miércoles, 26 de septiembre de 2012

La felicidad de las margaritas



Por Carlos Olalla Linares

Hubo una vez un muchacho que, al alcanzar la edad en que todo joven debe abandonar la casa de sus padres, temía por encima de todo no conocer nunca la felicidad. A Bernardo, pues ese era su nombre, le aterraba morir sin llegar a ser feliz. Un día, supo de un hombre muy sabio, una especie de mago muy poderoso, a quien podría pedir consejo. Si el hombre se conmovía con sus ruegos, tal vez lograría de él que le revelara el secreto de la felicidad. Nuestro joven se dirigió a la morada del gran sabio: vivía en lo alto de la montaña más alta de la provincia, se alimentaba del viento y saciaba su sed con las nubes. Si tal hombre no podía ayudarle, es que su problema no tenía solución. El gran mago accedió a recibirlo y después de escuchar al joven, decidió atender sus ruegos,
—¡Fíjate bien en esta humilde margarita! —dijo el mago, al tiempo que contemplaba la primera flor de la temporada, que apenas se había desperezado aún del letargo en su capullo— ¿Estarías dispuesto a aplastarla, para lograr tus propósitos?
El joven intuyó que en aquella pregunta se encerraba una celada y, tras pensárselo bien, respondió que sí, que estaría dispuesto a hacerlo. Al fin y al cabo, ¿qué era una simple flor si se comparaba con toda su felicidad? El hombre sabio lo miró sin que su rostro mostrase ninguna emoción, y dijo,
—Bien, entonces tendrás éxito.
—¿Eso es todo? —preguntó el joven.
—Por ahora —se limitó a responder el sabio.
El muchacho se marchó entre aturdido y decepcionado, pues no acertaba a decir si el mago le había concedido o no su deseo. Pero, ateniéndose a las palabras del lacónico nigromante, y con tal filosofía in mente, el joven emprendió un negocio tras otro; y todos fueron un éxito. Pronto, fue el hombre más rico de la ciudad, luego de la provincia y, por fin, del país. Al llegar a tal punto, hizo balance de su vida y de sus bienes, y no le pareció que fuese particularmente feliz. Viajó. En Francia, conoció a una deliciosa joven de la que se enamoró. Tal y como había dicho el mago, también ahora le acompañó el éxito, y la encantadora muchacha le correspondió: ambos se casaron sin más dilación. El joven puso su felicidad en una balanza, pero no le pareció suficientemente robusta. Al año siguiente de casados, la pareja tuvo una preciosa niña, a la que su madre se empeñó en llamar Marguerite. El muchacho, que ya era un hombre hecho y derecho, estaba orgulloso de sí, de su fortuna, de su bella esposa y de su adorable hijita. Un día, recibió la visita del mago en su deslumbrante despacho,
—¿Te acuerdas de mí? —preguntó el caballero.
—Sí, me acuerdo bien de ti. Como vaticinaste, he tenido éxito, pero aún no sé si soy feliz —respondió con un cierto tono de reproche.
—Y, ¿recuerdas la margarita que estabas dispuesto a aplastar para obtenerla? —un escalofrío recorrió la espalda de nuestro Bernardo.
—¿Has venido a cobrártela? No es temporada de margaritas; aún no han brotado… —se detuvo aterrado— Mi hija se llama Marguerite… —ahora, las palabras del nigromante le parecieron una broma cruel. Se arrodilló ante él y sollozando, imploró— Por favor, por favor, te lo suplico, no te la lleves. ¡Ella es toda mi felicidad!
—¡Me ofendes! ¿En verdad creíste que sacrificaría a una inocente criatura? —Bernardo estaba perplejo.
—Entonces, ¿qué deseas de mí? —preguntó confuso.
—Tú querías la felicidad, y yo te la he traído; sólo que, como le sucede a muchos, no te has dado cuenta de lo feliz que eras, hasta que te has creído a punto de perderla.
Bernardo quedó pensativo unos momentos y tras breve cavilación, dio el día libre a sus empleados y corrió a casa para abrazar a su familia. Y el gran nigromante, más sonriente y satisfecho de su trabajo que nunca, regresó a su montaña. Se podría decir que él también era feliz y, tal vez, un poco más sabio que antes; si eso era posible
Fin
Madrid, a 12 de mayo de 2012

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