lunes, 8 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 5


V

Mi enigmático amigo –¿me atreveré a llamarlo así?– es como una rara estrella tras el manto de una opaca nebulosa que lo eclipsa a mis ojos, y yo, soy el planeta que gira a su alrededor, alejándose y acercándose en su órbita, sin llegar a tocar jamás el sol en torno al cual gravita. Aún no me es posible determinar la cualidad de su brillo, pero por su efecto revitalizador sobre mí, he contraído con él una incalculable deuda de gratitud que estoy decidido a pagar de una u otra forma.

Como si de un explorador antártico se tratase, me pertrecho anímicamente para mi encuentro con el asombroso establecimiento, pues que de él brotó tan valioso tesoro. En principio, su aspecto resulta más bien poco prometedor; en la serena quietud del mundo del que yo procedo, resultaría impensable que una construcción levantada por el hombre, que ha llegado a semejante grado de consunción y deterioro, pueda aún sostenerse en pie. Pero no desfallezco, pues pienso que quizás se trate de una lámpara maravillosa, ajada y deslustrada en su exterior, pero tal que, si uno se toma la molestia de frotarla un poco, liberará al genio que lleva dentro. Un vértigo se apodera de mí, como si me asomara a un abismo, al pensar en lo que podría esconderse bajo los montículos de papeles que se amontonan sin un orden específico, las pilas de metales retorcidos o los viejos cuadros semiocultos entre jirones de trapo. ¿Quién sabe si el Papiro Rhind yace sepultado en aquel desorden, aún por descubrir? Me presento al que parece ser el dueño del negocio –su modo de impartir órdenes con tono rudo y desabrido es una pista infalible– y le pregunto si el libro (ese libro) que porto conmigo y le muestro, procede de su establecimiento. El sujeto tiene una catadura patibularia que impresiona; temo que, en cualquier momento, una cuadrilla de criminales se abalance sobre mí a una indicación suya, para asesinarme sin misericordia. Me dirige una mirada de profundo desprecio, acompañada con una expresiva mueca de asco –como si mi persona le provocase una incontenible náusea– que alivia mediante generosas libaciones de un licor que extrae de un pellejo al que estruja brutalmente; a continuación, se limpia con la manga y lo cuelga en una pared cuya superficie está tan desgastada y llena de grasa, que reluce como si la hubiesen frotado con pulimento. Como la respuesta se demora, me esmero en aclararle que no albergo segundas intenciones y que mi propósito es entrevistarme con el dueño del libro; es imperioso que yo me encuentre con él. Por fin, sus labios se despegan y unas palabras brotan de su boca, pero la desconfianza que yo le inspiro no acaba de hacer transparente el espacio que media entre nosotros. ¡Qué sabe él!¡Por sus manos pasan tantos papeles al cabo del día! Un trapero no se fija en esas cosas. El rufián se las sabe todas. Mi fingida autoridad no le impresiona en lo más mínimo. Esta roca no se disolverá con unas sencillas gotas de zumo de limón. Trato de sobornarlo ofreciéndole dinero, pues pienso que es el único ácido lo bastante corrosivo como para diluir la áspera resistencia de ese tosco adoquín, pero mi canallesco contrincante es un regateador de primera. Sin embargo, no  puedo permitirme abandonar y sostengo mi puja. Apenas una imperceptible muestra de debilidad y todo el negocio se irá al traste. ¿Otro billete? Ahora que lo menciono, sí, ese libro no le es del todo desconocido; cree recordar –¡la memoria es tan flaca! Es algo que nos ocurre a todos, debo disculparlo– que se lo trajeron dos pilluelos entre un revoltijo de papeles y revistas hará cosa de un mes. ¡Un mes! ¡Dios mío, tanto! Los más negros pensamientos me consumen. ¿Habré llegado demasiado tarde? ¿Y si, en ese tiempo, lo ha atropellado un carro? ¡Qué pérdida! Me apresuro a interesarme por los papeles que acompañaban al libro, pero ya no están en su poder; los ha vendido a los pescaderos de un mercado próximo. ¡Santo cielo! ¡Quién sabe si un trabajo científico de primera magnitud ha envuelto el pescado de la cena del señor con bigote que nos observa desde un