miércoles, 23 de diciembre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, IX


RELATO DE FRANCISCO MUÑOZ

La bestia se recompuso y comenzó a decir:

Usted mismo ha narrado los hechos básicos que conciernen a mi vida, y no es preciso que añada nada más a lo ya expuesto. Efectivamente, estudié en la universidad de la que luego fui, durante un breve periodo, profesor; y, como usted bien ha dicho, recibí una herencia familiar que me permitió desarrollar mis investigaciones en el campo de la genética con total autonomía. También es cierto, ha acertado una vez más, que estuve prometido a una muchacha llamada Adela, y que aquella tarde a la que usted alude, le pedí que se marchara, que regresara a casa sin volver la vista atrás y me olvidara para siempre, a pesar de sus lágrimas. No crea que no se me desgarraba el corazón, a pesar de lo que puedan atisbar en estas tinieblas, y del sonido espantoso de mi voz. Durante aquellos años de estudio, yo era un hombre sumamente estricto y amante de la perfección, y este afán entorpecía mi relación con Adela, tanto como mi propio progreso intelectual. Creo que fue aquella novela, El extraño caso…, la que me inspiró la idea. ¿Por qué no utilizar mis conocimientos de genética para introducir en mi constitución genes de animales que me proporcionaran cualidades sobrehumanas, alcanzar la perfección mediante una sabia combinación de cualidades extraordinarias? Aquel fugaz fogonazo comenzó a cobrar forma en mi mente, pero no se lo comuniqué a nadie, pues ninguno de aquellos asnos de la universidad hubiese comprendido lo que ya era un ambicioso programa de investigación, como nunca lo había emprendido el hombre, salvo en los más desaforados sueños de los poetas o los filósofos;  y, cuando la oportuna herencia me brindó la oportunidad de desarrollar mis teorías, decidí no demorarme más, y aprovechar que era aún un hombre joven para poner en práctica mi proyecto. Mi relación con Adela, mientras tanto, se encontraba estancada y atravesaba una crisis que amenazaba con romper nuestro compromiso siempre irresoluto. No es que no la amara, pero bastaba que detectara en ella la más mínima imperfección, para que su compañía me resultase indeseable, lo que parecía desconcertarla profundamente. Las horas de encierro en el laboratorio nos distanciaron aún más y me consta que estaba considerando seriamente la idea de volver a Castellón, de donde era originaria su familia, y romper para siempre nuestro proyectado enlace. Pero yo no podía detenerme, ahora no, y proseguí con mis experimentos. Destilé un preparado que debía administrarse según un delicado y estricto protocolo, que se desarrolló sin mayores contratiempos. A este, siguieron otros dos más y, luego, me dispuse a esperar los resultados de mi peligroso, pero prometedor experimento. Cada pocas horas, me tomaba datos de todos los parámetros vitales y los apuntaba en una libreta que portaba siempre conmigo. Al cabo de unos días, comencé a experimentar los primeros efectos. Mi cuerpo comenzaba a adquirir un vigor nunca antes experimentado, mis sentidos se aguzaban, los miembros poseían un nervio y una tensión completamente desconocidos y mis reflejos emulaban los del felino más elástico. Todo parecía marchar bien. Había sido muy cuidadoso, y no me ocurriría lo mismo que al doctor Jekyll; yo no cometería errores. Por supuesto, se presentaron efectos inesperados, pero no parecían inquientantes: mi capacidad de raciocinio estaba intacta, tal como había calculado, pero mi carácter experimentaba una transformación inesperada. Me dominaba la cólera con una facilidad inédita en mí, el deseo se había exacerbado y los pensamientos más libidinosos me dominaban sin que pudiera eludirlos de ningún modo. Los sueños más turbios se colaban en mi descanso, que, por lo demás, era más reparador que nunca. En medio de aquella vorágine de nuevas sensaciones, que aún estaba aprendiendo