domingo, 31 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 7





VII



Prender fuego a la santabárbara y contemplar el estrago desde la playa, mientras las astillas caen a vuestros pies y el mar engulle las que fueron vuestras naves, sofocando el incendio entre nubes de vapor; decir adiós a los mares del sur—¡quién sabe si para siempre!—, con la esperanza de rehacerse más adelante; sembrar de nuevo la semilla en una tierra hostil y decantarse por una cosecha incierta, antes que languidecer en la cálida atmósfera del invernadero. Ser pisoteados por gigantes y, aun así, sobreponerse; y luego, cerrar los ojos por un instante y soñar que todo fue una pesadilla que ya pasó. Soberbia y lucidez, y el cándido arrojo de la juventud.



Me dolía terriblemente la cabeza. Los efectos del sedante—de lo contrario, me hubiese sido imposible conciliar el sueño—desaparecían lentamente y en aquella hora vacilante de la madrugada, en mi mente se conjuraban los demonios y los fármacos, aliados para arrastrarme hacia tortuosos pensamientos. Un traspiés de la razón, y consideráis seriamente a la criatura de la noche anterior un mensajero del infierno que os advierte de vuestro terrible destino. El castigo a tu pequeña rebelión te perseguirá más allá de la muerte, jovencito. Y, al instante siguiente, os preguntáis si todo esto no ha sido un mal sueño. No, la habitación en la que me encuentro me es desconocida y este sencillo hecho, completamente objetivo, es un hito que me ata de nuevo a la realidad. Por fin, los rayos del amanecer penetraron en la estancia para disolver la turbidez de las imágenes de la noche anterior. Permanecí aún por un largo espacio de tiempo en la cama, antes de poder afirmar que mis jarcias habían recuperado su habitual tensión y estaban otra vez afianzadas; los viejos maderos despedazados se alejaban ya mar adentro, hasta que, finalmente, se perdieron en el horizonte. ¡Adiós, mi querida Celia! Si también yo llegaría a ser el héroe de mi propia vida, eso era algo que aún estaba por ver.



Desde que comencé a relatar los hechos que atañen a aquellos días, nada me cuesta tanto como tomar la pluma y describir a mi colega, el escurridizo doctor Román, como si una parálisis se apoderase de mis manos y las convirtiera en inútiles para plasmar en el papel esas palabras certeras que os hagan exclamar: ¡Sí, sé bien cómo era aquel hombre! Durante los escasos días en que tuve oportunidad de tratarlo, poco o nada llegué a saber realmente de él, si exceptuamos su intervención en los acontecimientos que tuvieron lugar mucho antes de mi llegada –como se verá después– y aquellos otros sucesos de los que yo mismo fui testigo. Si estos sucintos trazos bastan para hacerse un retrato y alcanzar a atisbar los rasgos que constituyen el fondo de un hombre, sus fundamentos por así decirlo, es el lector quien debe decidirlo.


A una hora de la mañana que él mismo juzgó prudencial, acudió a mi habitación tan solícito como siempre, para interesarse por mi estado y para anunciarme que debía vestirme—estaba dispuesto a prestarme uno de sus trajes, si no había traído nada conveniente conmigo—, pues era costumbre presentarse formalmente a la señora baronesa; se trataba de una pequeña tradición por la que habían pasado todos los facultativos antes que nosotros y que no era posible eludir sin ofenderla gravemente. Dado que era ya una mujer extraordinariamente anciana y sus energías se habían visto considerablemente desgastadas por la edad, era muy probable que se fatigara fácilmente, y podía presumirse que el mal trago—si así era como yo lo consideraba—sería breve. Consentí en tomar prestada una de sus camisas impecablemente planchadas por la fámula que, en adelante, habría de ser la mía por expreso deseo de mi protectora, y una corbata. La obsesión—casi fetichista, o eso me parecía—de aquel hombre por la indumentaria me inducía a pensar que se esforzaba por enmascarar algo turbio, alguna suerte de doblez en su carácter que me resultaba imposible descubrir. Sin embargo, no podía omitir que la noche anterior me había rescatado y que, por tanto, había contraído con él una deuda moral, cuyos límites exactos no sabía concretar y que, tal vez, nunca estaría en condiciones de satisfacer. Precisamente de lo sucedido la jornada anterior, no se hizo la menor alusión.


