sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 23


El observatorio de Ulug Beg

Cuando mis párpados se abrieron, un súbito resplandor me hirió los ojos. Un dolor punzante atravesó mi cabeza de parte a parte. Las voces de Mina, Rosa y Claudio me parecieron agujas deliciosas que se me clavaban en los oídos. No reconocía el lugar en el que nos encontrábamos, pero sin duda no era el extraño reino de Levogironia; ni Albireo estaba allí,

—Cuidado con Faetón…—balbucí.
—Está delirando—oí decir a Claudio.
—¡Papá!—gritó Mina—¡Gracias a Dios que te has despertado!
—Cielo, te agradecería que manifestases tu alegría en voz algo más baja—dije, mientras me palpaba la cabeza, envuelta en un aparatoso vendaje.
—No te lo toques—ordenó Claudio.
—¿Dónde estoy?—pregunté, aturdido aún.
—Estamos en Samarcanda—respondió Mina.
—¿Qué ha pasado?—pregunté algo confuso.
—Estábamos ya cerca de la ciudad, cuando tu caballo se asustó—respondió Mina—, se encabritó y te derribó. Cuando caíste al suelo, te golpeaste la cabeza y perdiste el conocimiento. Claudio se apresuró a sujetar a tu caballo, porque estaba tan nervioso, que a punto estuvo de pisotearte. Gracias a su intervención, te salvaste de morir bajo sus cascos. Luego, decidimos trasladarte aquí, pues que estábamos tan cerca.
—Gracias—dije algo avergonzado por mis recelos hacia el muchacho, al que ahora, tal vez debía la vida.
—No tiene importancia—respondió Claudio sonrojándose.
—Os dije que no era buena idea salir de Florencia—me recriminó Rosa. ¡Será mentirosa!

“Veamos”, recapitulé, “me duele horriblemente la cabeza, Claudio sigue aquí y Rosa me recrimina, una vez más; sin duda esto es el mundo real”. Pues nadie imagina un paraíso en el que exista el dolor. Pero, aquí, en el mundo real, vivían las personas que amaba; y, si para permanecer en aquel edén debía renunciar a Mina, prefería la humilde posición que ocupaba en la vida real, que todos los honores de Levogironia. Por eso, este modesto astrónomo os previene contra aquellos paraísos artificiales que nos resultan tan tentadores, y contra la adulación que nos regala los oídos. Como ya he dicho en alguna ocasión, no existe la magia. Pero basta de tanta moraleja, y regresemos a la historia que nos traemos entre manos, porque aquello significaba que nuestra persecución de McGuffin por el mundo, continuaba.
Como seguramente imagináis, aún guardé cama durante unos días, reponiéndome de mis heridas bajo los abrumadores cuidados de Rosa y de Mina, mientras Claudio andaba por ahí, haciendo no sabía qué gestiones. Durante los largos días que pasé en cama, Mina y yo mantuvimos animadas conversaciones. Le narré todo lo que había soñado en el tiempo que duró aquel estado de inconsciencia, aunque omití que en mi delirio, Claudio, que en mi sueño aparecía después como un halcón, se había convertido en un sanguinario. Me avergonzaba tener que reconocer ante mi hija que, en mi interior, desconfiaba hasta tal punto de Claudio. Le confesé que echaba tanto de menos a su madre, que en mi sueño la había revivido en la figura de la dama Albireo, cuyo nombre había extraído de la estrella homónima de la constelación del Cisne. Lo mismo había ocurrido con Erídano o Faetón. Pues debe saber el lector, que todos ellos están relacionados con el mito de Faetón, hijo del dios Helio, el Sol, que cada día conducía un carro tirado por cuatro caballos por el firmamento, y de la oceánide Clímene. Cuando Faetón supo que su padre era el dios Helio, pidió a su padre que le permitiera conducir el carro solar. Pero los caballos se asustaron, y Faetón se precipitó abrasando el cielo, dando origen a la Vía Láctea, para luego desecar la región próxima al ecuador de la Tierra. Zeus puso fin al imprudente viaje de Faetón fulminándolo con su rayo, haciéndolo caer en el río Erídano. Cicno, amigo de Faetón, lloró su muerte durante tanto tiempo, que Zeus se apiadó de él convirtiéndolo en un cisne, inmortalizado en la constelación que ahora brilla en el cielo. En cuanto a Draco, ya veis que se trataba de otra constelación, que algunos asocian con el dragón muerto a manos de Cadmo. En cuanto a la ambición de Claudio y su encuentro con un león, creo que el hecho de que Mina y yo fuésemos recordando nuestra visita a la Plaza de San Marcos, y mis recelos hacia el muchacho, ayudaron a mi mente a fabricar aquella historia. Todo había sido un ardid de mi imaginación para librarme de Claudio. Ahora, estaba arrepentido de ello. Por fin, al cabo de unas semanas, estuve recuperado por completo y pude levantarme de la cama. Aquel mismo día…

—Marco—dijo Claudio, con aire de misterio—tengo una pequeña sorpresa para ti.
—¿Sorpresa?—pregunté con expectación—. No sé si mi cabeza está aún preparada para emociones.
—Estoy seguro de que esto te va a gustar. Según parece, hay un antiguo observatorio astronómico en la ciudad. Me han dicho que tiene un instrumento muy notable. Como sé que esas cosas te interesan, he hecho algunas indagaciones y he averiguado dónde está, así que podemos visitarlo.

