sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 5


La Posada del Diluvio

La fonda en la que nos acomodamos, cuyo nombre, La Posada del Diluvio, estaba pintado en grandes letras sobre la puerta del establecimiento, era bastante digna. Junto a las letras del rótulo, estaba toscamente representada una escena del Diluvio Universal. Aquello me hizo recordar unas palabras de la Biblia que mi tío me leía cuando era niño, y que parecían escritas pensando en Venecia. Si mi memoria no me traiciona, en el libro de Ezequiel se dice “Oh, tú, situada a la entrada del mar, mercado para las gentes de tantas islas … tus fronteras están en medio de los mares, y tus constructores han perfeccionado tu belleza … todos los buques del océano con sus marinos vienen a ti para comerciar con sus mercancías”, o algo parecido. Las camas estaban limpias, lo que era más de lo que se podía decir de otras muchas en las que me había hospedado antes, y la comida era más que decente. Aunque el menú no era muy variado, pues se componía invariablemente de pescado, servido de todas las maneras imaginables, la cocinera no carecía de habilidad. Seguramente, ya imagináis que los platos que se nos servían rara vez pasaban el riguroso examen de nuestra querida Rosa que, en esta materia, se mostraba inflexible y no omitía un reproche. Mina y yo no poníamos reparos a la monotonía del menú. En cuanto a Claudio, después de alimentarse de carne cruda durante buena parte de su vida, y de haber dormido en una caverna tenebrosa y fría en completa soledad, cualquier cosa que estuviese pasablemente cocinada le parecía de perlas. La clientela de la posada se componía, casi en su totalidad, de marineros a la espera de embarcar, y comerciantes procedentes de todas partes del mundo por entonces conocido, algunos de los cuales no eran muy de mi agrado. No permaneceríamos mucho tiempo en aquel lugar.
Mientras Claudio hacía indagaciones, siguiendo los pasos de McGuffin, y se encargaba de acomodarnos en alguno de los barcos que partían hacia Egipto, Mina, Rosa y yo, nos entregamos a curiosear por la ciudad. Cruzamos el Gran Canal por el puente de Rialto, camino de la famosa Plaza de San Marcos. Paseábamos distraídamente, ojeando las mercancías expuestas en las tiendas instaladas sobre el puente, y cuyos impuestos servían para sufragar los gastos de mantenimiento de su estructura de madera. Nos detuvimos en uno de los puestos. El tendero, que se dio cuenta enseguida de que éramos forasteros, entabló conversación. Según nos contó, este puente era el más antiguo de la ciudad y no hacía tantos años, allá por 1444, se había hundido bajo el peso de una muchedumbre congregada allí para presenciar un desfile de barcas


—Esperemos que no se hunda ahora, que hay mucha gente— dijo Rosa, tentando con los pies la firmeza de la estructura. Los temores de Rosa eran compartidos por los venecianos, pues años después, hacia 1503, se propuso sustituir el puente de madera por otro de piedra.
—No os preocupéis, buena mujer—dijo el mercader—que no se hundirá. Es muy sólido.
—Mi nombre es Rosa, no ‘Buena mujer’—puntualizó Rosa, quisquillosa.

