jueves, 27 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XI


CAPÍTULO XI


Inexplicablemente, la prensa siguió divulgando detalles de la investigación –con el Canal 31, muy aventajado, a la cabeza- que no deberían conocer. Sólo se omite el detalle de la casi instantánea momificación del señor Menéndez, pero se habla sin tapujos de la “Conexión Universitaria”, como lo han bautizado los medios. Durante dos días estoy perdido, y espero que suceda algo que me saque de mi estupor. La investigación, por lo que a mí respecta, está en punto muerto. Por fin, el miércoles, el acontecimiento salvador que estoy esperando, sucede. Paso toda la tarde encerrado en mi despacho, repasando las pruebas de laboratorio, los informes de los forenses, las declaraciones de los testigos sin que nada de todo ello me sirva en lo más mínimo para esclarecer unos hechos que -estoy seguro-, ningún agente de la ley ha enfrentado nunca antes. Trato, infructuosamente, de averiguar qué se me ha pasado por alto. Cuando acaba mi turno, siento que soy un barco a la deriva, que se acerca peligrosamente al fin del mundo y que está a punto de precipitarse por una colosal catarata hacia la nada. Me invade una sensación de vértigo. Regreso a casa abatido, pero, por primera vez en más de una semana, tengo ocasión de conversar con mis hijos –que llamaremos Bruno y Lola- durante la cena. Decid de mí que estoy anticuado; consideradme un dinosaurio que debería estar expuesto en un museo; burlaos de mis gustos de viejo gruñón, si eso os complace. Pero no pienso por ello abdicar de mi forma de pensar, y os digo que detesto que mis hijos vean ciertos programas de dudoso gusto –y creo que soy muy generoso al calificarlos así-. Pero ya son adolescentes y apenas puedo ejercer autoridad sobre ellos; son mayores para elegir los programas que quieren ver. No obstante, excepcionalmente, ese día me alegro de su deplorable elección; a las diez de la noche de aquel extraño día, se registra un hecho verdaderamente insólito: la televisión se dirige a mí, personalmente. Mi hija, que está absorta ante la pantalla, me manda callar:
-Papá, ahora no, que son las nominaciones.
¿”Nominaciones”? Pero, ¿qué diantres es eso? Entonces, sin más, sucede. El hombre que habla frente a la cámara, gesticula de un modo antinatural. Su rostro adquiere gestos que parecen ajenos a lo humano, se descompone y recompone por momentos; un terrible espasmo sacude su cuerpo, mientras trata de articular palabra. Después de esta angustiosa lucha por emitir el primer sonido, por fin se arranca a hablar.
-No –una nueva convulsión-, no deje … ver este programa…
El discurso, se interrumpe por unos segundos que se hacen eternos. Seguramente, en ese momento, miles de hogares en todo el país están en vilo, esperando escuchar unas palabras que tanto se hacen de rogar. El hombre, hace un esfuerzo denodado por retomar su discurso.
-Inspector Salgado, no permita a sus hijos ver este programa. Tenga … cuidado –su rostro se contrae en una mueca espantosa, la voz se quiebra y parece la de un niño-, no se deje … engañar –no doy crédito.


El concursante se detiene y una pequeña, pero perceptible, humareda brota de su cabeza. Se escuchan rumores tras la cámara; entonces, el hombre estalla literalmente, entre gritos desgarradores, y la emisión se interrumpe. Instantes después, suena el teléfono en el salón. Reconozco el número –es de Jefatura-; Marcial me cita en el plató del Canal 31. Esa noche, me tocará trabajar. Minutos después, estoy arrancando mi coche en medio de las calles desiertas. Un extraño silencio, que se prolongará por espacio de unos días, lo invade todo. Los ciudadanos están sobrecogidos y esperan de nosotros que resolvamos la situación. No podemos fallarles. El aullido de la sirenas me guía en la quietud de esta noche.

Capítulo 12 

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El caso del balón de fútbol asesino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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