¿Cómo pude desconfiar del muchacho todo este tiempo? Me sentía cada vez más avergonzado por mi comportamiento. Di las gracias a Claudio, y acepté su invitación de mil amores. Mina se apuntó a la visita y Rosa, para no ser menos, también acudió para ver aquel magnífico instrumento mandado construir por Ulug Beg, del que os hablaré brevemente un poco más abajo. Los musulmanes han erigido algunos observatorios cuya vida, no obstante, fue muy breve. Uno de los más antiguos, se comenzó a construir en El Cairo en 1120, pero apenas habían transcurrido cinco años, el visir fue muerto por orden del sultán, y el personal hubo de huir para salvar la vida. Las autoridades religiosas no ven con buenos ojos este tipo de instituciones, ya que el Corán declara que “Nadie sino Dios puede conocer el futuro”. No obstante la oposición de los líderes religiosos, algunos observatorios han logrado sobrevivir lo bastante para rendir valiosos resultados. Uno de ellos, se erigió en Maraga para el gran astrónomo persa Nasir al-Din al-Tusi en 1259. Levantado sobre una meseta situada sobre lo alto de una montaña, en él se confeccionaron en 1271 una colección de tablas astronómicas o, como dicen los musulmanes, una “zij”. El observatorio que ahora nos disponíamos a visitar, había sido construido por orden de Ulug Beg, príncipe mongol nieto de Tamerlán e hijo de Shajruj Mirza, que gobernó la Transoxiana y se estableció en Samarcanda. Esta ciudad, que prosperó gracias a su enclave en la Ruta de la Seda, tiene su origen en el siglo VIII a. C., y fue conquistada por Alejandro Magno en 328 a. C. En sus alrededores se encuentra el observatorio, que estuvo en funcionamiento durante unos treinta años, hasta 1449. Los astrónomos que en él trabajaron, confeccionaron un catálogo de casi 1000 estrellas. Las posiciones de muchas de ellas se determinaron allí, gracias al instrumento que nos disponíamos a visitar,

—Aquí es—anunció Claudio triunfante, cuando llegamos a la explanada que marcaba su emplazamiento.

Lo que vimos ante nosotros fue un círculo mural, o lo que quedaba de él, de considerables proporciones. Un círculo mural es un instrumento astronómico formado por un cuadrante de círculo. En aquel caso, una parte estaba excavada en el suelo, según la línea norte-sur, y flanqueado por dos muros de mármol, mientras el resto se elevó, en su día, en el aire. En todo el perímetro del arco se habían practicado unas marcas, cuyo fin era servir para medir ángulos,

—¿Qué ángulos?—preguntó Claudio con curiosidad.
—Pues los que determinan la posición de las estrellas—explicó Mina.
—¡Es enorme!—exclamó Rosa, sorprendida por su descomunal tamaño, pues el radio del círculo excedía los 100 pies—. Esperaba algo parecido a aquel ‘astroblio’ que nos enseñasteis en el barco.
—Es natural—expliqué—, la precisión del instrumento es mejor, cuanto mayor es su tamaño. Este, rondará los 180” de arco, a ojo de buen cubero.

Aquel instrumento era tan grande, que se habían labrado sendas escaleras a cada lado del arco, para poder recorrerlo con comodidad. “¡Ojalá hubiese disfrutado de un instrumento semejante en el castillo de Ludovico”, pensé para mí, mientras admiraba el colosal círculo mural, imaginando el trajín de los astrónomos durante las largas noches de observación. Aquel sueño de Ludovico, determinar con precisión las posiciones de los planetas, también animaba a los astrónomos del observatorio de Maraga. El gran astrónomo Nasir ad-din at-Tusi, propuso a su soberano, Hulagu Khan, un plazo de treinta años para culminar el proyecto, de modo que se pudiese abarcar una revolución completa de todos los planetas. Hulagu Khan le concedió doce.
-De modo –preguntó Mina, mientras regresábamos a la ciudad dando un agradable paseo- que hay una larga tradición de observación astronómica en el mundo islámico.
-Ya lo creo –respondí-. Aunque Al Jwarizmi, que nació en una localidad no muy lejana de aquí, llamada Jiva, sea más conocido por su álgebra, compuso unas tablas astronómicas en la “Casa de la Sabiduría”, basado en los Siddhantas de la India,

—¿Qué es eso de la “Casa de la Sabiduría”?—preguntó Claudio—Parece interesante.
—Se trataba de una especie de universidad, fundada en Bagdad por el califa Al Mamun, en el siglo IX. Según la tradición, el califa decidió construir la “Casa de la Sabiduría”, tras un sueño en el que se le apareció Aristóteles. Al Mamun dotó a la “Casa de la Sabiduría” de una biblioteca y un observatorio. Pero su influencia en Europa procede de las traducciones de las obras clásicas. Allí, se tradujeron las obras del griego o del siríaco, al árabe; más tarde, tras la reconquista de al Andalus, esas obras cayeron en manos cristianas y se tradujeron al latín o al castellano.



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