sábado, 10 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 11


Los hombres de arena

No se nos ocultaba, ni a mí ni a Mina ni al propio Claudio, que existía cierta semejanza entre la historia de aquel tal Yusuf, y la tragedia de mi joven discípulo y patrón. Yo me preguntaba si, como el alma de Yusuf, también el corazón de Claudio albergaba tanto deseo de venganza como para asesinar a Calogero. Pero, todos estábamos ansiosos por saber qué sucedió con Yusuf. Azhar, tras remover las brasas para avivar el fuego, retomó la narración,

Repuesto de los latigazos, el joven pidió a sus carceleros que, tal como el visir había dispuesto, le trajeran los materiales que necesitaba para cumplir el encargo que se le había hecho. Los carceleros se rieron pero, cuando el visir supo lo que su prisionero había solicitado, ordenó que se le suministrara sin rechistar. Así se hizo. En su encierro, el joven matemático comenzó a trazar extraños símbolos en un papel, a escribir ecuaciones, a realizar laboriosos cálculos y a dibujar bocetos que luego llevaba a la práctica con la habilidad de un consumado artesano. Los carceleros le observaban a través del ventanuco de la puerta de la celda, y no cesaban de burlarse de él; pero Yusuf no detenía su trabajo ni replicaba a las ofensas. Sólo trabajaba y trabajaba, sin descanso. Cuando se cumplió el plazo establecido por el visir, el matemático y su artefacto fueron llevados a su presencia. Se había corrido el rumor de que un loco había sido encerrado en las mazmorras y que había estado días, semanas, trabajando en una extraña máquina. Quizás, habría una ejecución, lo que atraía aún más público, por lo que esta vez una pequeña multitud se había apiñado en la sala y sus alrededores. El joven fue obligado a arrodillarse ante su señor,

—¿Has cumplido mi encargo?—preguntó el visir.—Así es, señor—fue la respuesta de Yusuf—he aquí mi obra.—Bien, enséñame lo que has hecho—dijo el visir, provocando las risas de los congregados.

El muchacho abrió una caja, cuya tapa estaba unida al resto por bisagras, y, al hacerlo, comenzó a sonar una melodía, delicada y extraña. Una música cuyas notas nadie había oído nunca. Acto seguido, todos lloraban de alegría y se postraban a sus pies agradecidos. El visir le perdonó, hizo azotar a quienes le había ofendido y construyó un palacio para él no lejos de la ciudad, en un pequeño oasis en pleno desierto.
Con sus cálculos, Yusuf había logrado descifrar el alma humana. Sus ecuaciones encerraban el secreto del espíritu humano. Cuando hacía sonar aquella música, esta resonaba en los corazones de quienes la escuchaban hasta quedar doblegados a la voluntad de su creador; de este modo, los habitantes de la desdichada ciudad entregaban a Yusuf todo lo que él les pedía y luego, como si despertaran de un largo sueño, no recordaban nada. Yusuf había culminado su venganza, pero su propio corazón se había envilecido con ello, y cada vez era más cruel, más ambicioso; Se encaprichó de una joven, que no lo amaba, pero no por ello dejó de valerse de su poder para lograr seducirla. Todos estaban bajo el hechizo de aquella extraña melodía. ¿Todos? No, todos no; una muchacha había logrado sustraerse al influjo del matemático. Aanisa había nacido completamente sorda, y vivía junto a sus hermanos en una casucha miserable a las afueras de la ciudad. Inmune al efecto de la caja de música de Yusuf, presenciaba cómo la ciudad, sometida a su voluntad, lo había colmado de riquezas, sin poder hacer nada por evitarlo. Todos tenían la impresión de que algo extraño les sucedía, pero no sabían qué. No lograban recordar. La pequeña Aanisa intentaba advertirles inútilmente de lo que sucedía—"¿Qué querrá esta desdichada criatura? ¡Vuélvete a casa, niña tullida!"—, decían, y nadie, nadie, la tomaba en serio. Pero aquello, llegó a conocimiento de Yusuf, y comprendió que estaba en peligro pues, si aquella pequeña lograba algún día advertir a los demás, podrían escapar a su influjo con sólo taparse los oídos. Sin embargo, matar a una pobre niña le parecía una crueldad que no estaba dispuesto a cometer. Decidió secuestrarla y encerrarla en su palacio. Pero eso no era suficiente. Ahora, era un hombre rico. Necesitaba protección. Se encerró en su laboratorio y retomó sus cálculos. Construyó siete mecanismos iguales, y una nueva caja de música. Después tomó arena del desierto y la introdujo en un crisol, para formar siete figuras iguales, a las que dio forma humana. Introdujo los siete mecanismos, en las siete figuras y, a continuación, hizo sonar la nueva caja de música. En ese preciso instante, las siete figuras cobraron vida. Yusuf había creado un pequeño ejército de autómatas que le obedecía ciegamente; e hizo bien, porque los hermanos de la joven que tenía encerrada, la estaban buscando y no tardarían en encontrarla. Ya no necesitaba la música, sino que utilizaría el terror para someter a sus semejantes. Yusuf tenía a sus guardianes custodiando a la joven Aanisa pero, cuando él lo ordenaba, su temible ejército salía del palacio para cometer tropelías e infundir el miedo a la desdichada ciudad que se había reído de él. Cada vez, sus órdenes eran más crueles. Ya no se contentaba con haber arrebatado sus posesiones a quienes le humillaron. Yusuf, imponía tasas y pagos por el uso del agua de su oasis a las caravanas. Cobraba impuestos a la ciudad y, quien no podía pagar las cuotas que su capricho estipulaba, recibía la aterradora visita de sus esclavos de arena. Incluso un pequeño destacamento de soldados del sultán, enviados para averiguar lo que sucedía allí, fueron aniquilados por los hombres de arena de Yusuf. Su corazón se había vuelto duro como una piedra.Un día, por fin, los hermanos de Aanisa supieron dónde se encontraba su hermana y decidieron acudir a rescatarla. Yusuf, envió a su ejército de autómatas, que los despedazaron ante la mirada impasible de su amo. Aanisa también presenció la escena desde la ventana de su celda, mientras lloraba desconsoladamente.Los autómatas regresaron ante la puerta de la celda de la niña, cuya vigilancia se les había encomendado, pues Yusuf temía que la muchacha pudiera escapar. Entonces, uno de ellos reparó en que la niña lloraba amargamente. Tan extraordinario comportamiento llamó su atención. Él no podía llorar. Llamó a sus hermanos, y los siete estuvieron largo rato observando atónitos las extrañas gotas saladas que brotaban de los ojos de la niña. Ninguno sabía qué era eso, aunque en su interior crecía algo que no eran capaces de identificar. Estaban muy confusos, y cada vez les costaba más cumplir las órdenes de su amo. No lo sabían aún, pero tenían remordimientos, aunque continuaron obedeciendo. Sin embargo, un día, Yusuf ordenó que quebraran los huesos de un viejo que no le podía pagar los impuestos que le demandaba. Ese hombre, era el viejo padre de Aanisa. Cuando el hombre de arena se dispuso a romperle todos los huesos, como su amo le había ordenado, comprobó que el anciano no ponía ninguna resistencia. Era como si no le importase morir. No pudo evitar preguntar el porqué de aquel insólito comportamiento. Todos le habían suplicado que les dejara vivir, excepto él. El viejo le respondió que era viudo y que sus hijos habían muerto a manos de los hombres de arena, como él. Ya no tenía razones para vivir y, por tanto, si lo mataba, le libraría de tanto sufrimiento como era para él la vida. El hombre de arena sintió que algo en su interior se había roto, ya no era el mismo ni podía continuar obedeciendo ciegamente las órdenes de su cruel amo. Le reveló al anciano que su hija Aanisa estaba viva, aunque presa en el palacio de Yusuf, y le prometió que se la devolvería con vida.
El hombre de arena regresó al palacio sin haber cumplido su cometido. Yusuf se enfadó mucho, y amenazó con cerrar la caja de música que lo mantenía con vida, pero el hombre de arena, en lugar de obedecer, le dijo,

