martes, 20 de octubre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, I


PRIMERA PARTE

«¡No, no me miréis! ¡Apartad la vista de mí!» Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de arrojarse por la sima, pronunciadas con voz tan espeluznante, que apenas pude moverme para impedírselo. De todos modos, no creo que hubiese podido detenerlo; yo un hombre de cualidades físicas mediocres, frente a un portento de fuerza y agilidad, tenía muy escasas posibilidades de éxito. Claro que fueron habilidades logradas artificialmente, lo sé; si Francisco Muñoz Torroja, científico brillante, llegó a ser la criatura atroz que murió en aquella sima, fue por medio de su propia ciencia. Naturalmente, yo no lo conocí antes de experimentar la transformación que lo convirtió en ese engendro, a medio camino entre lo humano y lo animal, pero quienes sí lo conocieron dicen de él que fue hombre pulcro, meticuloso, perfeccionista y poco indulgente con los defectos y errores, tanto propios, como ajenos. De sus años en la universidad, los testimonios coinciden en afirmar que fue un personaje problemático, enfrentado con todos, especialmente con los que más tarde serían sus compañeros profesores, a los que tildaba de indolentes—en el mejor de los casos—, poco imaginativos y, en la mayoría de las ocasiones, incompetentes con nula voluntad de remediarlo. Por su parte, los aludidos hacían piña frente a tales injurias y ridiculizaban su trabajo, al que calificaban de visionario y poco riguroso, y, en lo personal, sometían a su arrogante compañero a un ostracismo social que en poco o nada parecía perturbarlo. De haber tenido ese capricho, lo hubieseis podido encontrar las más de las veces —cuando no estaba impartiendo las magras horas de clase que tenía asignadas, pues se trataba por todos los medios de impedir que su nefasta influencia malograra a las nuevas generaciones que habían de nutrir las cátedras y departamentos de la futura universidad—, en la biblioteca, enfrascado en el intenso estudio de alguno de los volúmenes que nadie, salvo él, solicitaba, y que habían dormido en sus anaqueles desde el mismo instante en que fueron adquiridos por la facultad. ¿Sus intereses?, podéis deducirlos vosotros mismos de sus lecturas: se sabe que consultó numerosos vólumenes concernientes a la teoría de la genética —de la que este modesto articulista se declara un completo ignorante— y muchos testimonios confirman su devoción por una célebre novela de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Son muchos los que abrigan la manida teoría de que, como otrora le sucedió a don Quijote, fue en el transcurso de aquellas interminables horas pasadas husmeando entre las páginas de los libros, cuando su mente se trastornó definitivamente; pero ese trastorno, en opinón del autor, era demasiado consistente con su carácter que, como ha quedado dicho, estaba enfermizamente obsesionado con la perfección.

Merced a una cuantiosa herencia familiar, abandonó su puesto como profesor interino, pues ya no precisaba de salario alguno para su sustento, y decidió dedicarse por su cuenta a la investigación; si bien, siguió
frecuentando las bibliotecas de la universidad, a las que acudía con regularidad en busca de la formación y los conocimientos que sus actividades, ahora privadas, demandaban. No tardó en adquirir un viejo caserón a las afueras de la capital, en cuyo sótano instaló un pequeño, pero bien dotado, laboratorio. Cuáles fueron sus actividades allí, apenas podemos vislumbrarlas, pues, en un terrible arrebato de cólera, Francisco prendió fuego al laboratorio, y todo lo que había en él se destruyó en el pavoroso incendio. Resultado de la devastación, son las ruinas negruzcas que hoy ocupan el solar abandonado donde se ubicaba el singular edificio en que pasó sus últimos días como ser humano. Sí, habéis leído bien: como "ser humano".

