jueves, 18 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, capítulo 9


IX


Ni que decir tiene que me apresuré a aceptar el generoso ofrecimiento que se me hizo. Si debía desvelar mi propósito a Laura, en cambio, era algo mucho más difícil de decidir; dediqué mucho tiempo a cavilar sobre el asunto. ¿Qué era mejor, revelarle ahora mi proyectado encuentro con la esposa de Luis Montaner, y conjurar así cualquier malentendido, o mantenerlo aún en secreto y exponerme a que lo descubriera por sí misma y, entonces, quién sabe qué conjeturas se formaría esa cabecita? Laura es una persona dulce, bondadosa y sin malicia, pero el asunto pintaría mal para cualquiera que lo examinase desde fuera y basándose en una información incompleta. No resultaría descabellado figurarse lo peor. No obstante..., “Cariño, me marcho al trabajo. Por cierto, hoy llegaré tarde, he de encontrarme con una mujer. Pero no te imagines cualquier cosa, no es lo que parece.” Impensable. Finalmente, decidí no hablarle de mi encuentro ni del fortuito hallazgo que constituía el primer eslabón de esta cadena, que estaba a punto de rematarse en una casita a las afueras de la ciudad. Debo adelantaros que hoy, día de Navidad de 1911, cuando cierro definitivamente y para siempre el libro, entre cuyas páginas permanecerán ocultas en el secreto de su tumba estas confesiones, Luis Montaner y su esposa han sido nuestros invitados de honor, y, por tanto, puede afirmarse que las cosas han salido bastante bien. Si exceptuamos a las personas mencionadas en estas líneas que ahora lees, tú, desconocido lector, eres el único que tiene noticia de la historia que está a punto de cerrarse.

Ahora sé que no iluminaré al mundo entero con un pasmoso descubrimiento; ni propio ni ajeno. Y con todo, ¡condúceme hasta el tesoro, mi fiel escarabajo dorado!


La casa se encontraba en los aledaños de un pueblecito, recogido entre las montañas, no demasiado distante de la capital, a pesar de lo cual uno tenía la impresión de adentrarse en otro tiempo al acariciar los espesos muros de piedra de sus casas. La nieve caída en días anteriores se apilaba ahora en voluminosos caballones a ambos lados de las toscas calles. El frío era tan intenso, que comenzaba a preguntarme si no perecería como alguno de esos exploradores, cuyos cuerpos congelados se encuentran años después tras el deshielo, cuando alguna expedición acierta a pasar por casualidad, antes de encontrar la casa por la que me había desplazado hasta allí. Pero el encuentro, finalmente, se verifica; creo poder asegurar, sin temor a faltar a la verdad, que nunca antes ni después me he alegrado tanto de ver las volutas desprenderse de una chimenea. ¡Qué promesa tan feliz de arenas doradas y rayos de sol me traían esos borbotones negros! Dispongo del tiempo justo para regresar a tiempo a casa, si no surge ningún contratiempo, pues hoy no tengo ninguna clase que me impida emplear el día a mi antojo, así que ¡manos a la obra!


Una mujer me abre la puerta—es ella, la he reconocido al momento, aun sin haberla visto nunca—, pero no está sola; una voz de hombre se escucha tras ella. Por un momento, me palpita con fuerza el corazón, pues podría ser la del hombre que estoy buscando. Sin embargo, enseguida se presenta como Joaquín Montaner, hermano de Luis. Ambos me invitan a pasar al salón, donde el fuego desprende unos deliciosos efluvios que perfuman toda la estancia. La luz se filtra débilmente a través de los cristales, sobre los que el frío ha dibujado su extraña huella de hielo. Para todos es un momento lleno de emoción—sí, gracias, me gustaría una taza de chocolate caliente—y nos sentamos a una mesa. Nadie sabe muy bien cómo ni por dónde empezar, pero, poco a poco, una sólida confianza crece entre nosotros y la conversación termina por prender. De todo lo que se dijo en aquella habitación, os brindo ahora un sucinto relato, tan exacto como alcanza mi memoria y, si en algún momento falto a la verdad, será por omisión, y sólo cuando la supresión de aquellos detalles que no tengo derecho a divulgar, no entorpezca la narración de la historia que nos interesa.


