domingo, 15 de noviembre de 2009

Parábola del viejo rey


Una mañana, el viejo rey se despertó y, con real parsimonia, abrió sus cansados ojos, estiró sus brazos para desperezarse, y se dispuso a deleitarse con la grandeza de su reino y el esplendor a su alrededor. "¿Dónde está mi corona de oro?" –exclamó irritado– Durante unos instantes, pensó que el espectáculo que contemplaba era fruto de la prolongada inactividad de sus ojos, privada su real vista de la luz durante toda una larga noche. "Me engañan mis ojos" –se dijo, frotándoselos enérgicamente–. Pero, para su asombro, comprobó que él era un vulgar porquerizo, su cetro un simple cayado y su reino una pocilga.

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