balcón! Mi desesperación no conoce límite. Sin embargo, la suerte no me ha abandonado completamente y, cuando nuestra intrincada conversación parece haber llegado al agotamiento, me señala a dos golfillos que se han detenido al otro lado de la calle. Ellos son los que le vendieron el libro por el que yo pregunto. El mismísimo dedo índice desplegado con desparpajo, parece ser la señal que los dos mocosos estaban esperando para echar a correr con la agilidad de un resorte bien engrasado. No tengo más remedio que emprender una carrera en su persecución, para no exponerme a perderlos entre el laberinto de callejuelas que, con toda seguridad, se conocen al dedillo. ¡Demonios, cómo corren! ¡Con qué habilidad esquivan a los viandantes que se cruzan con ellos! La suerte, empero, me sonríe una vez más; un transeúnte, creyendo que los pequeños fugitivos me han birlado la billetera, interrumpe su veloz huida y los retiene hasta mi llegada, que se verifica con considerable retraso, perdido ya irremediablemente el resuello en alguna de las bocacalles que hemos dejado tan atrás como los días de mi juventud. Los dos pillos patalean, blasfeman horriblemente e increpan a su captor intentando zafarse, mientras este los sujeta firmemente por los brazos. La escena llama la atención de cuantos se cruzan con nosotros y una pequeña multitud comienza a congregarse a nuestro alrededor. Cuando el aliento regresa a mis pulmones, desacostumbrados a semejantes alardes físicos, explico que los pequeños no han hecho nada malo, y muestro de nuevo el libro, ante el desconcierto general. Lejos de tranquilizar a mis pequeños prisioneros, la inesperada revelación exacerba la intensidad de su esfuerzos por escapar de algo tan incomprensible para ellos, como el misterio de la Santísima Trinidad. ¡Sólo Dios sabe lo que se han imaginado! Estos niños, pues apenas levantan metro y medio del suelo, están rodeados en todo momento por la maldad, y no conocen otra cosa que la violencia y la crueldad. Que alguien pueda albergar un pensamiento noble les resulta inconcebible. Demasiado tarde, comprendo que he escogido mal mi indumentaria; mi levita, el brillo irisado de mi sombrero, los elegantes guantes de cabritilla, que sostengo en la misma mano con que sujeto mi bastón..., ni una espada flamígera les infundiría un pavor equivalente. Entretanto, ha ocurrido lo que más detesto: me encuentro en el centro mismo de un pequeño tumulto, del que soy el actor principal. Dos facciones han empezado a formarse entre los asistentes, y los partidarios de uno y otro bando no sienten el menor recato en defender su partido con una vehemencia que me repugna y me atemoriza por igual. Una oleada de indignación recorre el apretado grupo que nos rodea de un extremo al otro, como una onda cuyos frentes rebotan en las paredes del vaso que la contiene, pues las más alocadas e indecentes hipótesis sobre mis verdaderas intenciones han ido tomando forma, poco a poco, hasta convertirse en un aullido. Los adeptos a la tesis más desfavorable se convierten a un ritmo imparable. Sin saber cómo, he pasado de víctima a verdugo. Trato de defenderme con toda la elocuencia de que soy capaz, pero el efecto de mis palabras es muy magro, en comparación con el irracional estallido de ira que anida en los cerebros como una infección; en esta parte de la ciudad, la ciencia  se considera una gollería dos veces más superflua que el lujo más extravagante que la desbordada imaginación humana pueda concebir. Me llueven las imprecaciones. Mucho me temo que, si no sucede algo pronto, la turba despedazará mi cuerpo y mi reputación
con la misma saña con que unas fieras desmembrarían una carroña. Afortunadamente, el acontecimiento salvador que espero, sucede –¡mi buena estrella me protege de nuevo!– y la providencial aparición de un agente de la ley –alertado por un anónimo ciudadano– detiene el más que probable linchamiento al que la chusma está a punto de entregarse. ¿Qué ocurre aquí? ¡El chalao este, que nos quié perder! Circulen, señores, que aquí no hay na que ver. Y yo, respiro de nuevo.


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