sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 4


Laszlo Dimittis

Por aquel entonces, Italia estaba dividida en estados independientes. A Florencia se unían el Reino de Nápoles, los Estados Pontificios, el Ducado de Milán, la República de Siena, la República de Génova… Pero nosotros nos dirigíamos a Venecia, principal puerto marítimo de Europa. Para entretener el largo y tedioso viaje hasta la ciudad de los canales, os hablaré de cómo el secreto de la seda llegó a Occidente.
Seguramente sabéis, mejor que yo, que el Imperio Bizantino se fundó entre 330 y 395, y que su capital, Bizanzio, era más conocida con el nombre de Constantinopla. Igualmente sabréis que el Imperio Bizantino desapareció en 1453, con la caída de Constantinopla en manos de los turcos, un acontecimiento de importancia capital en la Historia. En su momento de máximo esplendor, a mediados del siglo VI, regía los destinos del imperio Justiniano. Esta época es, precisamente, la que ahora nos ocupa. Por entonces, el precio de la seda no disminuía, al tiempo que la demanda era fuerte en Constantinopla. Se utilizaba este tejido, no sólo para confeccionar ropa, sino también en todo tipo de ornamentos litúrgicos, por ejemplo. El comercio estaba en manos de los persas, que compraban su mercancía en India. Justiniano se esforzaba en impedir que los romanos comprasen este artículo a los persas y, por este motivo, unos monjes venidos de India solicitaron audiencia al emperador. Según explicaron, habían pasado algún tiempo en una región que llamaban Serinda y habían estado estudiando la manera de producir seda en el ‘país de los romanos’. Aseguraban que la seda la producían unos gusanos que se alimentaban de hojas del árbol de la morera. No podían traer gusanos vivos, pero sí huevos de los que nacerían. El emperador les instó a demostrar sus afirmaciones, con la promesa de otorgarles grandes favores; y así lo hicieron. Regresaron a la tierra de la que procedían y trajeron consigo los huevos. De esta forma ‘se comenzó a fabricar seda entre los romanos’. Si esta historia es cierta, o mera leyenda, no sabría asegurarlo, pero os la cuento tal como Procopio de Cesarea la narró en su Guerra de los godos. Cinco siglos después, en 1146, en tiempos de las Cruzadas, Roger II, rey de Sicilia, envió tejedoras y bordadoras a Palermo; desde allí, un siglo más tarde, la sericultura, como se llama al arte de producir y trabajar la seda, pasó primero a Luca, y luego a Venecia y a Florencia.
Pero dejémoslo en este punto, pues llegamos a las inmediaciones de Venecia sin novedad que sea digna de ser consignada aquí. Mina y Claudio habían cabalgado uno al lado del otro, departiendo amablemente entre risas durante casi todo el tiempo que duró nuestro viaje. Contemplando al gallardo jovencito, cuyo trato era tan afectuoso y dócil, a lomos de aquel caballo blanco, resultaba difícil imaginárselo asesinando a alguien a sangre fría. Pero estábamos ya, como os decía, cerca de Venecia, de la que nos separaba aún una laguna. A la orilla de esta vasta extensión de agua divisamos una casucha y una barca amarrada junto a ella. Nos acercamos con el propósito de proponer a su morador que nos transportase al otro lado. Llamamos, y un anciano de larga barba canosa y sucia salió de su interior,
—¿Quiénes sois y por qué venís a importunarme?—preguntó el viejo, refunfuñando con voz chillona.
—Disculpad nuestra intromisión, buen hombre—dije, hablando en nombre de todo el grupo—. Somos viajeros, y procedemos de Florencia. Necesitamos cruzar la laguna hasta Venecia. Pues, si no me equivoco, se encuentra en la otra orilla.
—Bien decís—respondió el hombre, mientras se limpiaba ruidosamente la nariz con el puño de su camisa.
—Quisiera proponeros un trato—dije—. Puesto que hemos de embarcar, me preguntaba si os interesaría comprar nuestras cabalgaduras y llevarnos luego hasta Venecia en esa barca.


El viejo se acercó, examinó nuestros animales, pasó revista a sus dientes y luego hizo una oferta que consideramos ofensiva,


—Tomadlo o dejadlo—dijo el hombre.


Después de ardua negociación, apenas logramos mejorar su oferta, que seguía siendo abusiva. Cerramos por fin el trato con el codicioso anciano, y subimos las pocas pertenencias que portábamos a bordo de la barca. El viejo roñoso empujó la embarcación y subió, dando un salto sorprendentemente ágil por encima de la borda. Luego, empuñó el remo y comenzó a bogar. Con su larga barba cana y su capa andrajosa anudada al cuello, era la viva figura de Caronte, tal como lo describió Virgilio. Al adentrarnos en la neblina que envolvía las aguas de aquella negra laguna, la efigie de nuestro barquero se asemejaba aún más al mítico Caronte, que transportaba las almas de los muertos a través de la laguna Estigia hacia el inframundo, según la mitología griega. Igual que el legendario barquero, nuestro marino también había exigido su óbolo, a costa de nuestros animales. Esta tétrica visión nos acongojaba a todos. El rostro de Rosa estaba pálido, y no recobraría su color hasta pisar tierra firme. Un profundo silencio reinaba en la embarcación, que sólo se rompió cuando vimos surgir entre la bruma el perfil de una ciudad. Así, tras una breve travesía, desembarcamos en Venecia maldiciendo al codicioso viejo que se volvió, bien contento, a su casucha.