El hombre, para hacerse perdonar, ofreció a Rosa una flor que extrajo de un jarrón hecho del famoso vidrio de Murano. Luego, regaló otra a Mina. Las dos quedaron encantadas. Así que esa era la forma de aplacar a Rosa; recordé las palabras de la tía Gertrudis: ‘Rosa, es una rosa’. Tomé nota. Pedimos a nuestro cicerone que nos indicara la forma de llegar a la Plaza de san Marcos, pues nos interesaba visitar la Basílica y, con sus instrucciones, continuamos nuestro paseo. Mina parecía de buen humor. Incluso Rosa estaba más optimista que de costumbre. Aproveché para iniciar una conversación que me parecía delicada.
—Aprecias mucho a Claudio—pregunté de improviso. La respuesta de Mina quedó en suspenso unos instantes.
—Sí. Es una gran persona—respondió por fin.
—Comprendo que sientas compasión por él. Ha sufrido mucho, pero no me gusta que tengáis tanta amistad. No está bien.
—Pero, ¿por qué? Es una persona agradable con la que me gusta charlar. ¿Acaso hacemos mal a alguien con ello?—dijo Mina defendiéndose.
—Tu padre tiene razón, niña—intervino Rosa. Mina y yo la miramos estupefactos.
—Ah, ¿sí?—no pude evitar la pregunta.
—¡Claro que sí!—insistió Rosa—Tu padre es un empleado de Claudio, y no está bien que los empleados tengan relación con sus señores.
—¡Vosotros no lo entendéis!—respondió Mina, con cierto enfado—Claudio no es así…—después de decir esto, se encerró en un completo mutismo.
—No está bien, ¡no señor!—repitió Rosa, a quien gustaba decir siempre la última palabra.
Ante nosotros se abrió una gran explanada, con la Basílica de San Marcos al fondo, y el Campanile de San Marcos erguido orgullosamente ante ella. La belleza de aquel lugar, nos sumió a los tres en un silencio respetuoso y profundo, interrumpiendo la conversación.
Tras nuestra excursión, regresamos a la posada. Al entrar, nos topamos con el posadero, que dormitaba al tibio sol del mediodía. Nos saludó con indolencia. Pero, puesto que ya le habíamos sacado de su sopor, comenzó a charlar con nosotros.
—¿No deberíais estar preparando el almuerzo?—pregunté.
—No habéis de sufrir, que todo estará listo a su hora. He visto que pensáis partir hacia Egipto, si me disculpáis la intromisión—dijo, mientras se desperezaba, y se peinaba los cuatro pelos de su calva con una mano.
—Así es. ¿Sabéis si ha vuelto nuestro acompañante—pregunté.
—¿Os referís a ese joven que lo paga todo?—dijo el posadero, rascándose la barba.
—Sí, el mismo—respondí un poco molesto por su falta de diligencia.
—Pues, no sabría deciros. Me he quedado dormido un rato. Yo no le he visto, pero preguntaré a mi mujer…—se ofreció.
—No, dejadlo, no os molestéis—dije, atajando el grito que estaba a punto de dar, para llamar a su esposa.
—Quizá deberíais pasear por la ciudad y conocerla. Tengo un primo que es gondolero. Si queréis le aviso. Estará encantado de serviros—se ofreció.
—No, gracias. Ya os lo diremos, si se tercia. Además, ahora veníamos de la Plaza de San Marcos, y de visitar la Basílica—aclaré.
—Habéis tenido suerte. En esta época del año es frecuente el ‘acqua alta’—dijo el posadero, rascándose el cogote.
—¿‘Acqua alta’—-pregunté.
—Sí, a veces la marea alta se desmanda e inunda la Plaza. Suele suceder, sobre todo, en primavera y en otoño. Entonces, hay que poner unos tablones para poder caminar sin mojarse. Así que partís hacia Egipto—dijo, cambiando bruscamente de tema.
—Sí, esperamos encontrar algún buque que nos lleve hasta allí—dije, tratando de dar cuantos menos detalles, mejor.
—Mis antepasados tuvieron tratos con los Polo, ¿sabéis?—dijo el hombre, orgulloso—; a micer Nicolò, padre de Marco, y a micer Mafeo, que era su tío, me estoy refiriendo. Al menos, eso me contó mi primo.
—El gondolero—dije yo.
—No, uno que es panadero. Tengo muchos primos, ¿sabéis? Según creo, micer Marco escribió su libro en prisión, en Génova; por cosas de la guerra—señaló.
—En 1298, sí—apunté.
—Después de aquello, lo apodaron ‘maese Milione’, porque en sus relatos siempre había millones de todo: pájaros, árboles, hombres…—continuó el patrón—Ganó fama de exagerado. Si supiera leer, me gustaría leerlo.
En eso, llegó Claudio con noticias, interrumpiendo la charla. Mina, que aún estaba disgustada, sonrió por primera vez.
—Saludos a la concurrencia—se anunció Claudio—. Traigo noticias.
—Con vuestro permiso, tengo cosas que hacer—se despidió el posadero. Respondimos a su cortesía, y Claudio nos puso al corriente de sus indagaciones.
—Al parecer—comenzó a decir—, Gregor McGuffin partió hacia el puerto de Alejandría, hace cosa de cinco años. Según he averiguado, contactó con un comerciante al que no nos será difícil encontrar. Tengo algunos datos sobre su paradero, que nos serán útiles.
—¿Cómo se llama ese comerciante?—pregunté.
—Es un tal Abul Wefa—respondió Claudio.
—Es extraño—dije, tratando de hacer memoria—, ese nombre me es vagamente familiar.
—Pero, ¿cómo llegaremos hasta el puerto de Alejandría?—preguntó Mina.
—Pasado mañana, parte una carraca del puerto de Venecia. Tenemos sitio en ella—aclaró Claudio—, ya está todo arreglado; y ahora, vamos a comer; tengo tanta hambre, que me comería un buey.


Para seguir leyendo: CAPÍTULO 6 




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