domingo, 11 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 31


Por algo se llama la “Ciudad Prohibida”


Ahora que mis sospechas sobre la muerte de Calogero Della Sala se habían despejado, podía pensar con más calma. Respondimos al mensaje de Claudio, prometiendo hacerles alguna visita, a la menor ocasión. Pero, ahora debía pensar en el asunto que tenía entre manos, si quería salir de aquel palacio y regresar a Italia.
La manera de abordar los asuntos del cielo en China, era muy diferente a todo lo que yo conocía. Mientras que los griegos se esforzaron por establecer un modelo geométrico del cosmos, y fijaron su atención en la eclíptica, los chinos optaron, más bien, por las cuestiones numéricas. Entre las obras que había en los aposentos que se me habían asignado y que, como ya he dicho, pertenecían al difunto Xiaosi, se encontraban obras matemáticas como el Ssu Yuan Yii Chien, de Chu Shih-Chieh, escrita hacia 1300. Como ejemplo, citaré un curioso “triángulo aritmético” que hallé en él, y que me entretuve estudiando. Se forma de la siguiente manera: empezad escribiendo un 1, que será el vértice de nuestro triángulo. Bajo él, escribid otros dos unos. Sumad este par de unos, y escribid el resultado, un 2, bajo ellos. Añadid a los lados, sendos unos. Ahora, repetid el mismo procedimiento: bajo cada par de números, escribid su suma y añadid un “1” a cada lado de la fila así formada. El resultado será algo parecido a esto:
1
1 1
1 2 1
1 3 3 1
1 4 6 4 1
1 5 10 10 5 1
1 . . . . . . . . . . . . 1
Esta construcción, que quizá os parecerá caprichosa, tiene muchas propiedades interesantes que yo mismo investigué. Para empezar, os proporciona los coeficientes de una suma elevada sucesivamente a todas las potencias. Por ejemplo, la tercera fila nos da el desarrollo de un cuadrado: (a+b)2 = 1 x a +2 x a x b+ 1 x b. Lo mismo sucede con la siguiente, que nos brinda el desarrollo del cubo de una suma. Sumad cada fila, y tendréis el resultado de elevar 2 a la potencia que le corresponda. Pero hay más curiosidades; os pido que os fijéis en las diagonales. Empecemos por el lado derecho y encontraremos una fila de unos, luego, los números naturales: 1, 2, 3, 4, 5, …; a continuación, los números triangulares, 1, 3, 6, 10, … de los que ya os hablé en la aventura del castillo de Ludovico. La cosa sigue igual, si continuamos tomando diagonales. Pero, hay otras diagonales igualmente interesantes, pues si ahora nos fijamos en las que van de izquierda a derecha y de abajo arriba con menor inclinación, nos encontramos con las siguientes sumas: 1, 1, 1+1=2, 1+2=3, 1+3+1=5, 1+4+3=8, 1+5+6+1=13, … que resulta ser la serie de Fibonacci, de la que también os hablé allá en el bosque de Florencia. Sí, aquel era un lugar propicio para los juegos numéricos pues, no en vano, los cuadrados mágicos procedían de China. Según la leyenda, una tortuga del río Lo se lo entregó a los hombres en tiempos del emperador Yii. Ahora que reparaba en ello, echaba de menos algún libro sobre astronomía entre las pertenencias de Xiaosi. ¿Por qué tenía obras de matemáticas y ninguna sobre astronomía?
Mina y yo nos encontrábamos en una de las explanadas de la Ciudad Prohibida, discutiendo las opciones que teníamos, y que no eran muchas.

—No tenemos gran cosa—dijo Mina—, apenas media gota de sangre y un mueble que, tal vez, tiene la otra mitad de la gota, y cuyo paradero desconocemos. ¿Cómo vamos a encontrarlo?
—Quizá no esté ya en la Ciudad Prohibida—respondí.
—Y, ¿cómo iban a sacarlo?—preguntó Mina, un tanto confundida con aquella idea.
—Pues, por ejemplo, así—dije, señalando un pequeño carro conducido por un hombre, que se dirigía hacia la salida transportando algunos enseres—Sigámoslo, a ver hasta dónde nos lleva.

Así lo hicimos: nos mantuvimos a cierta distancia, hasta que salió de la Ciudad Prohibida. Cuando quisimos hacer lo mismo, para seguirle por las calles de Pekín, los soldados de la puerta nos lo impidieron. Traté de razonar con ellos, pero no sirvió de nada. Afortunadamente, un funcionario que entraba en ese momento se dirigió a nosotros.

