viernes, 2 de octubre de 2009

La temperatura del delfín capilar. Si yo fuera surrealista...

¡Ah, vosotros, lúgubres transfiguraciones de mi migraña! ¿Qué noticia traéis de los mares de arena caliza del pasado? Aquellos tercos capirotes carmesíes tenían razón. Ellos señalaban el colapso del horizonte hacia arriba y sembraron los invertebrados de mi corazón errático con misiles de algodón de azúcar. El sol antártico se dobló en su rectitud inversa y la aurora boreal encendió los arreboles de mis semáforos. El incesante reflujo de la marea siempre agita el cascajo entre mis almohadones, a esa hora incierta del mediodía teñida de certidumbres que me atesoran. ¡Cómo sonaba, silencioso y nauseabundo! Pero, ¡callad! ¿no es aquella la Julieta del futuro espejo que me esperó ayer? Ten piedad de los cromatóforos que inundaron la ciudad con su espeso y recio merengue de plata; ¿lo recuerdas, jazmín endemoniado? Tú dijiste que eran las cinco de la tarde, sí, lo dijiste, ahora lo recuerdo bien, pero no era así. Sólo fue una mísera y silente muestra de la comezón que el alma humana atesora bajo las uñas. Aquellas gotas de lluvia anegaron los tejados negros de mis líquenes y tu desesperación se transfiguró en un pingüino azul. ¡Qué alegres zambullidas de secano! ¿Por qué no puede ser siempre así? ¿No ha de ser perenne la mitología de los sombreros prusianos y los paraguas abiertos a la lava fundente de las hormigas? Esos voraces animales me subyugan con sus bajeles corintios. No me despiertes, no reveles a mis metatarsos los secretos de las libélulas naranjas; no calmes a Atlas con levedades insensatas. Sandor dijo la verdad, cuando te engañó. Mintió con sus glándulas sudóriparas, pero dijo la verdad con las palmas de las manos levantadas del revés. ¿Es que acaso no te acuerdas? Ese estigma ya no es mío, lo expulsé de las torres altaneras de mis saetas redondas con vituperios de lacónico charlatán. No me acerquéis más ese cáliz vacío, pues no he de beber ya su contenido de nubes cárdenas y fluorescentes. ¡Por amor de Dios, tened piedad de esa trompeta! ¿Es que no veis que está sufriendo de apacible cólera? Sus ojos erráticos me desconciertan y alivian la lentitud de los días pares. No sé qué quiero decir con todo esto, pero me escuecen los ojos.

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La temperatura del delfín capilar. Si yo fuera surrealista... by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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