—¿Qué puedo decirle sobre Luis, que satisfaga su curiosidad?—comenzó diciendo, al tiempo que buscaba apoyo en la mirada de Joaquín—Yo no sé nada del trabajo de mi marido.
—Explícale cómo empezó todo—apostilló él—. Lo que sucedió aquel día.
—Verá, hacía dos años que Luis y yo nos habíamos casado. Éramos jóvenes y muy felices. Las cosas nos iban bastante bien, teníamos una tienda, bueno, aún la seguimos teniendo, de la que Joaquín es socio. Un día antes, supimos que íbamos a tener nuestro primer hijo. Recuerdo que habíamos venido a ver la casa que pensábamos comprar algún día, esta misma en que nos encontramos ahora. Soñábamos con retirarnos a vivir aquí cuando fuésemos viejecitos—su voz soñaba al decir esto—y anduvimos paseando por los alrededores. ¡A los dos nos gustaba tanto esto! Nos alejamos demasiado y cuando nos dimos cuenta de que una tormenta se estaba formando sobre las montañas, era ya demasiado tarde. Corrimos tan deprisa como nos era posible, pero las nubes avanzaban muy rápido, y nos ganaban terreno a cada momento. Los truenos retumbaban en la distancia, primero, luego a nuestra espalda y pronto los tuvimos estallando encima de nuestras cabezas. Faltaba poco para llegar al pueblo, yo iba delante... De pronto, un formidable estampido llenó el aire y una luz cegadora lo bañó todo con un resplandor azulado. Me volví. Luis estaba como paralizado, pero en pie. El rayo lo había alcanzado de lleno aunque, aparentemente, se encontraba de una pieza.
—Sí, fue entonces cuando todo empezó—intervino Joaquín.
—No quiso ir al médico. Decía que se encontraba bien. Mejor que nunca, incluso.
—Un momento—interrumpí—, ¿quieren decir que nunca antes había mostrado inclinaciones de carácter científico? Perdonen, no quisiera ofenderles, pero me parece tan... el rayo fulminante, la caída del caballo y todo eso...—susurré incrédulo.


Me miraron sin comprender mi escepticismo, pues desde su punto de vista, aquel mismo hecho que yo interpretaba como una bendición, se percibía de un modo bien distinto. Yo no podía creer que el genio, que con todos nosotros se había mostrado tan esquivo, hubiese fecundado el intelecto de aquel hombre, derramándose sobre él desde el mismísimo cielo; ellos, en cambio, maldecían el día en que les había arrebatado la felicidad a todos. Tras una breve conversación, la narración de los hechos continuó aún:


—A los pocos días de aquel suceso, comenzaron los dolores de cabeza. No le dejaban trabajar, y comenzó a encerrarse en casa; le molestaba mucho la luz. Seguía sin querer visitar a un médico e incluso echó de malos modos a uno que hicimos venir —“Estábamos preocupados”, apostilló Joaquín—. Casi no dormía. Recuerdo que empezó a decir cosas muy extrañas, que le venían ideas que no podía quitarse de la cabeza. “Están siempre ahí”, solía decir. Yo... estaba muy asustada, pero no sabía qué hacer. Dejó definitivamente de trabajar, y Joaquín y yo nos ocupábamos de la tienda. Luego, nació nuestra hija, pero nada de todo eso parecía perturbar en lo más mínimo la dañina obsesión que crecía cada vez más en él, hasta devorarlo por completo. Empezó a encargar esos libros y a estudiarlos frenéticamente. ¡Aprendió no sé cuántos idiomas para poder entenderlos!


Mostré entonces el ejemplar en cuyo interior había encontrado el apunte manuscrito. “¿Es este uno de ellos?”, pregunté. “Sí, podría ser”—recuerdo que lo examinó y reconoció la letra de unas anotaciones en un margen, con ojos temblorosos y húmedos. Le expliqué entonces de qué modo había llegado hasta mi poder lo que parecía el fragmento de un trabajo científico, que podría ser deslumbrante, y cómo se había perdido para siempre unos días antes, de la manera más miserable.


—Si le soy sincera—dijo con amargura—, no lamento la pérdida. ¡Cómo odiaba todo aquel galimatías! ¡Las cuartillas llenas de signos incomprensibles, que parecían dictados por el diablo! Se compró una pizarra que instaló en el sótano de la casa y la llenaba de aquellas cosas horribles que se le ocurrían; por aquellos días vivíamos en la casa que usted conoció, la que tiene un patio delantero... Entonces era un jardincito precioso. ¡Qué tardes de verano pasábamos allí, a la sombra del magnolio! Aquellos dos años fueron los más felices de mi vida.