—Es inútil—intervino—, nadie puede salir sin autorización expresa del emperador. Sois Marco Nero, ¿verdad?
—Así es, y esta es mi hija Mina—respondí.
—Mi nombre es Ping, y soy funcionario de palacio. Sentía deseos de conoceros, pues he oído que el emperador os trata con mucha familiaridad. Debéis de ser un hombre extraordinario, aunque viéndoos, no me lo parecéis tal.

 Funcionario de muy alto rango, según apunte tomado por Marco en su cuaderno de viaje.

Aproveché la circunstancia para interrogar a nuestro improvisado amigo. Quería saber en qué clase de asuntos andaba metido Jianyu. Mientras regresábamos, Ping me reveló ciertos acontecimientos del pasado. Pese a la prohibición expresa dictada por el fundador de la dinastía contra la intervención de los eunucos en los asuntos públicos, lo que estaba penado con la decapitación, el padre del actual emperador se había dejado influir por un eunuco llamado Wang Chen. Siguiendo sus consejos, había emprendido una desastrosa campaña contra los mongoles, y fue hecho prisionero. A Wang Chen le sucedió otro eunuco llamado Wang Chih, con el apoyo de Wan Guifei, la concubina del emperador a la que se había referido Meilin, y que ordenó asesinar a los hijos de sus competidoras. Esta información era más valiosa de lo que, tal vez, pueda parecer pues, como dijo Confucio: “Explorando lo antiguo y deduciendo lo nuevo se llega a ser maestro”.

—¿Creéis que Jianyu estuvo metido en esos asuntos?—preguntó Mina.
—No, creo conocer bien las intrigas de palacio. Además, Jianyu lleva poco tiempo al servicio del emperador—aclaró Ping, que me miró extrañado ante la familiaridad con que se desenvolvía Mina. ¿La razón?: un proverbio chino dice “El hombre con talento es virtuoso, la mujer que es virtuosa no tiene talento”, o algo por el estilo.
—Alguien debería prevenir al emperador sobre estas cosas—me parecía un deber de todo buen servidor público.
—No os lo aconsejo—respondió Ping con contundencia—. En cierta ocasión, un funcionario llamado Phei Lin puso en guardia al emperador contra los engaños de un alquimista llamado Liu Pi, quien prometía el elixir de la eterna juventud allá por el siglo IX. Como premio a su lealtad, Phei Lin fue degradado y enviado a provincias.
—En tal caso… Decidme—pregunté a Ping—, ese hombre que llevaba algunos enseres en un carro…
—Es un artesano que suministra al emperador y se ocupa de arreglar los muebles que se hayan estropeado en la Ciudad Prohibida. Es familia del difunto Xiaosi, al que habéis sustituido. Lo sé, porque yo mismo me ocupo de los pagos por sus servicios.
—Interesante…—creo que Mina y yo tuvimos la misma idea.
Nuestras peores sospechas se confirmaron poco después. El cuerpo de Jianyu apareció abandonado a las afueras de Pekín, con signos de violencia. Había sido estrangulado con una cuerda, que le dejó una marca muy visible en el cuello.
—Majestad, tenemos razones para pensar que Jianyu fue asesinado en su habitación, y su cuerpo sacado de la Ciudad Prohibida en un mueble, por un artesano y restaurador que suministra a palacio—expliqué.
—¿Crees que fue el propio artesano quien lo mató?—inquirió el emperador.
—Es posible—respondí—, pero creo que alguien más tuvo que participar en el crimen; alguien que le ayudase a transportar el cuerpo dentro del mueble.
—Sí, tienes razón. No creo que un hombre pueda levantar un mueble, con un cuerpo dentro, sin ayuda—dijo el emperador, mesándose la luenga barba—. Ordenaré que detengan a ese artesano, para que confiese su crimen, y sabremos quién era su cómplice—bramó el emperador colérico—. Has hecho un buen trabajo Marco.

Obedeciendo los deseos del emperador, acompañado por un pequeño grupo de soldados escogidos, de cuya lealtad el emperador no tenía reserva alguna, me dirigí a la tienda del supuesto artesano. Pero el arresto no se produjo, pues la tienda y el taller anexo habían sido abandonados precipitadamente. Sólo quedaban algunas cosas tiradas por el suelo, que los ocupantes habían dejado atrás en su huída; entre ellas, un viejo arcón, en el centro de una sala vacía, que tenía una peculiar mancha de sangre en su pata posterior derecha. Me hubiese gustado que Mina hubiese estado allí, para presenciar aquel pequeño “triunfo” de la razón, pero los soldados no aceptaron de ninguna forma que nos acompañase, para gran disgusto de mi hija. Registramos todo minuciosamente, pero no había nada de interés. Interrogamos a los vecinos, en las casas de los alrededores, mas nadie había visto ni oído nada. Regresamos, pues, a la Ciudad Prohibida con las manos vacías.




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