Ya he mencionado en algún momento que la plaza donde se encontraba el palacio de la baronesa de M. —y, dada la delicada naturaleza de los hechos que aquí se narran, dejaremos en suspenso los detalles genealógicos—, era algo semejante a una corte hecha de piedra y de arquitectura. Todos aquellos majestuosos edificios pertenecían o estaban vinculados, de alguna forma, a la vieja aristócrata. Su disposición parecía abrazar al espectador como si quisiera apoderarse de él con una cínica sonrisa en los labios, y se diría que el arquitecto había trazado un retrato psicológico en sus planos, que había penetrado a través del alma de su actual moradora, pese a que esta hubiese nacido un par de siglos después de su construcción. Me parecía entonces –y me sigue pareciendo hoy—, que en aquella pequeña comunidad, no se embreaba un barco, se reparaba una teja o se plantaba un macizo de margaritas, sin que aquella mujer, despótica y malhumorada, siempre dispuesta a castigar la más leve insubordinación, fuese puntual y minuciosamente informada. Nos presentamos, efectivamente, ante la señora baronesa—don Ernesto Román me acompañó, un gesto que agradecí, pues poseía una rara habilidad para apaciguar a aquella arpía—, después de atravesar un número indeterminado de estancias decoradas con rancio esplendor, y cuyo lustre había sido despiadadamente matizado por el tiempo. Me preguntaba por qué aquella mujer, tan poco inclinada a la indulgencia, como supe después, dispensaba un trato tan deferente a una figura relativamente poco relevante como era la de un médico; suponía que se trataba de una medida preventiva, un modo de ganarse el agradecimiento de quien, en algún momento, puede tener nuestra vida en sus manos. Nada más lejos de la verdad, pues en su imaginación, todos estábamos a su servicio, y la simple idea de que tuviese que ofrecer algo a cambio, en una suerte de transacción, para ser correspondida con un trato exclusivo hacia su persona—lo que, de todos modos, no hubiese surtido ningún efecto sobre mí—era, simplemente, descabellada. Después de un estudiado y artificioso ceremonial destinado sin duda a acrecentar la figura de su dueña, penetramos por fin en el antro desde el cual aquel alma ruin detentaba un poder caduco en el resto del país, pero que allí conservaba toda su vigencia. Sentada en una magnífica butaca—a la que parecía indisolublemente soldada—se hallaba el cuerpo consumido de una anciana que nos miraba con una mezcla de desprecio y curiosidad, desde el fondo de unas cuencas que parecían a punto de hundirse definitivamente en el fondo de su propia depravación espiritual. Aquel cuerpo frágil y devastado por el odio, estaba envuelto en una manta—¿era yo el único que experimentaba los rigores del clima?—. Sin más contemplaciones, nos ordenó que nos acercásemos para poder examinarnos. Su escrutinio se demoró por espacio de unos minutos, y sospecho que mi persona no era de su total agrado, pero era tarde para devolver el paquete y, como mi competencia—si no mi carácter, el cual estaba pendiente de ser enderezado ("No veo anillo en su dedo, espero que resuelva eso cuanto antes, joven")—venía avalado por personas de su confianza, me dio su aprobación provisional. A continuación, ordenó a una criada que sirviera algún refresco para nosotros y, mientras los deseos de la baronesa eran satisfechos, fui instruido en los gloriosos orígenes del apellido familiar. La muchacha que nos servía cometió un pequeño error, vertiendo accidentalmente la limonada, y una lluvia de improperios se derramó sobre ella, como una maldición escatológica, acompañada de un bastonazo que la joven, mucho más ágil que su señora, esquivó sólo parcialmente—me atrevería a afirmar que intencionadamente, con el único propósito de ofrecer un aliviadero a la cólera de la anciana y limitar así el alcance del castigo—. La escena me pareció indigna, pero me contuve. La baronesa, por su parte, continuó impertérrita su disertación. Al parecer, y esto, hasta donde yo sé, es un hecho insólito, los privilegios de su ilustre linaje se remontaban al siglo XIV (o eso creo; me temo que estaba algo distraído), cuando un antepasado suyo, médico personal de su majestad, había salvado la vida del monarca, herido en singular batalla, gracias a los cuidados que le había prodigado. En agradecimiento, el rey había concedido a su médico y salvador el título de barón y unas tierras que acompañaran como es menester a su recién otorgada nobleza—si bien, en el territorio más hostil e infértil del reino, eso era cierto—; lo cual, como ya he mencionado, me parece que es algo completamente inédito, no sólo en nuestro país, sino probablemente en todo el mundo. ¡Conceder un título por salvar vidas, en lugar de arrebatarlas! Para apoyar su explicación, la baronesa citó un refrán, casi un lema familiar, que había mandado grabar en varios lugares estratégicos de la ciudad, y que dice así: Un buen médico que cure nuestros males, vale por un ejército para el bien público. Naturalmente, era impensable que el médico, que compartía profesión con su heroico antepasado—aunque a mucha distancia, ni que decir tiene—, anduviese por ahí sin servicio, y residiendo en algún lugar indigno y en discordancia con el decoro que debía acompañar a su nobilísima ocupación. Lo que la baronesa olvidó explicar es que, desde aquel glorioso día, una perfectamente planificada estrategia de matrimonios y alianzas, había incrementado notablemente el patrimonio familiar; y que el hecho de que su único hijo hubiese desaparecido en circunstancias ignominiosas, había truncado dos siglos de astuta política heráldica, cercenando aquella próspera rama familiar, cuya última representante nos contemplaba ahora con marcial rigor. Y, por último, que aquella trágica circunstancia, había amargado sus días desde el mismo momento en que había tenido noticia de ella. Luego, nos dispensó de permanecer en su presencia—ofreciéndonos su anillo, que debíamos besar respetuosamente—y advirtiéndome que tuviese cuidado a la hora de elegir mis amistades, un mensaje cuyo último sentido no comprendí.




Capítulo 8













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