lunes, 25 de enero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 2


  
II


No me juzguéis con excesiva dureza. Talento, originalidad, ¿quién no desearía sentir la deliciosa inquietud de albergar esa clase de resplandor? Pero nunca hemos sentido ese cosquilleo, ¿verdad?. Cacareamos, y al mirar tras nosotros, encontramos el vacío y nada más. El decorado está listo, pero la obra no se representa. No es la falta de actores lo que impide la función. ¿Habéis reparado alguna vez en esos funcionarios que sortean el trabajo en los pasillos de las facultades? A veces pienso que nuestra modesta pantomima ha sido concebida para su solo esparcimiento y que ellos, y sólo ellos, son los verdaderos dueños del mundo. Hay entre su pequeña multitud un muchacho, más despierto que los demás, que a menudo me sirve de ayudante. Tiene un brillo en la mirada que parece hecho de acero, es eficiente, ordenado, trabajador y no pocas veces demuestra iniciativa, cualidades que aprecio y aprovecho. Algunas veces, sin que yo le haya dado nunca instrucciones, este jovencito hacendoso recolecta, como si fuera una urraca atraída por las cosas que brillan, toda clase de publicaciones que, a su juicio, podrían interesarme y las deposita en mi despacho para someterlas a mi consideración. Ignoro cómo las consigue y yo no se lo pregunto—mi curiosidad no llega tan lejos—; hasta que un día, el regular suministro de ejemplares se interrumpió bruscamente. Tampoco entonces insistí en hacer averiguaciones: mientras llegaron, recompensé generosamente a mi benefactor; cuando dejó de aprovisionarme, nuestro tácito acuerdo quedó zanjado y eso fue todo. La vida en mi despacho transcurre con idéntica serenidad en un caso como en el otro; ni sobresaltos ni vaivenes perturban el delicioso aturdimiento que me domina en la soledad de esta sala. Creo que fue una de tantas tardes ociosas…, sí ahora lo recuerdo bien; mis ojos vagaban sin destino fijo por el pequeño espacio ajardinado que puede contemplarse a través del ventanal de mi despacho, siguiendo con la mirada el rumbo caprichoso de las hojas al caer, mecidas por el viento del otoño, desde hacía rato. Decidí poner fin a mi ensimismamiento, para emprender algo de más provecho, pero, como no había obligaciones que demandasen mi atención inmediata, opté por alimentar el ocio con la lectura de alguna de las publicaciones que se amontonaban en la mesa. Había, sepultado entre varias revistas de la Sociedad Geográfica—material suministrado por mi proveedor habitual—, un libro de electromagnetismo, cuyas pastas de cartón rojo imitaban la textura de la piel y decidí hojearlo para pasar el rato. Era un tratado relativamente elemental, no esperaba descubrir nada nuevo en él, pero llamó mi atención porque me pareció reconocer uno de los libros que yo mismo había consultado siendo estudiante. Aquella edición era algo más antigua que las que yo conocí pero, sin duda, se trataba del mismo texto y, sin pretender evitarlo, una sonrisa de melancólica nostalgia brotó en mis labios. Los dedos se pasearon sobre las hojas quebradizas con voluntad propia, acariciando el bajorrelieve de sus letras impresas, y en mi recuerdo volvieron a la vida, por un instante, el imponente respeto que sentí al trascender por primera vez el umbral de aquel mismo edificio en el que me encontraba; la emoción de la juventud que rompe el sello de lacre para atisbar su destino; las hojas en blanco del cuaderno recién estrenado, que también acabarán marchitándose algún día. Pero aquellas meditaciones no duraron demasiado. Un extraño papel, olvidado entre sus páginas, garabateado por una mano anónima, interrumpió la íntima conexión que se había establecido entre el vetusto volumen y los dedos que lo sostenían, y el hilo del tiempo quedó cortado. ¿Cuál de vosotros podría resistirse a examinar un viejo manuscrito en el que, tal vez, su dueño cometió la indiscreción de dejar escritas las confesiones de una vida o de confiar a su custodia un secreto que ha dormido sepultado en su tumba de papel, esperando ser revelado, quién sabe si por nosotros mismos?


Capítulo 3





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El manuscrito Montaner by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License



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