sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 2



¡QUE ME TRAIGAN A GREGOR MCGUFFIN!


Durante los días que siguieron a la entrevista con Soderini traté de sonsacar a Mina sin éxito. Mi hija eludía dar detalles, limitándose a vagas explicaciones. Insistía en asegurar que no debía preocuparme, que no había hecho nada de lo que tuviera que avergonzarse.


—¿Es que no confías en mí?—preguntó Mina. Aquellas palabras me dolían—. Si confiaras en mí, no necesitarías saberlo.

—Claro que confío en ti—respondí—. Pero si no hiciste nada malo, no veo qué necesidad hay en ocultármelo.
—Pero si es que, ¡no sucedió nada!—insistió Mina—. No hay nada que contar. Fuimos a pasear.
—¿Por el río?—pregunté. Mina calló.
—Confía en mí, por favor—se limitó a repetir.

Estas palabras me tranquilizaron durante unos días. Sin embargo, entre Claudio y ella había surgido una complicidad que me daba qué pensar. ¿Acaso se entendían tan maravillosamente debido al secreto que ambos compartían? Ya no podía mirar a Claudio de la misma forma que antes. Tenía la impresión de que me robaba a mi querida niña y quizá, me decía, esa era la verdadera fuente de todos mis prejuicios: estaba celoso. Tampoco mis constantes visitas a Soderini me proporcionaban sosiego, pues no me revelaba ningún detalle de sus investigaciones. No sé cómo no levanté sus sospechas con mi enojosa insistencia. Pero mis preguntas obtenían siempre la misma respuesta; era mejor que no supiera nada, por mi propia seguridad. ¿Qué significaba eso? Aquellas palabras, no sólo no me tranquilizaban, sino que aumentaban mi agitación.


Como veis, los días se sucedían sin poder aliviar mi angustia. Al despertar cada mañana, me concedía otro día más para averiguar la verdad. Hasta que sucedió algo que cambió el curso de los acontecimientos. Sería mediodía, creo que el Sol cruzaba ya el meridiano, cuando una mujer acudió al palacio. Insistía en ver a Claudio Dimonte, tenía algo muy importante que hablar con él. Decidimos atenderla. Yo temía que ese ‘algo muy importante’ estuviese relacionado con la muerte de Calogero. Podría tratarse de una chantajista, que pretendía sacar provecho de lo que sabía. Claudio, Mina y yo, recibimos a la mujer, que entró con decisión en la sala. Era pelirroja, no muy alta, pero tampoco baja, ni joven ni vieja, más bien poco agraciada, y hablaba con acento extranjero.
—¿En qué podemos ayudaros?—preguntó Claudio, al tiempo que me miraba escrutando mi cara en busca de aprobación.
—Señor—respondió la desconocida—mi marío es empleao vuestro; Gregor Mc Guffin es su nombre; sí señor, así se llama—y ya no dijo nada más.

Claudio y yo, nos interrogamos el uno al otro con la mirada.
—Disculpadnos, pero mi joven discípulo ha estado ausente durante los últimos años, y no está al tanto de todos los detalles de sus negocios—intervine, para romper el incómodo silencio que se había hecho—. Por favor, proseguid con vuestra petición, porque supongo que habéis acudido a nosotros para solicitar algo.
—Sí, eso—dijo Claudio—. Quiero decir, así es, decid lo que queréis—corrigió, adoptando un aire de dignidad regia.
—Señor, mi esposo—ese grandísimo granuja, que Dios guarde—, se marchó hace ya cinco años, y nos dejó a sus hijos y a mí esperándolo en Florencia. Se largó al frente de una de vuestras caravanas, hacia Oriente. Al principio, nos escribía tos los días, pero hace ya más de dos años que no sé na del. Estoy mu preocupá, señor.
—Comprendo—dijo Claudio.
—Y, supongo que pretendéis que nosotros os demos alguna información—intervine—. Me temo que eso va a ser muy difíc…—no pude terminar la frase.
—No os preocupéis, os prometo que traeremos a vuestro marido de vuelta a casa. Ordenaré que os paguen una pensión a mi cargo, hasta el momento de reuniros con él –dijo Claudio con entusiasmo.

La expresión de la mujer pregonaba su sorpresa. Seguramente, mi cara no expresaba menos asombro. Me quedé sin habla.
—Gracias, señor. No aspiraba a esperar tanto de vuestra generosa generosidad; de vuestra gran indilgencia. De vuestra…

Postrada a los pies de Claudio, quería besárselos.
—Pero, sin duda, el joven Claudio no se da cuenta de lo que está diciendo—dije, dirigiéndome a él, pues me parecía que no comprendía el alcance de sus palabras. No hizo el menor caso.
—No te preocupes Marco. Será divertido. Iremos en su busca—fue su respuesta. Luego, se dirigió a la agradecida mujer y añadió—Levantaos, por favor, no temáis y dejad todo en nuestras manos. Os traeremos a vuestro esposo de vuelta.

La señora McGuffin salió de la sala enjugando sus lágrimas con un pañuelo que Claudio le prestó y, tras sonarse ruidosamente, se despidió diciendo:
—Dios os guarde, señor, y os colme de toas las venturas—y abandonó la sala doblando tantas veces el espinazo, que crei que se le rompiera por tres sitios.

