jueves, 1 de diciembre de 2011

Un ratoncito y una rosa


En lo más alto de la torre más alta de la ciudad, sollozaba una muchacha. Sus lágrimas resbalaban por unas mejillas blanquísimas, y era su llanto tan amargo que, al derramarse sobre la rosa que sostenía entre los dedos, marchitaba al instante los rojos pétalos, que caían al suelo y se quebraban como hechos de finísimo cristal. El ratoncito la contemplaba silencioso desde su escondrijo, con ojillos vivaces e inteligentes; en su pequeño cerebro, la melancólica escena despertó algo semejante a la compasión pues, desde luego, él no era un ratoncito como los demás, y aquel sentimiento le infundió el coraje que le faltaba. Plantado ante la muchacha sobre sus dos patas traseras y jugueteando nerviosamente con sus manitas, se decidió a hablar,



—¿Por qué lloras? ¿Acaso estás triste?—el llanto de la pequeña se interrumpió repentinamente y la rosa cayó de sus manos.

—¿Qui… quién anda ahí? ¿Quién ha dicho eso? ¡Llamaré a la guardia! Si me tocas, aunque sólo sea un pelo, los soldados de mi padre te despedazarán.

—He sido yo—respondió el ratoncito—. Estoy aquí abajo. No voy a hacerte ningún daño—añadió aún, con un gracioso movimiento de los bigotes. La niña tardó algo en reaccionar, pues la sorpresa la había dejado sin palabras. La vacilante sombra del ratoncito se proyectaba sobre la alfombra, iluminado por las llamas del hogar.

—¿Por qué lloras?—volvió a preguntar—Tienes una bonita madriguera y no te faltan el agua fresca y la comida caliente. Me apena tanto verte llorar todas las noches…


“¡Esta sí que es buena,” se dijo ella, “un insignificante ratón se compadece de mí!” La cosa tenía su gracia y la niña decidió seguir adelante con la broma,

—Lloro, porque no soy la más hermosa del reino, como corresponde a mi posición; porque mis labios no son rojos, como la rosa roja, ni mi piel sedosa y aterciopelada, como sus pétalos, ni mis cabellos fragantes, como su perfume. Lloro porque los pretendientes no se disputan mi mano, porque nadie me quiere.
—Bueno…, ¡yo te quiero!—respondió el ratoncito, lo cual era todo lo verdadero que puede ser el amor de un ratón por una niña.

La muchacha no pudo evitar sonreír ante la ingenuidad de su pequeño visitante y, sin reparar en lo cruel de su respuesta, contestó,

—¡Muchas gracias! Pero tú, pequeñín, no cuentas.

En aquel mismo instante, el corazón del ratoncito se partió en tres pedazos—ni uno más ni uno menos— y cayó muerto a los pies de la niña.

—¡Oh, vaya!—exclamó esta—ahora que empezabas a parecerme tan gracioso… ¡una pena!—añadió, al tiempo que tiraba de un cordón de seda, para llamar a la servidumbre.

Al punto, acudió una doncella, que llamó respetuosamente a la puerta,

—¿Habéis llamado?—inquirió con una genuflexión.
—Sí. Haz el favor de retirar esta porquería de aquí—ordenó, señalando el cuerpecito inerme.
—Sí, alteza—obedeció la doncella, que tomó el diminuto cadáver sujetándolo con dos dedos por la cola y lo sacó de la habitación, retirándose con varias reverencias más.

La doncella entregó el cuerpo a un sirviente, que lo transportó abajo y lo entregó a un soldado, que lo arrojó por una de las ventanas más próximas al suelo. El cuerpo del ratoncito aterrizó con un leve “¡pof!” y se hundió en la nieve.



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