martes, 17 de julio de 2012

€57A

€57A era un apacible y sencillo planetoide en las afueras del sistema planetario €€ΩS2, cuyos 12 planetas orbitan en torno a una estrella muy chiquita, que puede verse fácilmente en la constelación de Canes Venatici; pero esto lo sabe cualquier escolar de la Tierra, por lo que no insistiré más en tan enojosos detalles. Un día, la paz de sus habitantes se vio alterada cuando llegó al remoto planetoide  una flamante nave interestelar privada, toda llena de elegantes cromados y asientos de cuero. Los habitantes de €57A, que nunca habían visto cosa igual, se arremolinaron alrededor del lujoso vehículo, empañando con su aliento las lunetas tintadas y asustando y, a la vez, llenando de orgullo, a sus vanidosos ocupantes. Por fin, una pareja descendió del vehículo. No se podía decir que fueran exactamente elegantes, pero vestían una ropa con grandes logotipos, vistosamente subrayada por unos complementos a juego, que a los sencillos pobladores de €57A parecieron de lo más exclusivos y deslumbrantes,

—¡Vaya! —exclamó ella, nada más posar su delicado piececito en el suelo, a la par que arrugaba graciosamente su naricilla— ¡Qué olor tan fuerte a pirita hay en este planetoide!
—Excuse, amable y pintoresco nativo —dijo él, dirigiéndose a un asombrado habitante de €57A, mientras señalaba una bolsa con unos extraños palos en su interior—, ¿sabría indicarme el campo de golf más cercano?

El interpelado, que no sabía qué diantres era aquello, se limitó a encogerse de hombros, aunque lo hizo con admirado arrobo. La joven triunfadora de la naricilla hizo un mohín. «Habrá que corregir eso», dijo él.

Los visitantes se instalaron en el hotelito más lujoso del planetoide, lo que no era decir mucho; pronto todos los habitantes de €57A comenzaron a imitar los ademanes, gestos, modos de hablar y, lo mejor que podían, también la forma de vestir de sus huéspedes. También ellos querían ser ricos y gozar del lujo del que la espléndida pareja de recién llegados hacía gala; tumbarse en sillones de cuero blanco y tirarse champán unos a otros: eso sí que era vivir,

—De modo que os gustaría ser ricos como nosotros… —dejó caer el subyugador jovencito.
—¡Ya lo creo, señor! Pero, para eso habrá que estudiar mucho, ¿no? —preguntó el ingenuo muchachito, que acababa de salir del colegio de €57A y asomaba su curiosa cabecita por la ventanilla de la flamante nave espacial.
—¿Estudiar? —preguntó ella— ¿Quieres decir, para saber cosas de ciencia y ser culto y esas cosas raras? —añadió aún, incrédula. El muchacho asintió.
—¡No! De donde venimos, sólo los pringaos son cultos. Allí los llamamos friquis. Son las personas menos populares del mundo y, desde luego, no verás a ninguno de esos tipos a bordo de una preciosidad como esta —dijo, dando una orgullosa palmadita en su magnífica máquina de transporte— ¿Verdad Óscar? —añadió, dirigiéndose a su chófer, con un tono a un tiempo cargado de ironía y complicidad, como una bomba a punto de estallar en el cerebro del colegial.
—Pero —objetó el pequeño—, han sido nuestros científicos los que han hallado la cura del cáncer; vuestros ingenieros, quienes han construido este precioso vehículo. ¿Qué sería del mundo sin los músicos, pintores y escritores de todos los tiempos?

Por toda respuesta, la soberbia pareja soltó una sonora carcajada y subió la ventanilla, dejando al muchacho con un palmo de narices. Literalmente, porque una de las más extrañas características de los habitantes de €57A, es que la sorpresa les hace crecer momentáneamente la nariz hasta la longitud exacta de un palmo.

