miércoles, 27 de enero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 4



IV

La noche ha sido agitada y el descanso, simplemente, se ha negado a acudir a mis miembros. Demasiadas emociones. No me sorprendería nada que haya tenido algo de fiebre. Laura, en cambio, ha dormido apaciblemente y de un tirón, a mi lado, ajena a la excitación que me ha dominado hasta bien entrado el amanecer. Pero las luces del día me han aclarado las ideas y me han devuelto algo del sosiego perdido. Hay que ser prudentes. No puedo jugarme mi prestigio, que es casi lo único que tengo, anunciando un descubrimiento cuya verdadero alcance dista mucho de haberse desvelado aún. Un paso tras otro. Por lo pronto, hoy he llegado con dos horas de adelanto a mi despacho, para sorpresa de todos, que se preguntarán si estoy tramando algo. Aquí, las alteraciones de la rutina son invariablemente acogidas con escepticismo, y un cortejo de miradas llenas de suspicacia me acompaña por las escaleras que conducen a la primera planta. El desplazamiento de alguno de nosotros, podría forzar a los demás a cambiar su estado de reposo. Es una sencilla ley de transmisión del movimiento que cualquier principiante conoce. Debo corregir estos trabajos y preparar la clase de hoy, si quiero disponer del resto de la mañana para mis asuntos.

Manuel. De pronto, el eficiente muchachito que me provee de esas publicaciones atrasadas que se amontonan en mi escritorio, ha adquirido para mí nombre propio. A veces, me sobrecoge mi propio egoísmo. ¿Será el misterioso autor de la nota manuscrita, cuya genialidad está aún por confirmar –no hay que precipitarse, un error podría resultar fatal–, y me ha deslizado esta breve muestra de la capacidad de su intelecto para llamar mi atención? Condiciones no le faltan y ha podido aprender de nosotros –aquí hay libros, profesores, medios para instruirse–; y, sin embargo…, no, es imposible. El papel es añejo, y la letra nerviosa: es demasiado joven y manso para satisfacer cualquiera de esos requisitos por separado, cuanto más juntos. Pero, sin duda, tiene que conocer a su propietario. ¿De dónde si no ha sacado el libro que lo contenía? Quizá, le sirve de emisario. Ese intelecto anónimo se ha valido de él para hacerme llegar su trabajo de manera discreta. Me temo que la misma cautela que pongo en mi interrogatorio escama al muchacho, que se encierra en un exasperante silencio. Él no sabe nada de una nota manuscrita ni tiene la menor idea de quién ha podido introducirla en el libro, y mucho menos escribirla. Seguramente, piensa que se trata de una reprimenda y que si admite algo, se verá involucrado en algo turbio; algo que, posiblemente, le cueste su empleo y trata por todos los medios de eludir el golpe. Debo poner el máximo tacto, sin revelar mi verdadero juego, si quiero obtener resultados positivos. Un paso en falso y todo se vendría abajo, y no puedo permitirme romper el único vínculo que me une al misterioso sabio. Me pregunto si, llegado el momento, seré capaz de distinguir el trabajo de un genio, de los delirios de un idiota; parece fácil, pero no lo es. Será mi momento tanto como el suyo, y entonces veremos de qué estamos hechos, amiguito.

Vencer las reticencias de Manuel no ha resultado fácil. El joven ha opuesto una resistencia que me parece absurda e inesperadamente tenaz, pero al fin me explica que él no es el proveedor directo, por así decirlo, sino un mero intermediario. Los libros y revistas que me suministra, las recibe de un chamarilero –cuyo establecimiento se encuentra cerca de la residencia de unos familiares suyos–, y es este quien se encarga de seleccionarlos, separarlos y reservarlos para mí, según los términos de un acuerdo en cuyos detalles rehúsa entrar. Sospecho que lo que mi evasivo amigo tanto teme, lo que retiene inmóvil su lengua con tanta eficacia, es que yo pueda averiguar que los precios que me impone son abusivos y que tache su negocio de fraudulento; que lo acuse de algún tráfico deshonesto y lo haga encadenar en el fondo de alguna oscura mazmorra, ya que me atribuye una autoridad que ni de lejos poseo. ¡Don Armando es un hombre tan importante, un pilar de esta institución y un ejemplo para todos nosotros! Pero por fin tengo una pista que me acerca un poco más a mi objetivo y libero al tembloroso joven, que sale de mi despacho como lo haría un pajarillo cuyas plumas están apelmazadas tras permanecer demasiado tiempo atrapado por el puño que lo atenaza. Siento que estoy al borde de la gran prueba de mi vida, la única a la que realmente me he enfrentado sin otra ayuda que la de mis propias fuerzas. Ahora, de nada valen nombre, prestigio y posición: solos el misterio y yo, frente a frente. Un cosquilleo completamente inédito me acaricia dulcemente el estómago. Resulta demasiado fácil pretender sabiduría destruyendo el trabajo ajeno, pero anunciar al mundo una teoría delirante, avalar el desvarío de un necio, resultaría un golpe demoledor para mi reputación, y entonces, adiós a todo. La convicción que me dominaba la noche anterior comienza a abandonarme; son las sensatas ratas, que tratan de salvarse del más que probable naufragio. Aún estoy a tiempo de echarme atrás y nadie se enteraría jamás. ¿Que el mundo se pierde un gran descubrimiento científico? Bueno, ¿y qué? Me pregunto cuántas veces habrá sucedido, pero, naturalmente, eso es imposible saberlo. Espero estar a la altura de las circunstancias.

Capítulo 5

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El manuscrito Montaner by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License



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