domingo, 11 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 33


Las mansiones lunares


Por muy diferentes que nos parezcan las cosas en el otro extremo del mundo, la naturaleza humana es la misma en todos sus rincones. Los hombres se acuestan y se levantan con iguales sueños; experimentan las mismas emociones; les mueven los mismos ideales y sucumben a los mismos vicios que vosotros. Alguien me narró una antigua leyenda china cuyo protagonista, el dios KuaFu, decidió un día emprender una carrera con el sol. Cuando estaba a punto de alcanzar al resplandeciente astro, sintió tan implacable sed, que hubo de precipitarse a tierra y, tal era su avidez, que agotó el cauce del Río Amarillo, sin que ello aliviase su ansia. Decidió, entonces, dirigirse al norte, hacia los lagos, pero no pudo llegar, sino que murió de sed y de su cayado, clavado en tierra, brotó un melocotonero. Aquella historia, revivió en mi memoria los ecos de Ícaro y de Faetón, y me enseñó a sentirme más cerca de aquellas gentes.
Confucio dijo a su discípulo Chung Yu: “Yu, te instruiré sobre el conocimiento. El conocimiento es reconocer lo que se sabe cuando se sabe, y lo que no se sabe cuando no se sabe”. Yo, no sabía. Fue así, que una mañana encontramos a Ping, quien nos explicó que había cumplido meticulosamente el encargo del emperador. Mientras caminábamos, aseguró que no había descubierto hurto alguno, lo que me desconcertó grandemente.
—¿Estás seguro? ¿No has encontrado nada anormal?—tenía que haber algo, una pista, cualquier cosa fuera de lo corriente.
—Bueno—Ping se rascó la cabeza con enojo—, no negaré que hay algo que me ha llamado la atención.
—¡Vamos, no te lo guardes! ¡¡¿qué es?!!—Ping parecía temer las complicaciones que aquella confidencia le podría traer.
—Bueenooo…—se resistía a explicarse—, hay 28 objetos que han requerido reparaciones reiteradamente.
—¿Ya está?—pregunté decepcionado.
—Sí. Eso es todo—respondió él.
—Me temo que nos hemos equivocado—dijo Mina.
No acababa de ver nada sospechoso en ello, excepto que ponía en evidencia la ineptitud del artesano, pues sus reparaciones no parecían durar mucho. La conversación se vio inesperadamente interrumpida por un macabro hallazgo.
—¡Por los diez mil Budas de Binglisi!—exclamó Ping.
No era para menos. Al doblar una esquina, topamos con un cadáver. Por su ropa, supe que se trataba de un eunuco.
—¡Vaya, Ahora tendré que hacer un informe!—añadió mi amigo.
Mina y yo nos agachamos para examinar el cuerpo. Alguien le había clavado algo parecido a una aguja en el cuello, perforando la yugular. El pobre hombre, se había desangrado y yacía en un enorme charco de sangre.
—Hay mucha sangre, y no hay manchas que se alejen del lugar. Eso demuestra que ha sido asesinado aquí mismo—señaló Mina.
—Y no hace mucho. El cuerpo aún está caliente.
Extraje el arma homicida, que resultó ser un pasador para el pelo, de considerables dimensiones, que la homicida había clavado lateralmente en el cuello varias veces.



El arma homicida: un pasador para el pelo de considerables dimensiones.


