sábado, 23 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 4


IV

Recuperé el dominio de mi equipaje y me dispuse a subir las escaleras hasta el tercer piso, por cuya balaustrada no me hubiese sorprendido ver deslizarse un regio trasero en cualquier momento. No me parecía la residencia propia de un médico de provincias –no quiero decir que no se lo merezcan, pero los servicios de un galeno no suelen recompensarse tan generosamente–, por lo que subía con cierta prevención, temiendo que, en cualquier momento, me descubriesen y, tratándome como a un indeseable intruso, me echaran rodando escaleras abajo. Quizá la tal Teresa me había gastado una broma pesada. La puerta se abrió –¡una criada!, definitivamente, me había equivocado–, y una mujer mayor acudió a recibirme; me presenté, casi disculpándome, y, para mi sorpresa, la mujer me hizo pasar muy amablemente.

–Ernesto, querido, ha llegado tu sustituto –luego, era cierto, allí vivía mi predecesor en el puesto.
Enseguida, un hombre mayor, con un finísimo bigote pulcramente recortado, elegantemente ataviado con un traje de color marfil de confección impecable, y zapatos bicolor, respondió a la llamada–creo que era el único hombre con corbata en toda la provincia, lo cual me hizo concebir esperanzas de que, tal vez, era posible habituarse al despiadado clima de aquel lugar–; sus finos calcetines de rombos surgieron de entre unas cajas que contenían las pertenencias del matrimonio, precediéndolo. Era evidente que se mudaban.
–¿Es usted el doctor Castro? Llega con un día de adelanto. Yo soy el doctor Román –me tendió la mano, que estreché cordialmente. Despedía un suave aroma a loción de afeitado, de las que ya no se estilan. En conjunto, me dio la impresión de ser un hombre surgido de otro tiempo, con un cierto aire mefistofélico–. Ella, como ya habrá adivinado, es mi esposa, doña Leandra.
–Pues sí, soy el doctor Demetrio Castro, siento importunarles llegando así, a destiempo –balbucí.
–¡No diga tonterías! –exclamó la mujer, que me abrazó efusivamente en señal de bienvenida–. Somos nosotros quienes no deseamos importunar. No se preocupe, nos estamos mudando, como puede ver, y enseguida le dejaremos libre la casa.
–Sí –confirmó él– , pero no se quede ahí. Traiga la maleta y podrá instalarse inmediatamente.
–¿Instalarme? –sus insinuaciones me confundían.
–¿No se lo han dicho? –ella miraba incrédula a su esposo, que le devolvió la misma expresión de asombro. Parecían una pareja de sainete que sobreactuase en una mala farsa.
–¿Decirme, qué?
–Esta será de ahora en adelante su casa. Bueno, naturalmente, tendrá que permitir que nos quedemos un par de días más…
–Si no es molestia, claro –puntualizó ella–, no tenemos adónde ir hasta dentro de dos días.
–Nos acomodaremos en casa de mi hermana, en la capital, hasta que fijemos nuestra residencia definitiva allí. Por lo demás –explicó, tomando mi maleta en sus manos para transportarla a una de las habitaciones– gozará de toda la intimidad que necesite hasta entonces; ni se enterará de nuestra presencia.
–¿Quieren decir, que viviré aquí? Pero, esta casa debe de ser carísima, y no creo que con mis ingresos pueda permitirme servidumbre…
–¡Oh, no! Veo que no está al corriente de las condiciones. Todo forma parte de una tradición que aquí se respeta escrupulosamente. Esta casa que, como bien dice, es considerablemente lujosa, está cedida en usufructo por la señora baronesa al médico de la ciudad; mientras se encuentre en posesión de ese cargo, ciertamente. Quiero decir, que no tendrá que pagarla. La baronesa corre con los gastos del servicio. Aunque, le sugiero que se vaya buscando una esposa; a la baronesa le irrita que la gente, especialmente si son varones, prolongue la soltería más allá de lo que ella estima razonable. Y me atrevería a asegurar que el plazo que esa mujer concede, expira mucho antes de lo que se puede imaginar. Con el tiempo, descubrirá que es conveniente gozar del favor de la baronesa, muchacho, y en este punto acostumbra a mostrarse inflexible. Pero no pretendo abrumarlo con demasiados detalles; ¡ya los irá descubriendo por sí mismo! –y terminó su exposición depositando mi exiguo equipaje, que nunca antes, ni después, había cambiado tantas veces de mano, en la que habría de ser mi habitación durante los dos próximos días– Y, ahora –propuso, rodeándome los hombros con su brazo de un modo encantadoramente paternal, y recogiendo su maletín–, será mejor que le muestre el lugar donde habrá de desenvolverse profesionalmente. Por cierto, hasta aquí alcanzan los privilegios de que gozará en nuestra pequeña comunidad; lo digo, por si se había hecho ilusiones.