El viejo barquero, según apunte del cuaderno de viaje de Marco Nero.

 Rosa no salía de su asombro; "¿Será posible que haya gente que construye sus casas sobre el agua?"—decía, incrédula. Como seguramente ya sabéis, Venecia se encuentra en la región del Véneto, al noreste de Italia. La ciudad se levanta sobre unas 120 islas que se elevan por encima de las aguas de una extensa laguna, formando una intrincada red de canales que desembocan en otro más grande, llamado Gran Canal, y al que los venecianos llaman Canalazzo. Las diversas islas están unidas entre sí por multitud de puentes. Para desplazarse de un lugar a otro, se utilizan unas peculiares embarcaciones, llamadas góndolas, cuyo rasgo más distintivo es que son asimétricas, siendo el lado izquierdo más largo que el derecho. Precisamente una de estas embarcaciones era lo que necesitábamos ahora. Según la documentación dejada por la traidora Sofía, los Dimonte tenían un agente comercial en Venecia que velaba por los negocios familiares. Un tal Laszlo Dimittis. Tomamos, pues, una góndola que nos condujo hasta la oficina de nuestro hombre en Venecia, no sin las protestas de Rosa, "¿Más navegaciones? Denme tierra firme bajo mis pies, y déjenme de tanta agua. Que si Dios hubiese querido que los hombres anduvieran por las aguas, les hubiese dado aletas, en lugar de pies"—añadió Rosa, en otro de sus confusos razonamientos. Desembarcamos y entramos en un establecimiento ocupado por un hombre, cuyo pálido rostro apenas se levantó de las cuentas en que se hallaba enfrascado.
—¿Qué deseáis?—inquirió.
—Estamos buscando a Laszlo Dimittis—dado mi escaso éxito en la negociación con el andrajoso barquero, esta vez dejé a Claudio ocuparse de todo.
El hombre levantó la vista y nos miró con displicencia, mientras pasaba revista al grupo. Luego, respondió:
—Yo soy. ¿Quién lo pregunta?—dijo, con tono despectivo.
—Mi nombre es Claudio Dimonte, y estos son mis amigos—respondió Claudio con aplomo. El hombre dio un respingo en su asiento, y su actitud se tornó súbitamente servicial.
—Perdonad mi inexcusable falta de modales. Pero, ¿cómo he podido?… pasad, pasad os lo ruego. Pero, ¡cuánto honor! ¿Cómo no me habéis avisado? Disculpad este desorden—dijo, afanándose por recoger los papeles que llenaban su mesa—. Precisamente, trabajaba en un nuevo envío de Constantinopla—el hombre se deshacía en enojosas zalamerías.
—Bueno, bueno. Ya basta—dijo Claudio con autoridad—. Estamos buscando información sobre uno de nuestros empleados. Un tal Gregor McGuffin. ¿Lo conocéis?
—¿Gregor McGuffin? Sí, claro que conozco al bueno de Gregor McGuffin. Una buena pieza. ¿Qué ha hecho ahora ese condenado escocés?—preguntó Dimittis.
—Nada en absoluto. Cuéntame lo que sepas de él—dijo Claudio, que seguía hablando en nombre del grupo.
Nuestro agente parecía intrigado por nuestro interés por McGuffin, pero atendió sin rechistar la petición de Claudio y, después de hacer memoria, respondió.
—No he vuelto a saber nada de él. Llegó aquí procedente de Florencia, hará cosa de cinco años. Tenía el propósito de abrir nuevas rutas comerciales para Sofía, que por entonces era…—se interrumpió—. Al principio, desconfiaba de él, no me convencían sus métodos, pero demostró ser un hombre sumamente diligente y trabajador. Si no supiera que era un empleado, hubiese pensado que el negocio era de su propiedad, de tanto celo que ponía en su trabajo. Después de un par de meses de permanecer en Venecia, embarcó hacia Egipto con intención de contratar ciertas mercancías que, efectivamente, llegaron poco después a puerto. Lamenté perderlo. Desde entonces no dejaron de llegar envíos desde diversos lugares. Pero está todo en las cuentas que os envié en su momento. Sin duda, los contables de Florencia habrán consignado detalladamente todas las transacciones en sus libros. ¿Hay alguna irregularidad en las cuentas? Os aseguro que yo …—dijo Laszlo, mientras una gota de sudor comenzaba a resbalar por su frente.
—No os preocupéis, no estamos aquí por eso—lo tranquilizó Claudio. El hombre recobró la serenidad—¿Hay algún barco que podamos tomar para viajar a Egipto?
La pregunta dejó a Laszlo completamente fuera de combate, y tardó unos instantes en responder.
—Puedo informarme al respecto. Pero, decidme, ¿tenéis alojamiento? Tal vez haya que esperar unos días, antes de embarcar. Será un honor ocuparme de todo. Dejadlo en mis manos—dijo, solícito—¿Y, vuestros caballos?
—Mejor, no preguntes—respondió Claudio. Laszlo le miró sin comprender.
Nadie hubiese pensado, apenas unos meses antes, que aquel muchacho tan decidido, que se desenvolvía con soltura ante su empleado, había vivido recluido en una oscura prisión durante la mitad de su vida. A todos nos había sorprendido su madera de jefe. Tal vez a todos no: Mina no parecía extrañada por la resolución del joven; acaso mi hija le había visto afrontar situaciones atroces y salir airoso, pero no quise sacar conclusiones.
Tal como había prometido, Dimittis nos encontró alojamiento en una fonda próxima al puerto.


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