domingo, 6 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXIV



CAPÍTULO XXIV

Entré en mi despacho y atendí la llamada. Era el director de la científica, tenía algo para mí.
-¿Inspector Salgado? –me identifiqué como tal-, perdone el retraso, pero ha sido muy difícil analizar la máquina que nos entregaron –se refería al androide siniestrado, naturalmente-. No tengo mucho tiempo. ¡No se imagina la cantidad de material que ha dejado su amigo! He oído que han encontrado su cadáver.
-Sí, estoy convencido de ello. Aunque habrá que identificarlo primero.
-Y también he oído que ha detenido a Ridruejo.
-Así es. Pero temo que me haya precipitado. A estas horas, estarán registrando el laboratorio donde se construían y reparaban los androides. Espero que aparecerán pruebas para incriminarlos. Pero pensé que podría arrancarle una confesión, y me temo que es más duro de pelar de lo que imaginaba. Tiene mucha confianza en que los abogados de la familia le sacarán de apuros. Y eso que, además, estoy seguro de que ha matado a una secretaria.
-Creo que puedo ayudarle –dijo con voz risueña mi interlocutor-, le voy a mandar algo que le será de mucha utilidad. Siento el retraso, aunque espero llegar justo a tiempo, según veo; ¿sabe?, la máquina de su sospechoso es un prodigio –“Escribiré un buen montón de artículos sobre este asunto”, añadió pletórico- y nos ha resultado muy complejo acceder a la información contenida en su “mente”. Sí, ha oído bien, esa máquina tenía algo muy parecido a una mente. ¿Tiene un ordenador a mano?
-Sí, estoy en mi despacho. Tengo un portátil sobre la mesa.
-Déme una dirección de correo electrónico, y le enviaré algo que le va a agradar. Tardará un poco, pero merece la pena.
Le di la dirección que me pedía y, mientras se consumaba la transmisión de los datos, departimos un buen rato sobre los detalles de la estructura de aquellas máquinas, concebidas por una mente sumamente brillante y original. No puedo decir que entendiese gran cosa, pero sonaba fascinante. Terminada la transmisión y comprobado que todo había llegado sin el más leve contratiempo, observé que se trataba de un vídeo, y que, si bien se interrumpía en ocasiones, contenía algo contra lo que Arturo Ridruejo, ni ninguno de sus abogados por importantes que fuesen, podría replicar. Con una sonrisa en la cara, regresé al cuarto de interrogatorios.
-Sepa que esta ridícula charada no le va a servir de nada. No crea que nos vamos a derrumbar sólo por dejarnos esperando, para hacernos creer que tiene un as en la manga –el abogado del Sr. Ridruejo estaba muy ofendido porque la permanencia en las dependencias policiales se prolongaba más de lo que había calculado, y el plazo de dos horas que él mismo había establecido como límite, estaba próximo a cumplirse. Se levantó.
-¿Renuncia a asesorar a su cliente, Sr. abogado? –se detuvo- Entonces, siéntese –deposité sobre la mesa el portátil-. No hemos terminado. Sr Ridruejo, usted y yo sabemos que la policía registra a esta hora la cadena, que inspeccionarán minuciosamente el laboratorio, y que allí encontrarán el material con el que se perpetraron los atentados. Mis compañeros demostrarán que ustedes asesinaron a Tomás González y a la señorita Téllez. Se identificará el cuerpo encontrado como el perteneciente a José Luis Cifuentes y su posición será más que delicada. Le sugiero que comience a colaborar, y no empeore más las cosas. Es mejor que confiese ahora, se lo digo por su bien –aunque aquel sujeto no me agradase lo más mínimo, decidí darle la última oportunidad de comportarse como un hombre. Luisa salió de nuevo y, al cabo de unos momentos, regresó de nuevo portando algo de ropa y un documento.
-Inspector Salgado, es usted más ingenuo de lo que pensaba. Hacía años que no veía a “Tadeo” y, cuando se presentó ante mí, si es que es él quien construyó esos robots para nosotros, lo hizo con el rostro y la identidad de Tomás González. No es culpa mía que me engañara ni que estuviera trastornado. Si utilizaba las instalaciones de la emisora a mis espaldas para cometer crímenes atroces, yo no podía saberlo. En cuanto a esa señorita Téllez de la que habla, ¿también tengo la culpa de que se haya suicidado? Háganme una prueba de parafina en las manos. No encontrarán nada.
-Hablando de eso, jefe, ha llegado una orden judicial. Tendrá que entregarnos la ropa para su examen por los forenses –Luisa mostró la orden al abogado, que dio su visto bueno, y la subinspectora le dio a Arturo Ridruejo ropa para vestirse. Cuando hubo terminado, insistí por última vez.
-¿Está seguro de que no tiene nada que decirme?
-Se lo dije antes y se lo repetiré ahora, no había visto a Tadeo desde hace años ni sé nada de sus actividades, y esto es lo que pienso decir cada vez que me pregunten y usted no podrá demostrar lo contrario. Me trae sin cuidado si Menéndez me prestó dinero o no; ¿que ha muerto?, pues peor para él. No voy a decir que lo lamento, pero eso no demuestra que yo lo matara ni que tuviese nada que ver con su muerte. Necesitará usted una prueba para poder inculparme. Pero no tiene nada, ¿verdad? ¡Naturalmente que no la tiene!, si no fuera así no estaría aquí, perdiendo el tiempo intentando arrancarme una confesión –en vano, su abogado trataba de hacerle callar. Se había puesto en pie y me amenazaba con su dedo índice, con el que me señalaba. El letrado tiraba de la manga de su chaqueta para hacerle sentarse de nuevo, y le aconsejaba que mantuviese la calma y se abstuviese de proferir aquellas amenazas. Parecía fuera de sí. Se zafó con una sacudida -. ¡Déjame en paz! Diré lo que me dé la gana, cuando me dé la gana. Voy a darle un consejo –gritó, dirigiéndose de nuevo hacia mí-, abandone ahora, que aún está a tiempo de hacerlo, o mi familia lo aplastará como a una mosca. Cuando acabemos con usted, se arrepentirá de haber nacido –al decir esto, pulsé la tecla de reproducción del vídeo y la voz de Arturo Ridruejo se dejó oír en la grabación que acababa de pone en marcha. Enmudeció. Giré el ordenador, para que ambos pudiesen ver la imágenes: José Luis y él entraban y salían del cuadro, pero sus voces se escuchaban perfectamente. Era una escena que el androide había presenciado mientras lo preparaban para intervenir en el programa, y había registrado en su memoria. Arturo Ridruejo estalló de nuevo en una terrible arrebato de cólera. Puesto en pies gritaba fuera de sí, amenazándonos a Luisa y a mí.
-¿De dónde ha sacado eso? Se lo ha dado esa zorra, ¿verdad?
-Don Arturo, por favor, siéntese y no diga nada más, o no me hago responsable de su defensa –el infeliz letrado, trataba de calmar a su cliente, pero sus exhortaciones fueron contestadas con un potente derechazo, que lo dejó fuera de combate. Mientras el pobre tipo yacía indecorosamente, varios agentes entraron en la sala y redujeron a nuestro colérico amigo.
-¡Ha sido esa puta, lo sé! No le servirá de nada, ¿me oye?, ¡de nada! –continuó gritando aún un buen rato.

Capítulo 25 

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El caso del balón de fútbol asesino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License

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