sábado, 23 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 5


V


No es frecuente que un hombre en mi actual posición revele esta clase de acontecimnientos concernientes a su pasado. Nunca he ocultado que mis primeros tiempos fueron modestos; que atravesé cierto número de dificultades y obstáculos, como cualquiera; ¿que sufrí algunos reveses antes de alcanzar el puesto que hasta hoy he ocupado en el gobierno de la nación?, es de dominio público. Superar la adversidad. No, no es eso a lo que me estoy refiriendo y, sin embargo… Enfrentarse a la locura y la desesperación, aunque sean ajenas, esto es algo enteramente diferente, y constituye el núcleo mismo del episodio que me dispongo a relatar ahora.
Después de abandonar la empalagosa compañía de mi distinguido colega, recorrí con entera libertad algunas calles, antes de encontrarme frente a frente con el borde del mundo. Había algo indomable y perverso en la aspereza del paisaje que me resultaba irresistiblemente cautivador. Tomé el sendero que se abría a mi izquierda y que discurría a lo largo de un interminable acantilado que se perdía en la distancia, sin atisbar un final. Las palabras “El camino de la perdición”, brotaron en mi cerebro de manera espontánea con exquisita levedad. Aquella idea no pesaba. No deseaba pensar, sino abandonarme al silencio insensible de las piedras, entregarme completamente a aquel horizonte sin domesticar. Vagué largo rato en soledad, sin percatarme de que, allá abajo, en el extremo sur, el crepúsculo apenas dura un instante y las tinieblas lo invaden todo con siniestra rapidez. El sol se apaga sin más, como la llama de una vela entre los dedos que la pulsan para ahogarla. Me encontraba perdido, lejos de las calles, del doctor Román, lejos de todo y sentí el súbito apremio de volver, casi a tientas, temiendo, a cada momento, despeñarme y caer al mar. Esta vez, la fortuna me sonrió y una imponente luna llena comenzó a asomar su rostro rubicundo y pecoso de estío, y a iluminar para mí el camino que debía desandar. Caminé como si una fuerza atractiva tirase de mí, como si me deslizase por una suave pendiente. Al cabo, divisé la silueta rechoncha de un viejo torreón que se elevaba ruinoso y decrépito acechando desde lo alto, y supe que no estaba lejos de mi destino. Algo, sin embargo, me perturbó. Había un destello extraño entre las ruinas y aquella tenue luz comenzó a descender por la ladera, como si pretendiese acudir a mi encuentro; un encuentro que no podía eludir. No me era posible otra cosa que seguir avanzando y al acercarme un poco más, el destello se desdobló. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo por entero, erizando cada pelo que encontraba a su paso, al comprender, o imaginar, que en medio del camino me aguardaba un perro sarnoso, cuyos ojos brillaban ferozmente en la oscuridad; una bestia hambrienta y llena de rencor, que probablemente me despedazaría entre sus fauces rabiosas. Me detuve. No, un momento, la pálida luz de la luna dibujaba el resplandor blanquecino de unos harapos agitados por la brisa; había brazos y piernas en la confusa figura que me aguardaba. ¿Qué clase de ser humano podía tener aquella mirada de fuego? Estaba soñando. Todo era un sueño, una alucinación. Quería despertar del horror que sentía, pero no dormía. Venía hacia mí, se acercaba a mi encuentro con la cabeza envuelta en llamas fosforescentes. Me faltaba la respiración. El corazón bombeaba vorazmente, aunque la sangre no acudía a los músculos, pero no me detuve a considerar aquella contradicción; casi no podía tragar. El tiempo transcurría a un ritmo alterado por aquella realidad anómala y entonces, finalmente, tuve a esa criatura a tan sólo un paso delante de mí. Ahora podía verla con nitidez. Se trataba de una mujer extremadamente delgada y huesuda, vestida con unos andrajos deshilachados, y una melena blanca y revuelta que reflejaba la luz de un modo misterioso y macabro. El rostro, oscuro y abrasado por el sol, estaba atrozmente iluminado por el destello de unas pupilas brutalmente dilatadas, que reflejaban el resplandor lunar y me observaban con temible fiereza. Permanecí inmóvil y a su merced. Una mano nudosa se extendió hacia mi rostro, no sé si para acariciarlo o desgarrarlo con unas uñas gruesas y largas que me hubiesen desfigurado fácilmente. Un dedo estaba a punto de tocarme. Creí desfallecer, pero se contuvo para volverse con sus miembros en tensión y luego, dando media vuelta, se alejó de mí y regresó corriendo hacia el mismo torreón del que había surgido, en cuyas entrañas la vi desaparecer. Un resplandor se atisbaba en el camino. El doctor Román, acompañado por algunas personas más, venía en mi busca alumbrando el camino con linternas. Salí de mi trance y acudí a su encuentro.


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