Mientras la nariz del pequeño recobraba su tamaño normal, su cerebro infantil daba vueltas a lo que acababa de escuchar, y repitió, a cuantos quisieron escucharle, las palabras que aquellos triunfadores le habían revelado a él, el Escogido. Si lo que el Escogido decía era verdad, ¡habían sido unos ingenuos todo este tiempo! El mensaje se difundía por doquier, y llegó también a oídos del presidente de €57A, que estaba preocupado por las elecciones, pero no sabía aún si debía tomarlo en serio o no. Mientras tanto, el apuesto triunfador de la nave espacial privada, fue a ver a un labriego cuyos campos lindaban con uno de los paisajes más bellos del planetoide,

—¿Le gustaría ser rico, buen hombre? —lo tentó— ¿Dejar de trabajar la ingrata tierra y ganar mucho dinero?
—¡Toma, claro! —repuso él— eso, ni se pregunta —lo cual, era cierto.
—Le propongo un negocio redondo: este terreno no vale gran cosa, pero si construimos una gran urbanización de chalets adosados, valdría una millonada. ¿Qué me dice?
—Pero —objetó el labriego—, ¿por qué iba nadie a querer venir aquí?
—Porque este paisaje es verdaderamente bello. ¡Vea que vistas!
—Pero, si lo llenamos de casas, dejaría de ser un paisaje tan bello. Precisamente por eso hay leyes que lo protegen —añadió el aldeano.
—¡Leyes, leyes! Si construyéramos esas casas, todo el mundo podría disfrutar de este paisaje...
—Bueno —interrumpió el hombre—, de lo que quede de él.
—Además, lo que pasa es que el presidente de vuestro gobierno no quiere que seáis ricos, porque estamos hablando de mucho, mucho dinero. Por eso hace leyes que os impiden explotar vuestras tierras.
—Pero —se resistió aún el labrador— las leyes están ahí para protegernos…
—¡No sea ingenuo, hombre! Esas leyes están ahí para que usted, y las personas como usted, no se hagan ricos. De donde yo vengo, cualquiera puede hacerse rico —lo que era básicamente cierto—, pero lo primero es que el gobierno nos deje hacer. Necesitamos libertad.

El labriego se mesaba las barbas: aquello era toda una revelación.

—Podríamos quitar también la policía, para que haya más libertad—dijo el agricultor.
—No, eso no nos interesa. Alguien podría robarnos impunemente: si no hubiese leyes y policías que nos protegieran, estaríamos en manos de los más fuertes.
—Pero sí podríamos poner un campo de golf...
—¡Sí, eso sí! ¡Excelente idea! Un campo de golf siempre es muy conveniente—exclamó el triunfador, halagado al ver lo rápido que su pupilo absorbía sus enseñanzas.

Claro está, en cuanto se difundió la nueva verdad, el pueblo de €57A estalló indignado: exigía que se levantaran las leyes y regulaciones sobre lo que el joven triunfador llamaba "Economía" y se implantase la total "Libertad de Mercado", siguiendo la misma y moderna jerga. El presidente de €57A, preocupado como estaba por las inminentes elecciones, escuchó la voz del pueblo y abrazó él mismo la nueva filosofía, con gran regocijo de sus más allegados. No es necesario decir que salió reelegido. Enseguida, se acometieron obras de construcción por todo el planetoide, hasta que no quedó nada que edificar ni espacio donde hacerlo; entonces, la triunfante pareja se marchó por donde había venido, en una nave aún más lujosa que la que habían traído consigo, aquella que tanta admiración había causado, y aún más ricos (aquí, algunos añadirían "si cabe"; pero, ser aún más rico ¡siempre cabe!). Empero, a pesar de las promesas, en €57A nadie se explicaba por qué no sólo no eran todos acaudalados potentados, sino que eran más pobres que antes; aunque, lo peor de todo, era que también habían perdido los maravillosos paisajes de su planetoide, y la paz y la armonía que reinaban en él. «¡Ah!», suspiraban sus habitantes, «¡Ojalá regresaran y trajeran consigo de nuevo el éxito!». Afortunadamente, tales cosas sólo suceden en sistemas solares muy lejanos.

Fin

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