martes, 1 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXII


CAPÍTULO XXII

Puesto que la información de aquella colaboradora anónima ya nos había sido de utilidad en el pasado, decidimos conceder crédito a la nota. De camino al Canal 31, permanecimos silenciosos. Habíamos hecho tantas veces el mismo camino, que podíamos recorrerlo con los ojos cerrados. La familia Ridruejo se sentía acosada por mi insistencia, y se desquitaba desacreditándome en público a través de sus programas. Recordé las palabras de Marcelino: “Bueno, ya sabes, tu nombre ha salido por la tele. Eso es algo, ¿no?” De pronto, comprendí que eso no era nada. ¿Qué valor podía tener, en sí mismo, cuando uno podía protagonizar una noticia, lo mismo por devorar 50 hamburguesas, que por encontrar la cura del cáncer? El vehículo se detuvo, por enésima vez, ante la garita de entrada. Mostré mi placa, aunque ya no era necesario; todos los vigilantes nos conocían y tenían orden de dejarnos paso franco. Esta vez, sin embargo, me sorprendió la respuesta del tipo de la gorra.
-Pase, sus colegas ya están dentro –dijo, mientras abría una lata de mejillones en escabeche, a la par que subía la barrera.
¿Mis colegas? Nadie había pedido ayuda, ¿por qué estaban dentro otros compañeros? ¿Sería cosa de marcial? Tampoco Luisa sabía nada y lo demostró encogiéndose de hombros. Comprendí que estaba tan cansada de aquello, como yo.
El vigilante de seguridad de la entrada no mentía. Ese bullicio tan particular de la policía cuando trabaja, que era tan familiar para mí, agitaba las tripas de la emisoracomo una mala digestión.
¿Qué hacéis aquí, Javier? –una cosa era segura, aquello no tenía nada que ver con Marcial. Casi descansé al comprenderlo.
-¡Hombre, Esteban! Creo que por aquí te estaban echando de menos. Los tienes muy cabreaos. ¿Te han llamado?
-Bueno, no. He venido en busca de pruebas. Ya sabes, por mi caso –Javier, un viejo conocido, hizo una mueca para mostrar su comprensión-. ¿Y vosotros?
-Pues, lo mismo, se puede decir. Ha habido un suicidio; parece que una secretaria se ha quitado la vida.
-¿Puedo echar un vistazo?
-Sírvete tú mismo –me indicó la sala del café. Desde fuera, se veía el charco de sangre que había manado del cuerpo de una mujer de unos treinta y tantos-. ¿Se ha disparado? Es bastante raro, ¿no te parece?
-Raro me parece poco –admitió-. Hemos hecho una prueba de parafina y hay indicios de pólvora, aunque muy débiles. No me lo trago.
-¿Habéis registrado su mesa? Quizá haya dejado una nota de suicidio.
-Puedes comprobarlo por ti mismo, pero no hemos encontrado nada.
-Gracias. Lo haré. Pura rutina. Os dejo que sigáis trabajando. Me alegro de verte me despedí y mi amigo me devolvió el saludo.
Me di una vuelta por el escritorio de la difunta. “Señorita Téllez, secretaria del Director Adjunto de Personal”, decía un cartel sobre la mesa. Mis peores sospechas se vieron rápidamente confirmadas: no me costó reconocer la letra que ya me era tan conocida, entre las notas a mano de la secretaria. Alguien había descubierto sus movimientos y la había eliminado. Había que darse prisa, o seguiría muriendo gente. Cuando el Sr. Álvarez supo que estaba de nuevo en la casa, vino a recibirme –o, a controlar mis actividades-; alto, desgarbado, me tendió la mano y me saludó con su voz de fagot desafinado. Atendí a sus modales y le espeté.
-¿Podría ver el terminal 0903? –negó con la cabeza.
-No existe ningún terminal 0903 y, además, ahora está en reparación?
-¿No existe o está en reparación?
-Tendría que consultarlo… -mientras hablaba, no dejaba de mirar hacia el lado del pasillo donde se encontraban los ascensores. Sin duda esperaba la llegada de don Arturo- ¿Adónde va?
No estaba dispuesto a dejar que me entretuviera, mientras llegaba la caballería. Fui directo al plató, donde solían almacenar los androides.
-¡Espere! –intentó disuadirme, visiblemente nervioso- Esto es muy irregular. Escuche, la grabación del programa va comenzar en breve, y no puede examinar las máquinas ahora.
-No quiero “examinar las máquinas”, sólo quiero ver el terminal 0903; si me lo muestra, no les interrumpiré en absoluto.
-¡Ya le he dicho que no hay ningún terminal 0903! El último es el 0902.
-¿Está completamente seguro?
-Si se lo demuestro, ¿me dejará en paz y se marchará? –prometí hacerlo así.
-¡Eh, chico! –llamó a uno de los ayudantes de producción, que andaban preparando las máquinas.
No dejaba de asombrarme, dicho sea de paso, que el programa conservara su audiencia, a pesar de ser un fraude. El aludido se acercó.
-¿Tenemos algún terminal 0903?
-Sí, hace unos días, alguien lo encontró por ahí y lo catalogó siguiendo el mismo protocolo. Está…, estaba por aquí –la conversación se vio interrumpida, cuando Ridruejo irrumpió en el plató.
-¿Por qué no nos deja en paz, inspector Salgado?
-Ha venido preguntando por el terminal 0903. Le he dicho que no había ninguno.
-Y no lo hay –dijo él.
-Parece ser que sí –repuse.
-Es aquel –señaló el ayudante de producción.
-¡No lo toquen! –gritó Riduejo, fuera de sí.
El operario que había estado manipulando el androide durante un rato, incapaz ponerlo en funcionamiento, lo soltó sobresaltado. Creí que su respingo se debía a la repentina y furibunda instrucción del Sr. Ridruejo, pero no tardamos en descubrir que la razón era otra. De nuevo, mi confidente había guiado nuestro pasos en la buena dirección.
-Sr. Ridruejo –dijo Luisa, esposándolo-, queda usted detenido.

capítulo 23 

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El caso del balón de fútbol asesino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License