Este será mi último cuento aquí. Gracias a todos aquellos que me han leído (me gusta pensar que son pocos, pero escogidos) y, muy en especial, a Alfonso, que me animó siempre.
Carlos Olalla Linares
El tejedor prodigioso
Había una vez un tejedor tan
diestro en su oficio, que la vista no era capaz de seguir a sus manos; tal era
la velocidad con que tejía. Gracias a su portentosa habilidad, podía hacer dos
prendas con la lana de una; o una sola con la mitad de lana ¿Cómo, me preguntáis? Así: tejía
una mitad y a, continuación, la destejía para tejer la otra mitad con la misma
lana, que luego destejía de nuevo; repetía este proceso tan aprisa, que uno creía ver una prenda completa cuando en realidad sólo había media prenda cada vez. Era todo un
espectáculo verlo actuar en las ocasiones en que se prodigaba, y así su gloria
fue aumentando de día en día y propagándose su nombre por todo el reino.
Una mañana, llegaron a oídos del rey las proezas del habilidoso tejedor y, espoleado por la curiosidad, llamó a su chambelán,
Una mañana, llegaron a oídos del rey las proezas del habilidoso tejedor y, espoleado por la curiosidad, llamó a su chambelán,
—Ha llegado hasta mis reales oídos
que hay entre mis súbditos un tejedor capaz de hazañas asombrosas. ¿Sabéis algo
de esto?—preguntó.
El chambelán tuvo que admitir que
nada sabía de aquel asunto, pero prometió indagar e informar a su Majestad tan
pronto como averiguase algo. Para su desgracia, ninguno de los cortesanos supo
darle razón del hábil artesano. El chambelán interrogó entonces a la
servidumbre y resultó que todos habían oído hablar de él. Uno de los sirvientes
de palacio le aseguró que él mismo había presenciado alguna de sus
demostraciones, que alabó grandemente, y el chambelán le hizo prometer que le
avisaría si el asombroso tejedor volvía a exhibirse—pues el noble consejero de
su Majestad recelaba algo y no tenía intención de consentir que su soberano
fuera objeto de la burla de un embaucador. Unos días más tarde, el sirviente,
cumpliendo su palabra, hizo saber al camarlengo de su Majestad que esa misma
tarde tendría lugar una de las demostraciones del prodigioso tejedor. El
consejero se puso las ropas más humildes que encontró para no delatarse, y
salió de palacio acompañado por el sirviente, con el propósito de asistir
personalmente a una de las representaciones del artífice.
Cuando
ambos llegaron al lugar, se había congregado ya una pequeña multitud expectante. El
tejedor, un joven un tanto arrogante, se dispuso a ofrecer uno de sus
espectáculos: ante los ojos del atónito caballero, el tejedor vestía uno tras
otro, de los pies a la cabeza, a cuantos voluntarios se prestaban a ello con
tan sólo un ovillo de lana, tejiendo y destejiendo a una velocidad vertiginosa.
Todos aplaudían entusiasmados. El chambelán regresó inmediatamente a palacio e
informó al rey de lo que había visto,
—Hum, veamos si se trata de un
genio o, si por el contrario, es un estafador: en el primer caso, lo colmaré de
honores; en el segundo, lo encerraremos para siempre en una mazmorra o le cortaremos
la cabeza; ya lo decidiremos.
El chambelán hizo llamar al tejedor
a la real presencia, le entregó un ovillo de lana y los instrumentos necesarios
para su oficio, y le ordenó que mostrase a su Majestad su maestría,
advirtiéndole de las consecuencias si todo se trataba de un engaño. El
jactancioso joven no se arredró y, sin el menor titubeo, repitió ante su
soberano lo que había demostrado tantas veces a sus súbditos. El rey quedó
entusiasmado y colmó al joven de honores, tal como había prometido; por su
parte, concedió nuevos títulos al chambelán, que tomó como mayordomo al
sirviente que lo había conducido ante el tejedor.
Tan
impresionado quedó el rey, que no pudo dejar de reflexionar largamente sobre el
prodigio que había presenciado, e hizo llamar a su ministro de obras públicas.
Este se presentó en la sala del trono al momento y el rey habló así,
—Vuestro soberano ha tenido una regia
idea para duplicar, o incluso triplicar, el territorio de nuestro reino. Tomad
nota—y el rey expuso su plan—; convocad a los ingenieros y estudiad el
proyecto. Debo admitir que contemplar las hazañas del tejedor ha sido una
inspiración.
—La idea será siempre mérito
exclusivo de su Majestad—apostilló el ministro, mientras se retiraba entre
reverencias y genuflexiones.
El ministro obedeció sin dilación
las órdenes de su rey y explicó a su equipo de ingenieros reales la idea del monarca,
que no era otra que aplicar al territorio del reino, lo que el tejedor hacía
con la lana.
—Retiraremos la tierra de un sitio
y la llevaremos mar adentro, de donde la retiraremos de nuevo para devolverla a
su lugar original: repitiendo constantemente este sencillo proceso lo bastante
rápido, nadie notará siquiera que la tierra aparece y desaparece bajo sus pies;
sin embargo, gracias a este ingenioso trasvase de tierras, el reino ganará
terreno al mar y seremos cada vez más grandes, como corresponde a la grandeza
de su Majestad y, por ende, a la de sus reales súbditos sobre los cuales se derrama.
