido por la duda—, mi querido amigo; si dispones de una lente lo bastante gruesa y de la curiosidad para tomarte la molestia de visitar el museo.
—Está bien, te creeré; aunque tienes que comprender que resulta demasiado inverosímil —agregué.
—Pues prepárate para más. En el cielo del amanecer que retrataba la pintura, justo antes de que el sol salga por el horizonte, se podía contemplar una curiosa configuración de estrellas, en la que también aparecía un gajo de luna. Una tarde, Emerson recibió la visita de un viejo amigo, un reputado astrónomo que en aquellos días dirigía el observatorio. “Caramba, Atticus”, exclamó el hombre al ver el cuadro, “ignoraba que te interesara la astronomía”. El pobre Atticus no acertaba a entender, “Bueno, esta configuración es muy particular”, comenzó a explicar el astrónomo, “Aquí están Venus, Júpiter, Saturno, ahí abajo, muy cerca del sol que está a punto de salir, Mercurio y, por supuesto, la Luna”, fue señalando cada uno de los puntos luminosos que brillaban en aquel firmamento en miniatura. “Es curioso”, añadió aún, intrigando más si cabe al ya desquiciado Emerson. “¿Qué quieres decir?”, preguntó este. “Pues que exactamente esta misma configuración se producirá la semana que viene, a las 5:45 de la madrugada; yo diría que, más o menos, la hora que representa este cuadro, a juzgar por los colores del crepúsculo”.
—¡No puede ser! —interrumpí.
—Te aseguro que es cierto; el propio Emerson se lo confesó a mi tío unos días antes de morir. Su amigo le confirmó el día y la hora exactos a los que el cielo tendría el aspecto representado en el cuadro. ¿Te das cuenta?
—Sí, es asombroso —respondí.
—No, no me refiero a eso —dijo Richard. En ese momento, ese maldito reloj del saloncito dio las campanadas—. ¡Santo cielo, las cinco! —exclamó alarmado— Tengo que marcharme o llegaré tarde a la reunión con el alcalde. Y ya sabes que el ayuntamiento está al otro extremo de la ciudad. Gracias por tu invitación. Te lo agradezco de veras, he pasado un rato estupendo charlando contigo.
—¿Qué quieres decir? ¿No irás a marcharte así? —supliqué.
—Tengo que irme.
—Espera, tengo una idea. ¿Qué te parece si te acerco en el coche? Pediré al chófer que nos lleve y terminarás de contarme la historia por el camino.
—Está bien —aceptó mi buen amigo Richard, para gran alivio de mis nervios—. ¿Por dónde iba? —preguntó luego.
—Estabas diciendo, “No, no me refiero a eso” —recordé, mientras bajábamos ya las escaleras del garaje.
—¡Ah, sí! Ya sé que es asombroso, pero no me refería a eso, sino a lo que todo aquello significaba.
—No caigo —balbucí confuso.
—Pero Emerson, para su desgracia, sí. Si te fijas, el cuadro fijaba un lugar, un día y una hora precisos.
—¡Dios mío, tienes razón! —exclamé, mientras me acomodaba en el asiento trasero de mi viejo Daimler—. Al Ayuntamiento, Albert —ordené.
—Estaba claro que Jonathan Drummond lo citaba desde la tumba. Atticus Emerson se obsesionó con el enigma. ¿Qué quería de él aquel hombre desquiciado que había pronunciado su amenaza entre aquella mismas paredes, apenas unos meses antes? Fue entonces cuando Emerson descubrió la asombrosa propiedad de la que te he hablado antes: al aumentar mucho la imagen, en una de las calas al pie de los acantilados, Emerson yacía muerto de un disparo, mientras Jonathan Drummond pintaba la escena junto al cadáver. Créeme, yo mismo he visto la escena plasmada en el lienzo. En realidad, aparte de Jonathan Drummond, Atticus Emerson, mi tío Alfred y yo, tú eres la única persona que lo sabe.
—Pero, ¿por qué tu tío no se lo comunicó a la policía? —inquirí.
—Emerson se lo contó a mi pobre tío, pero naturalmente no le creyó y trató de quitarle esa idea de la cabeza. Él lo descubrió mucho después y ya no merecía la pena remover el asunto. Además, se sentía demasiado avergonzado para reconocer públicamente su error. ¡Ya lo ves, hasta los hombres más grandes cometen errores! Supongo que no le importará que te lo haya contado. Atticus Emerson llegó a obsesionarse con el asunto: la venganza de Jonathan Drummond estaba surtiendo su letal efecto, como un veneno de acción lenta. Muy bien, si Jonathan Drummond lo citaba para matarlo, no eludiría la convocatoria. Sin duda, razonaba, no era cierto que hubiese muerto; de alguna forma, se las había arreglado para engañar a los forenses; pero se iba a llevar una sorpresa: él portaría consigo su arma para defenderse. El día y a la hora señalados, un Atticus Emerson demasiado alterado para razonar con claridad acudió a la playa en cuestión. ¡Qué lejos quedaba ya el impecable caballero de unos meses atrás! Por favor, pare aquí Albert —ordenó de improviso Richard a mi chófer, pues habíamos llegado al lugar donde mi amigo debía bajarse— Lo demás, puedes imaginarlo, porque no había nadie allí para contemplar la escena, pero es de suponer que el desdichado Emerson se dejó llevar por la sugestión de ver con sus propios ojos un paisaje exactamente igual, hasta el más mínimo detalle, al óleo que colgaba en su despacho; y seguramente creyó ver a Jonathan Drummond entre las rocas del acantilado, porque descargó repetidamente su arma contra ellas, con tan mala fortuna, que una de las balas rebotó y le dio en la cabeza, matándolo al instante. No lo creerás, pero el cuerpo fue hallado exactamente en la posición representada en el cuadro. Jonathan Drummond se había propuesto destruirlo completamente y lo consiguió.
—¡Increíble! —es lo único que se me ocurrió decir.
Richard abrió la portezuela del viejo Daimler y se despidió,
—Hasta la vista, Joseph. Ha sido un placer volver a verte —dijo, antes de cerrarla de nuevo.
—Lo mismo te digo, Richard. ¡Da recuerdos a tu tío! —exclamé, bajando la ventanilla para asegurarme de que me oía.
—¡De tu parte! —replicó, mientras se perdía entre la nube de periodistas que se arremolinaba ya en las escalinatas del Ayuntamiento.

FIN

Madrid, 7 de septiembre de 2012





Licencia de Creative Commons
Un asesinato singular by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

No hay comentarios:

Publicar un comentario