—Liberaré a la niña y destruiré este palacio. Acabaré con tu reino de terror. He cometido actos terribles, porque tú me lo has ordenado, pero ya no lo haré más.

Yusuf se rió y, tomando entre sus manos la caja de música que le había dado la vida a él y a sus hermanos, la cerró de golpe. La música se detuvo, pero su vida, no sólo no se extinguió, sino que el hombre de arena se sintió realmente vivo por primera vez. Aquel efecto, no sólo se obró en él, sino que, con gran estruendo, los seis autómatas restantes irrumpieron atravesando las paredes. El hombre de arena cumplió la promesa que le había hecho al anciano y liberó a la pequeña Aanisa. Luego, rodearon a Yusuf y comenzaron a golpear el suelo con sus descomunales pies. Un terrible temblor comenzó a sacudir todo el palacio y se abrió una enorme grieta en el suelo, que creció hasta tragar todo el edificio.La pequeña Aanisa, entretanto, logró ponerse a salvo y regresar con su anciano padre. Le explicó todo lo sucedido y, esta vez, todos creyeron a la pequeña. Por fin, se habían librado de la tiranía del joven matemático. Aún hoy, el palacio de Yusuf yace en algún lugar en el desierto y, cuando una tormenta de arena se abate sobre ellos, los viajeros creen ver su silueta elevarse entre las tinieblas.
Quedamos sobrecogidos por aquella historia, y permanecimos en silencio unos instantes, fascinados aún ante el débil resplandor de las llamas de la lumbre. Por fin, Mina rompió el silencio:
-Me alegro de que esa caja de música haya desaparecido. Si tal cosa cayera en malas manos…
-Bueno, sólo es una leyenda, pero creo que nos enseña algo muy valioso a todos -dije.
Todos asintieron, aunque cada uno sacaría, tal vez, consecuencias diferentes. Luego, nos fuimos a dormir. Yo me preguntaba si, como Yusuf, Claudio se habría dejado llevar en Florencia por el deseo de venganza. Recordé, entonces, que la palabra ‘álgebra’ procede del término árabe al-jabr. Un gran matemático llamado Al Jwarizmi, que vivió entre los años 780 y 850, escribió un tratado llamado al-Mujtasar fi hisab al-jabr wa-muqabala. La palabra jabr significa restaurar, mientras que muqabala hace referencia a la reducción de términos semejantes en una ecuación. Incluso algoritmo procede del nombre de este influyente matemático. Si yo conociera el secreto de Yusuf, y pudiese escribir una ecuación que encerrase el alma de Claudio, tal vez podría utilizar el al-jabr y la muqabala de Al-jwarizmi para desvelar los secretos de su corazón. Pero eso, me dije, es imposible y con este pensamiento me quedé profundamente dormido.


Para seguir leyendo: CAPÍTULO 12 




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McGuffin y la astronomía china by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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