Los ingenieros se rascaron la
cabeza, pues el ambicioso plan requeriría un serio estudio, pero todos
coincidieron en considerar que se podía hacer, ya que su Majestad así lo había concebido;
y una idea de su soberano no podía ser de ningún modo irrealizable.
Inmediatamente acometieron la real tarea, realizaron los cálculos pertinentes,
trazaron los planos y convocaron a los reales proveedores, que avisaron a los
capataces, que a su vez contrataron a los obreros y, sin más dilación, dieron
comienzo las obras. Poco a poco, el reino fue extendiendo sus dominios y, gratificados
por su Graciosa Majestad, los primeros habitantes se mudaron a las nuevas
tierras, donde prosperaron, abrieron tiendas y plantaron huertos y jardines. Se
construyeron edificios de viviendas y nuevas carreteras, lo que obligó a
trabajar aún más deprisa; pues no debía percibirse ni la más mínima señal de lo
que sucedía en el subsuelo, donde la tierra se ponía y se quitaba a un ritmo
frenético. Objetaréis que entonces todo estaba en vilo, pero los cimientos
quedaban suspendidos en el aire sólo durante una ínfima fracción de segundo. Ni
una leve vibración perturbaba el sueño de sus nuevos habitantes. El trabajo era
agotador, pues no podía detenerse ni un instante—de lo contrario medio reino se
hundiría en el océano—, pero el resultado merecía el esfuerzo. Su Majestad
estaba satisfecha. Los súbditos celebraban a su rey, los poetas cantaban sus
alabanzas y los escultores inmortalizaban la real efigie en todas las esquinas.
Los reinos colindantes miraban con
preocupación y perplejidad el avance de las fronteras de su vecino. Los reyes
de las otras potencias convocaron a sus reales geógrafos, que confirmaron la modificación de las costas experimentada por el país vecino; pero ninguno sabía
explicar cómo era eso posible, por lo que se enviaron espías para averiguar qué
sucedía exactamente. La magnitud de las obras era tan extraordinaria, que no se
podían ocultar a los ojos indiscretos y los otros monarcas no tardaron en estar
puntalmente informados del ambicioso plan de su vecino. El mismo pensamiento se
apoderó de todos los reyes de la tierra: “Si no actuamos rápidamente, los demás
reinos se nos adelantarán, extenderán su territorio y pronto nos veremos
rodeados. ¡Que comiencen las obras!” Al poco tiempo, todos los reinos imitaron
la idea del tejedor y redoblaron esfuerzos para ganar terreno a los demás.
Mientras
tanto, la endiablada idea había cundido y las raciones de comida se hacían cada
vez más exiguas. Primero, los platos comenzaron por llenarse a la mitad de
judías, luego a un tercio, luego a un cuarto… pero el camarero que las servía
las movía con tan raudas manos, que parecían llenarlos completamente; igualmente, con media barra de pan
se hacía una entera, salvo que… sólo lo parecía y las raciones mermaban. El
hambre y las enfermedades se extendieron a la misma velocidad que las fronteras,
que pronto chocaron unas con otras. Los reyes ordenaron trabajar aún más
deprisa: puesto que, durante una fracción de segundo, el espacio del vecino
quedaba forzosamente vacío, podía aprovecharse para invadirlo con sólo aumentar
ligeramente la velocidad de las obras. Así, el ritmo se incrementaba y el
trabajo se hacía inexorablemente más arduo, ya que la misma tierra debía
transportarse cada vez más lejos, a medida que los reinos ampliaban sus
dimensiones. Al ocupar superficie que antes pertenecía al mar, este comenzó a
elevar su nivel, por lo que aún hubo que resolver este problema construyendo
diques con trabajadores cada vez más famélicos y enfermos. No es difícil, pues,
imaginar que las guerras por las fronteras y las rebeliones internas no
tardaron en estallar. Las obras se paralizaron, las nuevas construcciones se
hundieron en las aguas y los países, exhaustos, firmaron tratados recuperando
en pocos días sus dimensiones originales que tanto esfuerzo había costado
alterar.
Los descontentos súbditos buscaban
un culpable. Los obreros cumplían órdenes del capataz, que las recibía de los
proveedores, que las recibían de los ingenieros reales que acataban las
instrucciones del ministro de obras públicas que interpretaba los designios de
su Majestad.
—La culpa—dijo el rey cabizbajo en
su descargo—es del chambelán, por traerme a ese endiablado tejedor. Os despojo
de vuestros nuevos títulos.
—La culpa—se excusó este—es de mi mayordomo,
que me llevó a presenciar aquel desdichado espectáculo. Volveréis a vuestro
antiguo puesto—añadió irritado.
—La culpa—rehuyó aún este—es del
tejedor y su aciaga habilidad, que ha envenenado las cabezas de todo el país.
Todos estuvieron de acuerdo, por lo
que el rey ordenó que el tejedor fuese despojado de sus honores y desterrado, y
proscrito su nombre del reino para siempre. Así se escribió y así se cumplió.
FIN

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Curiosa historia. Con mucha "enjundia" que dirían en mi familia. Podrías subtitularlo "un relato cuántico".
ResponderSuprimirSí, o "De los portentosos obradores de la economía", que de un ovillo han hecho tres.
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