sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 21


El consejero de su majestad

No es la primera vez que alabo las virtudes culinarias de Rosa, que nada tendría que envidiar a una Battista de Villanis, cocinera de leonardo da Vinci, cuyas habilidades debieron de ser generosas, pues este le legó a su muerte una cantidad considerable de sus bienes. La opinión de Leonardo a tal respecto no es desdeñable, no sólo porque fuera un hombre de extraordinario talento, sino porque él mismo fue devoto de los placeres gastronómicos. Acaso no sepa el lector que Leonardo llegó a ser jefe de cocina, con escaso éxito, de la taberna florentina de Los Tres Caracoles. Tal vez, no valorasen la creatividad del genial Leonardo. Pero, afortunadamente, son muchos los avances de estos tiempos: en Venecia se inventó el tenedor, se han introducido las copas de cristal y el propio Leonardo ha inventado la servilleta, paño que se coloca sobre la mesa para que los comensales puedan limpiarse sin manchar el mantel. Este instrumento no fue el único inventado por Leonardo, relacionado con la cocina; asadores automáticos, picadoras, cortadoras, extintores de incendios, extractores de humo… Ignoro si tales invenciones tienen algún futuro, pero os aseguro que a este mazapán, que Rosa ha confeccionado como postre, le queda muy poco. Por su parte, Albireo quedó muy impresionada con las flores de calabacín fritas, que alabó para gran contento de Rosa. Después de reponer fuerzas, retomamos nuestro pequeño misterio en torno a la mesa,

—Recapitulemos—dije, saliendo bien a mi pesar del deleite para los sentidos con que Rosa nos había regalado, y volviendo al asunto de la portentosa gema, cuya solución aún estaba pendiente—, tenemos nuestra antorcha correctamente emplazada en su lugar y, según parece, sabemos a qué se refiere el texto cuando habla de la “cabeza del dragón”. Pero, ¿cómo podría dar la vuelta a la llama una estrella pintada en un muro?
—Quizá hemos interpretado mal sus palabras—dijo Albireo—. ¿Y si quería decir otra cosa, con ello? Algo en sentido figurado…
—Estoy pensando—intervino Mina, que llevaba un rato meditando en silencio—, que no puede darse la vuelta a una llama, pero sí a su luz.
—¿Puedes aclarar eso?—preguntó Albireo.
—Cuando era pequeña—explicó Mina—, solíamos jugar con una cámara oscura, en una de cuyas paredes se hacía un pequeño orificio. Dejando el lado opuesto abierto, se podía situar en él un fino papel a modo de pantalla, sobre la que se proyectaban las imágenes invertidas. Por ejemplo, una llama.
—Lo recuerdo bien, y es fácil fabricar un tal dispositivo—confirmé.
—Ahora que lo mencionas—dijo entonces Albireo, inspirada por las palabras de mi hija—, recuerdo que mi abuelo solía contarme que, en los tiempos en que la corte estuvo en este palacio, el rey se complacía espiando a los cortesanos y a sus propios ministros, a través de una mirilla. Sólo mi bisabuelo, Quarkonio, y el propio rey lo sabían.
—¿Una mirilla? Hum, eso suena interesante. Puede ser justo lo que andamos buscando—dije, y os confieso que el corazón me latía con fuerza, pues no hay nada más emocionante que resolver un acertijo—. ¿Sabrías encontrar esa mirilla?
—Por supuesto. No hay un rincón de este palacio, que yo no haya explorado—respondió Albireo, triunfante.
—Pues, ¡vamos allá!—exclamó Mina.

Tomamos lamparillas, nos pusimos en pie y los tres seguimos a Albireo, que nos llevó hasta la escalera principal. En un rellano, se detuvo, empujó lo que parecía una pared y se abrió una puerta disimulada en la decoración. Esta daba acceso a un oscuro pasillo, lleno de polvo y telarañas, por el que avanzamos llenos de agitación.
—¿No hay demasiados pasadizos secretos, puertas disimuladas y trampas varias en este palacio?—preguntó Mina, más que escamada.
—Tal vez, pero debes tener en cuenta—respondió Albireo, al tiempo que nos guiaba—que este edificio albergó la corte en unos tiempo llenos de intrigas e incertidumbre, para lo cual, hubo de ser remodelado. Estamos llegando—interrumpió—. Aquí solía venir siendo niña, cuando no quería que mis padres me encontraran.