No, no me había hecho ilusiones; de ninguna manera se me hubiese pasado por la imaginación que se me dispensarían agasajos, pero era bueno estar advertido. Por un momento, mientras mi mano se deslizaba por la balaustrada de la escalera, acariciando la tersa superficie de mármol, mis pensamientos fueron para Celia; “Si estuvieses aquí; si pudieras verme ahora…, ¿qué pensarías de mí?” Un instante después, su imagen se había desvanecido de mi mente, y me encontraba ante el consultorio donde desempeñaría mis funciones en el futuro. Para eso había viajado hasta la otra punta del país. En compañía del doctor Román entré en el dispensario, que resultó ser  mucho menos precario de lo que yo había imaginado (o temido). En la recepción, una mujer, que juzgué demasiado mayor para seguir ejerciendo esa tarea, organizaba las citas tras un mostrador y conducía a los pacientes hasta la sala de espera. Don Ernesto se detuvo ante ella, que le saludó respetuosamente, y consultó los avisos: no había ninguno. Entramos en la sala de consulta y mi colega se puso la bata blanca y ocupó su asiento ante una mesa pulcramente ordenada, casi como un altar.  Se trataba de un rito contra cuya pureza destacaba, por contraste, el aspecto desastrado que yo debía de presentar, sin asearme aún tras el largo viaje. Los pacientes comenzaron a pasar a la sala de consultas. A todos ellos fui presentado con una solemnidad que me resultaba algo cómica, e invariablemente se me observó con el mismo ceño de desconfianza. Sus caras no podían ocultar el recelo que les inspiraba mi manifiesta falta de idoneidad; ¿sería aquel pelirrojo desgarbado y desaliñado el hombre apropiado para desempeñar el cargo que el distinguido doctor Román había detentado con irreprochable aptitud durante tantos años?  A sus ojos, él era una  blanquísima sábana de algodón, planchada y perfumada de lavanda, recién sacada del armario, y yo, el hombre de la camisa arrugada con manchas de sudor, en cuyas manos debían depositar su salud desde ahora: a todas luces, una temeridad. Por otro lado, ¿sería posible compensar de alguna manera la clara desventaja que suponía mi insultante juventud? Permanecí silencioso en un ángulo de la habitación, imaginando estas y otras objeciones de mi futura clientela; observando, sin intervenir salvo en las contadas ocasiones en que mi opinión profesional fue requerida, contemplé a mi colega en acción. Su modo de practicar la medicina me pareció tan anticuado como sus zapatos y su pelo blanco engominado pero, en líneas generales, correcto. Las más de las veces, el tratamiento se reducía a una cordialidad magistralmente administrada; a los melodiosos acentos de una voz perfectamente articulada; a modales suaves y envolventes con los que arropaba al paciente como lo haría una madre con su hijo, en una noche de tormenta, porque las afecciones que aquejaban a los enfermos eran casi siempre más espirituales que corporales. Y así, se marchaban a sus casas con la sensación de haber sido atendidos como a reyes, y de haber recuperado la salud que, en realidad, no habían perdido nunca. Para ellos, aquel hombre era un oráculo al que reverenciaban. Me preguntaba si yo sería capaz de hacer lo mismo, de ganarme aquella clase de respeto y admiración, de dominar un aspecto de mi profesión que no era exclusivamente científico –en el que yo me sentía seguro–, y ejercer, con la misma naturalidad que él, ese arte de sanar el cuerpo y el espíritu que es, en esencia, una vocación. El horario de consulta se consumió con creces antes de que la lista de pacientes se hubiese agotado, pero por fin la sala de espera se vació y salimos a la calle. La tarde aún respiraba y su solo transcurso había calmado el ardor del aire como un bálsamo. Decidí aprovechar la tregua para dar una vuelta por los alrededores y así se lo comuniqué a mi colega. Una vez más, con sus amables maneras, me reiteró que yo gozaba de entera libertad para entrar y salir a mi antojo, y sugirió que nos reuniéramos para charlar más tarde, después de la cena, si así lo deseaba. Nos despedimos. Me preguntaba si el doctor Ernesto Román era un perfecto caballero o un taimado tahúr.



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