—Parece que nuestra asesina ha vuelto a actuar—dije.
El emperador no estaba precisamente satisfecho con los resultados de nuestra investigación. La policía y la aplicación de la justicia estaban allí en manos de los eunucos. El responsable de su buen funcionamiento y yo, comparecíamos ante su majestad desde hacía ya rato.
—Es el tercer asesinato—recriminó el emperador—, y no habéis llegado a ningún resultado.
—Majestad—el eunuco me miraba con gesto avieso—, este estúpido extranjero no sabe lo que dice. Tengo poderosas razones para pensar que se trata de una venganza personal de una de vuestras concubinas.
—Majestad—repliqué yo—, tengo buenas razones para pensar que la autora de este asesinato, es la misma que acabó con la vida de Jianyu y que no actúa por “venganza personal”.
El emperador pareció sopesar ambos argumentos y, tras unos instantes de reflexión, decidió que cada uno siguiese investigando por su cuenta. Ahora, nuestro caso había dejado de ser secreto, cosa que no me gustaba, pues me parecía que nos colocaba en una situación delicada.
El emperador decidió concedernos permiso para salir de la Ciudad Prohibida, ocasión que aprovechamos para visitar a Claudio y a Rosa. Mi ama de llaves examinó a Mina, para asegurarse de que yo no había descuidado a la chica, “¿Qué sabréis vos de cosas de mujeres?” –fueron sus palabras, que me hicieron sentir otra vez como en casa. Ahora que había dejado de ser un secreto, confié a Claudio algunos detalles de lo que sucedía en palacio, ya que me interrogó sobre lo ocurrido con Xiaosi. Paseamos por Pekín, pues necesitaba respirar un poco de libertad.
—Estábamos muy preocupados—dijo—, pero ahora me gustaría ayudarte, como hicimos en Sian.
—No sé si es buena idea Claudio—advirtió Mina, tratando de disuadirle—, mi padre y yo estamos metidos en esto por obligación, pero podría ser peligroso.
—Razón de más—repuso Claudio—, para no dejaros solos ante el peligro; más aún, intentaré averiguar algo sobre esa tienda y el artesano que arreglaba los muebles de la Ciudad Prohibida. Es posible que, sin la presencia de soldados, la gente se muestre más locuaz.
Sabía que Claudio no se dejaría disuadir, pero intentamos igualmente quitarle la idea de la cabeza.
—Es que—se defendió—, llevamos demasiado tiempo aquí, y ya tengo ganas de marcharme. Cuanto antes resuelvas este asunto, antes podremos seguir la pista de Mc Guffin…
Dejamos el asunto por imposible, pero ahora que gozábamos del permiso para abandonar la Ciudad Prohibida, volveríamos a ver a Claudio y a Rosa con más frecuencia. De regreso a palacio, pasé por una tienda y compré unos tratados de astronomía; también adquirí uno de matemáticas, llamado los Nueve capítulos sobre el arte matemático, que contenía casi 250 problemas sobre agrimensura, agricultura, ingeniería, cálculo, impuestos, solución de ecuaciones y propiedades de los triángulos rectángulos. A diferencia de los griegos, cuyo estilo era especulativo –quienes hayan tenido en sus manos Los elementos de Euclides, habrán comprobado que su autor da teorema, tras demostración, tras teorema, …-, los chinos se decantaban por explicar sus métodos mediante ejercicios. Una vez en mi habitación, abrí el tratado de astronomía. Algo no encajaba.
—¿Recuerdas la enigmática frase que estaba escrita en la hoja de papel suelta, entre las páginas del Zhou bi?—pregunté en voz alta.
—¿Aquella tan extraña del “Estómago”?—preguntó a su vez Mina.
—La misma. Creo que ya sé a qué se refería—Mina se acercó a echar un vistazo al ejemplar que estaba abierto ante mí—, aunque sigue sin tener sentido.
—¿A qué te refieres?
—Al parecer, los chinos han dividido la esfera celeste en 28 gajos, que en este mapa ves proyectados formando bandas rectangulares. Aunque de dimensiones diferentes entre sí, cada “mansión”—este era el nombre que daban a cada región así obtenida—establece una porción de cielo por la que transitan los cuerpos celestes.
—Ya veo—dijo Mina, examinando la lista.
—Ahora bien, una de esas mansiones lunares se llama, precisamente, el Estómago.
—Entonces, la frase quiere decir que el sol está en esa región del cielo. No tiene ningún misterio.
—Pues ahí está el misterio, precisamente—rectifiqué a Mina—. Cada una de estas mansiones lunares comienza en una determinada estrella, de ahí que sus dimensiones sean desiguales. Hay dos sistemas, el antiguo, y el nuevo, establecido en la gran reforma de 104 a. C. En el primero, el Estómago comienza en una estrella de la constelación de Aries; en el segundo, en otra de Perseo.
—Comprendo, ahora estamos en otoño, por lo que el sol estará, más bien, en la constelación de Virgo…—calculó Mina.
—¡Exactamente! El libro pertenecía a Xiaosi, que era astrónomo. No creo que cometiese un error tan grueso.
—Sí, tienes razón—reconoció Mina—. Veamos, esa frase estaba anotada sobre un papel, en el que había perforadas algo parecido a dos ventanas, ¿no es así?
—Sí, justo en la página donde se mostraban las listas con los nombres de los diez tallos y las doce ramas—recordé entonces.
—Bien—comenzó a decir Mina—, estos nombres están tabulados juntos, formando dos columnas. Podría ser que las ventanas de esa misteriosa hoja, estuvieran pensadas para superponerlas sobre ambas columnas, señalando una determinada combinación de nombres—asentí, siguiendo su razonamiento—. Esto nos señalaría, a su vez, un determinado día del ciclo de 60 días.
—Creo que ya entiendo a dónde pretendes llegar. Ping dijo que los objetos que habían requerido reparaciones sucesivas, eran precisamente 28, ¿no es así?
—Efectivamente—Mina y yo formábamos un excelente equipo—. Todo esto, me hace pensar que el ejemplar del Zhou bi de Xiaosi era, en realidad, un libro de claves. Jianyu, simulaba interesarse por la astronomía, pero, en realidad, Xiaosi le pasaba mensajes secretos por medio del libro.
—De modo—completé las consideraciones de mi hija—, que la misteriosa frase manuscrita era un mensaje en clave, en el que el Estómago, es alguno de los 28 enseres que debía escogerse para su reparación, mientras que la plantilla de papel seguramente establecía el día de la recogida.
—Por eso, alguien estaba muy interesado en recuperarlo. Antes de que pudiéramos descubrir su juego.
—Suponiendo que todo eso sea verdad, mucho me temo—ahora lamentaba haber traído a Mina a la Ciudad Prohibida—, que nos hemos metido en una conspiración en toda regla.





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