martes, 25 de agosto de 2009

Novela por entregas, Capítulo I



El caso del Balón de Fútbol Asesino

Por Carlos Olalla Linares


CAPÍTULO I


Soy inspector de policía. Estoy a punto de rebasar la cincuentena, soy un hombre casado, tengo dos hijos—la parejita—, me mudo de ropa a diario y estoy bautizado como todo hijo de vecino. No creo que pueda ser un tipo más corriente. Aun así, es posible que mi nombre les resulte familiar, pues hace unos años resolví un caso cuya repercusión en los medios me hizo célebre. Los chicos de la prensa escribieron titulares como: “El inspector Salgado se luce”, “Brillante solución del caso del Balón Asesino” y cosas por el estilo. Tal vez el lector lo recuerde. En lo sucesivo, por causas que debo callar, camuflaré, o incluso omitiré, muchos de los nombres de los protagonistas de esta historia. Si el lector vivió aquellos acontecimientos, no lo necesita; si los hechos le son desconocidos, entonces le serían indiferentes y nada nuevo vendrá si revelo dichas identidades. Si, aun así, la curiosidad es tanta que no puede pasar sin conocer con nombres y apellidos a las personas citadas en esta extraña narración, nada le impide acudir a una hemeroteca y satisfacer su curiosidad por sí mismo. He aquí un dato que le será de ayuda en sus pesquisas. Era la vigésimo novena jornada de liga, si no me falla la memoria. Recuerdo que aquel domingo de principios de primavera fue excepcionalmente caluroso. Yo estaba en el bar que hay debajo de mi casa, cuando sucedió todo. El ventilador, que colgaba del techo, zumbaba monótonamente batiendo inútilmente el aire con sus tres palas, añadiendo al bochorno un molesto runrún de fondo. Seguía distraídamente la marcha de los encuentros, mientras me refrescaba el gaznate con una cerveza bien fría. Estaba acodado en la barra, con la vista fija en la pantalla de televisión, al tiempo que engullía una generosa ración de patatas bravas cuya salsa picante hubiese derretido las encías de un cocodrilo, cuando sonó el móvil. Me limpié el bigote con una servilleta de papel y contesté.
—¿Diga?—respondí con desgana, pues la pantalla delató la procedencia de la llamada. ¡Qué diablos, era mi día libre!
—¿Esteban?—dijo la voz al otro lado de la línea.
—Sí. ¿Qué ocurre Marcial? Hoy es mi día libre—rezongué.
—¿Has oído lo del partido?—preguntó la voz, sin atender a mi protesta.
—¿Te refieres a lo de esos pobres chicos?—Marcial, mi compañero durante muchos años, y ahora comisario de la Brigada Central de Homicidios, parecía preocupado—¡Claro que lo he oído! ¿Por quién me tomas? He visto que han suspendido el partido. ¡Menudo revuelo se ha montado!—conociendo, como conocía sus colores, me imaginaba que estaría en el campo cuando sucedió todo—Pero, ¿para eso me llamas? No me parece un asunto policial.
—Hay algo raro, Esteban. Necesito alguien de confianza.
—¿Cómo que hay algo raro?—no entendía a qué venía todo aquello, pero por el tono de su voz estaba claro que algo no iba bien.
—No te lo puedo explicar por teléfono. Tienes que venir y verlo por ti mismo. Quiero que tú lleves el caso.
¿«El caso»? ¿Qué podía haber sucedido de extraordinario, para que la muerte súbita de dos jugadores de fútbol—algo insólito, por otro lado—fuese asunto de interés para la policía, por muy trágico que fuese? Si quería averiguarlo, debía ponerme en camino de inmediato. El estadio estaba al otro extremo de la ciudad, así que no tenía tiempo que perder. Pagué mi consumición y decidí tomar un taxi: no estaba en condiciones de conducir. La mezcla de la cerveza con aquella salsa corrosiva, resultó devastadora para mi aparato digestivo. Durante toda la tarde sufrí un continuo reflujo de espuma de cerveza teñida de la diabólica salsa anaranjada, que me produjo un incómodo ardor de estómago. No me considero una persona supersticiosa, pero lo interpreté como un mal presagio. Luego, una burbuja de gases se abrió paso desde el hiato con un ruido sordo, aliviando parcialmente la presión sobre el abdomen y aclarando de nuevo mis ideas. Recordé que había una parada de taxis a dos manzanas, así que me dirigí en aquella dirección. Generalmente, suele haber coches en espera de que aparezca un cliente, por lo que no me resultaría difícil encontrar uno libre. No me equivocaba; subí al primero de la fila y le di la dirección del estadio. Acto seguido, el conductor arrancó con parsimonia.
—¿Ha oído lo de esos jugadores?—preguntó, mirándome por el retrovisor. Claro que lo había oído. A estas horas, el país entero lo sabía.
—Sí, algo sé—respondí maquinalmente. El hombre debía de pensar que, puesto que el partido ya había finalizado, no había prisa por llegar.
—Por lo visto, han caído fulminados cinco minutos antes del final. ¡Qué bárbaro!
—¿Puede darse prisa? Soy policía, ¿comprende? Tengo que llegar allí cuanto antes—añadí.
—¿Por qué no lo ha dicho antes, jefe?—replicó con entusiasmo.
En mala hora se me ocurrió meterle prisa. Con un violento pisotón del acelerador, mi chofer emprendió una alocada carrera por las desiertas calles de la ciudad. En el asiento trasero, yo me veía continuamente zarandeado como un bulto inútil e indefenso. Con cada bandazo, la mezcla explosiva que guardaba en el estómago se agitaba violentamente, y amenazaba con hacernos volar por los aires a los dos. Aquel tipo no era consciente del peligro que corría. Resistí como pude, pues no quería desairar a mi diligente conductor instándolo a moderar la marcha. Al cabo de unas pocas náuseas más, estaba frente a la entrada principal del estadio. El público había sido desalojado, aunque permanecía bullicioso e impaciente en las inmediaciones. Todo el mundo quería saber. Despedí el taxi y mostré mi placa a un policía que trataba de contener a la multitud en la puerta del coliseo.
—El comisario lo está esperando dentro, inspector—dijo, al tiempo que me indicaba el lugar al que debía dirigirme.
Seguí sus indicaciones. Avanzaba por los pasillos, ahora desiertos, con una extraña sensación en la boca del estómago, exacerbada por la descomunal batalla gástrica que se libraba en su interior. Por fin, accedí al campo. El utilero abandonaba las instalaciones en aquel preciso momento, cargado con los aparejos propios de su oficio. En su mirada, como ausente, percibí un velo de melancolía que achaqué a la desgracia que acababa de suceder. Su cara, barbuda y surcada de arrugas, me resultó extrañamente familiar. Aquellos pensamientos se disiparon rápidamente, barridos de mi mente por la sobrecogedora escena que se abrió ante mis ojos. Aquello no tenía buena pinta. Forenses, policías y una nube de fotógrafos rodeaban, como aves de rapiña esperando sacar su libra de carne, los cadáveres de los dos desdichados futbolistas, misteriosamente fulminados por una fuerza desconocida.

Capítulo 2 

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1 comentario:

  1. Novela negra por entregas ambientada en el turbio mundo del fútbol. Me gusta.

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