Dejé que se recreara unos instantes en aquel grato recuerdo. Quería saber más, pero no tenía derecho a espolear aquella memoria fatigada.


—Las cosas no mejoraron—dijo él.
—Tuvimos que mudarnos y él se quedó allí. ¿Sabe?, una tarde le pedí que pensara en su hija y en mí. “No te pido que abandones esas cosas que haces, pero, al menos, deja que te vea un médico. Tus dolores de cabeza no han cesado en todo este tiempo”. Se puso hecho un basilisco, me gritó, “¿Es que no comprendes que no quiero ser curado? ¡Déjame en paz!”, y luego salió corriendo escaleras abajo, para encerrarse en el sótano con sus libros y su pizarra y sus chaladuras. Desde entonces, le llevaba la comida y algo de ropa limpia todos los días, pero cada vez se lo veía menos. Por eso no nos mudamos de allí nunca, a pesar de lo que sucedió luego...—al llegar aquí, se detuvo y Joaquín tuvo que tomar el relato de los hechos.
—Un día, mi hermano entró en el templo en plena celebración de la liturgia. Llevaba el pelo largo y desaliñado, la barba revuelta y miraba con ojos desorbitados. Se paseaba entre los bancos, gritando a todos “¡Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan...”; incoherencias, que nadie entendió; “¿Acaso creéis que vuestro fasto os salvará? ¿Y tú, charlatán del demonio, piensas que el hábito te convierte en profeta?” y yo qué sé cuantas barrabasadas más. Después de aquella demostración la vida se convirtió en un infierno para nosotros. A él, lo mortificaban porque decían que estaba loco, y  a nosotros nos señalaban como si tuviésemos la culpa, como si portáramos el baldón de un estigma que la delatase. Sin embargo, no podíamos abandonar el vecindario. No sólo por la tienda, que era nuestro único sustento, sino porque no queríamos dejar abandonado a mi hermano, ¿comprende?—asentí y su rostro se relajó aliviado.
—Pasaron los años—comenzó a decir Herminia—, años muy duros. A Luis le dio por almacenar cosas en la casa. Estaba sólo en ella, y apenas tenía ya espacio para moverse; hasta que se quedó dormido y se le vinieron encima. Cuando fui a llevarle algo de comer, vi que no había tocado el desayuno, y me alarmé. Algo tenía que haberle sucedido. Creo que el resto de la historia ya la conoce, excepto que no murió en el accidente, sino que lo sacamos de allí y lo trajimos a esta casa. El médico dijo que había tenido mucha suerte.
—¿insinúa que está aquí ahora?—pregunté con una involuntaria exclamación de júbilo. 
—¿Quiere verlo?
—Eso... eso sería maravilloso—respondí al instante.
—Pero no se haga ilusiones. Está completamente ido.


Me hicieron pasar a una habitación, desnuda salvo por la cama y una mesilla donde había una lámpara, un vaso y un reloj. Luis Montaner, cuya insólita historia acaba de escuchar—podéis creerla o no—, estaba sentado en una mecedora, silencioso y absorto. En aquella visita, como en todas las otras ocasiones en que tuve la oportunidad de encontrarme con él, tomé un asiento y me senté a observarlo. Ni el más leve pestañeo delató un rastro de actividad en el interior de esa cabeza. Sea lo que fuere lo que Luis Montaner había descubierto, grande o pequeño, genial o absurdo, yace en el fondo de su mente, atrapado para siempre en su mundo. Porque yo creo que Luis Montaner vive dentro de su propio mundo una vida más plena y libre que cualquiera de nosotros. A veces, me asomo al cristal limpio de sus ojos, y me siento como el insecto que se estrella en el vidrio de la ventana, una y otra vez, sin poder abandonar el angosto margen de estas cuatro paredes entre las que nos hacinamos y que nos aprisionan, mientras él corre libremente en ese otro mundo ilimitado, donde nunca podremos alcanzarlo. Y allí, seguirá siendo un misterio para nosotros.


FIN


P. D.: esta confesión, como el autor llama a lo que acaban de leer, apareció en 1989 entre las páginas de un libro que descansaba en los anaqueles de la biblioteca de una escuela de ingeniería. Nadie lo había leído desde hacía muchos años. Ahora, por primera vez, sale a la luz pública.



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