Entramos en una pequeña sala, que se iluminó levemente al resplandor de las llamas de nuestras lámparas. A nuestra derecha, el muro estaba completamente cubierto por pequeñas calaveras, algo menores que un puño, talladas a espacios regulares, cada una con un rostro diferente; bajo las oscilantes llamas que portábamos, sus caras macabras parecían hacernos muecas. El lugar, parecía haber formado parte, en otro tiempo, de una cripta.
—¿De verdad venías aquí de niña?—pregunté incrédulo.
—Sí, venía siempre que quería estar sola—respondió Albireo—. Era uno de mis lugares favoritos del palacio. Aquí es donde está la mirilla, por la que el rey Protonio espiaba a su corte—dijo luego, señalando una trampilla, justo frente al muro decorado con las calaveras.
—Bien, abrámosla—lo cual hicimos y, al mirar por ella, vimos la sala de la maqueta que reproducía la ciudad, y la antorcha en pie, donde la habíamos puesto—. Creo que ya tenemos todos los elementos. ¿Qué os parece si encendemos la antorcha, y vemos qué sucede?—a lo que todos asintieron con entusiasmo.

Por fin, había llegado el gran momento. Encendimos la antorcha, dejando la ciudad en miniatura iluminada sólo por aquel sol artificial en aquella noche de luna nueva, y corrimos tan rápido como daban nuestras piernas hacia la misteriosa cámara secreta. Al entrar, contuvimos la respiración. Efectivamente, la imagen invertida de la antorcha señalaba, como una vacilante punta de flecha, una, y sólo una de las calaveras de la pared opuesta a la pequeña mirilla, por la que el rey espiaba a sus ministros y consejeros.

—Y ahora, ¿qué hacemos?—preguntó Albireo.
—Tal vez, el cofre está detrás de esa calavera—dije, tanteando la pared con la mano, por ver si sonaba a hueco. Pero no fue así; el muro debía de ser de piedra y sólo conseguí que mi mano acabase dolorida—. Me temo, que no hemos terminado aún nuestra búsqueda.
—Veamos, ¿qué decía el texto?—preguntó Mina.
—Decía “…invertirá la llama y el temible rostro os dará la clave de la Victoria”—respondí.
—Un momento, quizá la palabra “clave” quiere decir aquí una “llave”—dijo Mina.
—¡Eso es!—exclamé—La Niké, es una representación de la diosa de la Victoria. La clave, tiene que ser una llave que se encaja en el lugar donde se encuentra representada la Niké, en la maqueta, al igual que la antorcha se sujetaba en…—no pude terminar la frase.
—Lo siento—dijo Rosa, mientras sostenía la calavera en la mano—. He tirado de ella, y ha salido con hierro y todo.
—He ahí tu llave—dijo Albireo, con cierta sorna.

Si mi teoría no estaba errada, había que sacar la Victoria alada de su emplazamiento en la maqueta, e introducir la llave en el agujero,

—¿Quién quiere hacer los honores?—dije, ante la diminuta Victoria, mientras sostenía la llave en mi mano.
—Dejemos a la anfitriona, creo que será lo correcto—respondió Mina. Ofrecí entonces la llave a Albireo, que la tomó en sus manos.

Con gran expectación, y en medio de un profundo silencio, Albireo retiró la pequeña Niké de su lugar, dejando al descubierto una cerradura; a continuación, introdujo la llave, accionó un resorte, y un estrépito de cadenas y pesas comenzó a escucharse bajo el suelo. Ante nuestros atónitos ojos, el retrato del rey Protonio descendió, ocultándose tras la pared, y dejando al descubierto una cavidad, algo parecido a un nicho o un altar. En su interior, una momia estaba sentada en un trono, y en su regazo sostenía un pequeño cofre; el cofre del que todos había hablado. Os confieso que, al verlo, me tomé más enserio las advertencias sobre lo peligroso que resultaría abrir aquella caja. ¿Sería aquel cadáver momificado el del hombre que osó abrirlo? Bien podía ser. Quarkonio, el consejero de Su Majestad, había cumplido su palabra, ahora era nuestro turno.



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