Cuando hubo salido, me volví hacia Claudio para tratar de convencerle de lo irreflexivo de su actitud.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de prometerle a esa mujer? Creo que no comprendes en qué empresa tan arriesgada te vas a meter, nos vas a meter a todos -rectifiqué—. Has actuado impulsivamente, prometiendo algo que no sabes si puedes cumplir. Ahora mismo, harás llamar a esa tal señora McGuffin y le dirás que no te dabas cuenta de lo que decías. Que te ocuparás de saber qué ha sido de su esposo, pero que no puedes prometer nada. ¡Por todos lo santos!, ni siquiera sabes si ese hombre está vivo o muerto ni dónde está, en caso de seguir con vida. Más aún, hasta ahora no habías oído ese nombre ni sabías que trabajase para ti, y tú quieres viajar hasta no se sabe dónde, para buscarlo. ¡Qué locura!
—¿Has terminado?—preguntó Claudio, impasible.
—Sí. He terminado—respondí.
—Pero Marco, tú mismo me has enseñado que hay que hacer el bien al prójimo.
—Sí, pero todo tiene un límite, y viajar hasta el otro extremo del mundo para hacerlo, los sobrepasa todos.
—Además, no sé prácticamente nada de los negocios que, se supone, debo gobernar algún día. ¿Qué mejor forma de aprender, que seguir los pasos de una de mis propias caravanas? Por otro lado, he pasado mi vida encerrado. Ahora que Calogero ha muerto, y no tengo nada que temer de sus manejos, quiero ver mundo—añadió.
—¿Qué quieres decir con eso?—pregunté.
—Pues eso, conocer el mundo y viajar …
—No, lo anterior—repuse con un vago temblor en la nuez.
—Bueno, tenía razones para no confiar en él—dijo con ironía—. Además, no sé a qué viene esa pregunta, tú mismo me has prevenido contra Calogero y sus intrigas muchas veces. Pero ahora que alguien se ha ocupado de él, tal vez alguien que se preocupa por mí—añadió, mirándome de una cierta manera extraña—, ya no tengo nada que temer. Soy libre—su respuesta podía significar tantas cosas, que no disipó mis dudas. Luego, añadió al ver mi cara—¿No pensarás que yo…?
—No, no—mentí—. Y tú, ¿no creerás que yo…?—pregunté a mi vez.
—No, ¡claro que no!—respondió Claudio.

Mina, que había permanecido callada todo el tiempo, terció a favor de Claudio.
—Pero, papá, no te entiendo. Creí que te alegrarías de emprender otra aventura. En Bolonia estabas deseando viajar, y ahora que tienes la mejor oportunidad de hacerlo, te echas atrás como una vieja medrosa. Claudio tiene razón. Vayamos en busca de ese hombre.
—No se hable más—dijo Claudio—. Buscaremos a Gregor McGuffin, y lo traeremos de vuelta a casa. Nos conviene a todos cambiar de aires.

¿Qué puedo decir? Confieso que me parecía más que sospechoso el repentino deseo de Claudio de partir a tierras lejanas; y aquello «verse libre de Calogero» podía interpretarse de muchas formas. Era cierto que abandonar Florencia dejando todo en sus manos hubiese supuesto un peligro que, con su muerte, había desaparecido. Estoy seguro de que Calogero hubiese aprovechado su ausencia para usurpar a Claudio sus derechos, una vez más. Pero, ¿había sido el propio Claudio el autor de esa muerte? ¿Trataba de alejarse de Florencia, para huir de la Ley? Quitarse de en medio por una temporada, hasta que las cosas se calmaran. ¿Por qué Mina apoyaba su decisión con tanto entusiasmo? Por otro lado, Claudio podía tener verdaderos deseos de ayudar a la señora McGuffin. Era muy posible, pues hasta ahora el muchacho había demostrado poseer un carácter dulce. Tal vez, Mina le secundaba por simple amistad. En ese caso, el monstruo era yo por desconfiar de ellos. Pero, ¡un momento! –pensé-, durante nuestra conversación, Claudio parecía sospechar que yo era el misterioso vengador que lo había liberado de su amenaza ¿No probaría eso que Claudio era inocente? Pero, ¿y si dijo todas aquellas cosas para parecer inocente, siendo culpable? Quizá, su misterioso benefactor era él mismo... Sí, seguramente el lector ha comprendido ya que todos estos enrevesados pensamiento no conducen a ninguna parte. Sin hechos sólidos sobre los que basarme, daba vueltas y vueltas, sin llegar nunca a una conclusión firme. Traté de pensar con lógica. Veamos. Sólo tenía un único punto de apoyo: Mina. Estaba seguro de que ella nunca habría participado en un crimen; y, de haberlo presenciado, me lo habría hecho saber. Confiaba en ella plenamente. Recordé entonces mis ya lejanas lecciones de lógica. Hacen falta dos premisas para construir un razonamiento. La primera, se podía formular así: ‘Si Mina hubiese presenciado un crimen, lo habría denunciado’. La segunda, era aún más fácil: ‘Mina no ha denunciado ningún crimen’. Puesto que la primera premisa es un condicional, en el que la primera parte es el antecedente y la segunda el consecuente; y puesto que la segunda premisa niega el consecuente de la primera, un razonamiento sencillo nos lleva a concluir que el antecedente, ‘Mina ha presenciado un crimen’, debe ser falso. Dicho de otro modo, puesto que confío en Mina y sé que si hubiese presenciado un asesinato me lo hubiese hecho saber, cosa que Mina no ha hecho, sólo puedo deducir que no ha presenciado ese crimen. El razonamiento era impecable y, por tanto, su conclusión era tan sólida como lo fueran sus premisas. Con este único pensamiento, disipé mis dudas y me prometí no pensar más en ello. Sin duda.

Esto fue, según yo lo recuerdo, lo que ocurrió durante aquellos días, y la razón por la que nos echamos al camino para recorrer el mundo hasta sus confines. Un viaje arduo y peligroso, pero apasionante. Nos pusimos manos a la obra.



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