De su vida íntima, este articulista apenas si sabe nada, salvo que estuvo prometido con una joven de reputada belleza, y de la que no ha sido posible averiguar casi nada, pues nuestro joven y precoz protagonista —ha muerto con apenas 30 años recién cumplidos—, siempre fue escrupulosamente reservado en lo tocante a sus asuntos privados. Según las pocas personas que lo conocieron (de las que se fue distanciando paulatinamente), la joven en cuestión era natural de
Castellón, procedía de una familia de buena posición social, se llamaba Adela y regresó a su ciudad natal desesperada y con el corazón destrozado. Las versiones son incompletas, pero todos coinciden en asegurar que Francisco se volvió huraño, que se encerraba durante horas en su laboratorio sin responder a las desesperadas llamadas de su prometida. Cuántas veces la vieron los escasos habitantes del lugar implorando en la puerta, reclamando la compañía que su amado le concedía tan escasamente, sin obtener la menor respuesta. De nada servían las súplicas ni los denodados esfuerzos de la joven por saber cuál había sido su pecado, para merecer tan implacable castigo. Una tarde fría y lluviosa de noviembre, por fin obtuvo una respuesta. Una voz apenas reconocible, casi un gruñido que heló la sangre de la muchacha, le ordenó que se marchara para siempre y que olvidara las promesas que le había hecho en el pasado. Debía abandonar toda esperanza, volver a su casa sin mirar atrás y rehacer su vida junto a otro que la amara como merecía. La joven cayó al suelo y, con el rostro apoyado en la puerta, lloró amargamente; pero aquella desolada muestra de dolor no ablandó el frío corazón de nuestro extraño personaje. Una vecina que acertaba a pasar por allí en aquel momento, habituada ya a presenciar la misma lastimosa escena que tantas veces se repitió, la invitó a entrar en su casa y le ofreció un café caliente; pero Adela, con las ropas empapadas y el rostro hundido entre las manos, huyó y ya no volvió a vérsela más. Esto es todo lo que puedo ofreceros.

Durante los dos meses que duraron aquellos tristes episodios, y hasta finales del año 1915, los desgarradores gritos que surgían del sótano del viejo caserón
atemorizaban a los residentes de la zona. Las ventanas de la casa estaban perpetuamente cubiertas con espesos cortinajes y rara era la ocasión en que se vislumbraba luz en su interior, como si celaran un oscuro secreto; sólo las ventanas del sótano estaban perpetuamente iluminadas por el débil resplandor de una lámpara sobre la mesa de trabajo. ¿De qué se alimentaba su ocupante? Nadie lo sabe, pero hay razones para sospechar que Francisco Muñoz era el responsable de los misteriosos asaltos a las granjas aledañas a la ciudad, en las que se produjeron varios ataques a animales durante aquellos mismos días. Al principio, 
los brutales ataques contra el ganado se atribuyeron a una manada de lobos o, quizá, a perros salvajes; pero desconcertaba a sus perseguidores la astucia del atacante, que eludía todas las trampas y las medidas que los dueños de los establecimientos tomaban para protegerse. Ninguna precaución parecía servir para detener al peligroso animal, que razonaba como si de una persona conocedora de todos los trucos se tratase. Fueron meses de miedo e incertidumbre: nadie se atrevía a aventurarse después de oscurecer por los solitarios campos de los alrededores, que resplandecían bajo la fría luz de la luna reflejada en la escarcha que la noche depositaba sobre ellos. Algunos, creyeron ver entre las plateadas siluetas de los árboles helados, una sombra fugaz que caminaba sobre dos patas, pero corría con una agilidad que excedía toda capacidad humana. Si no se trataba del diablo, las gentes del lugar no tenían otra explicación para calificar al autor de los atroces hechos que estaban sucediendo en la comarca. El más osado de todos ellos aseguró haber abierto fuego contra el misterioso merodeador, que emitió un agudo aullido que le puso los pelos de punta. Estaba seguro de haberle alcanzado, pero la criatura, humana o no, había logrado escapar, aunque probablemente herida por su disparo. Sin embargo, los ataques cesaron y el orgulloso ganadero se hizo merecedor de todos los créditos para recibir el título de ahuyentador de la bestia, por parte de sus agradecidos convecinos.

Seguir leyendo: Segunda Parte



Creative Commons License
Artículo rechazado por un periódico by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

No hay comentarios:

Publicar un comentario