a controlar, apareció Adela. Tenía que recibirla, ya no podía seguir esquivándola, y la dejé entrar. No sé qué me pasó. Ella venía dispuesta a dejarme, a romper para siempre y liberarme de la palabra que le había dado, para lo cual comenzó a desprenderse del anillo que le había comprado para sellar mi compromiso con ella. Aquello me llenó de un irrefrenable deseo de retenerla y un voluptuoso arrebato me dominó irremisiblemente. Me abalancé sobre el objeto de mi deseo como un animal en celo. Ella forcejeaba para zafarse de mi poderoso abrazo, pero era inútil. Le arranqué el vestido, que se hizo trizas entre mis dedos. Su rostro expresaba un horror que atizaba aún más mi deseo de poseerla, pero, de pronto, su actitud cambió súbitamente y, no sólo se entregó a mí, sino que parecía compartir el mismo desenfreno animal que me dominaba. Ignoro cuánto tiempo transcurrió, pero mientras nuestros cuerpos sudorosos se entrelazaban, me sentía como transportado, y Adela parecía más profundamente vinculada a mí que nunca. Cuando el torbellino cesó, dejándonos completamente exhaustos, me sentí horrorizado de mi comportamiento. Adela,  por el contrario, tenía un brillo lascivo en sus ojos que me repugnó intensamente. No podía contenerme y yo mismo me sorprendí reprendiéndola severamente, e instándola a vestirse y a marcharse. Nunca olvidaré la expresión de estupor, de horror y de vergüenza con que me miró. Pero obedeció sin rechistar, cabizbaja y en completo silencio; aunque tuvo que ponerse ropa prestada de una amiga que vino a traérsela –yo mismo se la había destrozado–, pues estaba demasiado conmocionada para regresar sola. Después de aquella escena, pasaron dos semanas sin que volviéramos a vernos; sin embargo, Adela no podía resistir el vacío en que vivía, y me escribió una carta desesperada en la que me suplicaba que la recibiese de nuevo. Imploraba mi perdón, si es que me había ofendido, y me prometía que haría todo lo que yo le pidiese. La desprecié y la deseé de un modo que me torturaba. Los deseos más impuros me desgarraban de un modo atroz y ya no podía discernir el amor del odio. Tan pronto deseaba tenderla en el lecho y poseerla por la fuerza, como, un instante después, la hubiese despedazado sin compasión, de haberla tenido entre mis manos. Creí enloquecer, pero mis problemas no habían hecho más que empezar, pues los signos inequívocos de una transformación física se estaban manifestando sin que pudiese evitarlo. La voz me estaba cambiando y perdía su timbre humano. El reflejo que me devolvía el espejo me asustaba incluso a mí. Entonces, Adela llamó a mi puerta. No podía dejar que me viera así, y sabía que, si abría aquella puerta, mi amada Adela viviría sus últimos instantes de vida, que yo mismo la asesinaría sin remedio. Recomponiendo mi voz lo mejor que pude, le rogué que se marchara para siempre, que me olvidase y rehiciese su vida sin mí. No puedo decir cuánto tiempo la escuché llorar al otro lado de la puerta, pero al fin se marchó. Deseaba salir, unirme a una manada de lobos, cazar…  Probé todo tipo de teorías, pero no era capaz de revertir los efectos de mi experimento y, además, me era muy difícil mantener la concentración. Las provisiones se terminaban y una noche decidí salir a cazar. Era el fin y lo sabía. Una noche, recibí un disparo y comprendí que ya no podría volver a la sociedad de los humanos, por lo que decidí incendiar el laboratorio y borrar las pruebas de mi actividad. Si me daban por muerto, mucho mejor. El resto, lo conoce usted. Vagué en compañía de lobos, cuyas manadas dirigí. Nunca me quedaba demasiado tiempo en ninguna parte. Pero usted me ha encontrado y este es el último capítulo de mi vida.


Para seguir leyendo: RAMÓN RETOMA EL RELATO



Creative Commons License
Artículo rechazado por un periódico by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

No hay comentarios:

Publicar un comentario