viernes, 28 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XVIII


CAPÍTULO XVIII

El lunes por la mañana, fui convocado a una reunión por parte de los presidentes de los principales equipos de fútbol del país, representados en aquella ocasión por el más veterano y poderoso de todos ellos: don Faustino Fernández. A esta reunión, asistieron también el alcalde, representantes de los empresarios de radio y televisión, y de la prensa deportiva. Sólo los más importantes: un selecto círculo. Estaban muy preocupados por la suspensión de la Liga de Fútbol Profesional, y querían saber si aquella incómoda situación se prolongaría aún. Entré en la sala a la hora convenida. Todos estaban sentados alrededor de una mesa ovalada, presidida por un hombre consumido y arrugado, de rasgos afilados como la muerte y que respiraba afanosamente emitiendo un desagradable sonido al hacerlo. Él fue el primero en dirigirse a mí, para ordenarme –con la voz ronca y cavernosa de un moribundo- que tomara asiento al otro extremo de la mesa. Instintivamente, uno sentía deseos de clavar una estaca en el corazón de aquel anciano, cuya piel me parecía hecha de látex. Doce pares de ojos me escrutaban inmisericordes y fríos.
-Inspector Delgado…
-Salgado, señor. Mi apellido es Salgado, gracias.
-Y es un apellido muy digno –repuso contrariado el señor Fernández, que inspiró, emitiendo un ronquido, todo el aire que pudo, lo que no era mucho de todos modos, antes de reanudar su discurso-, pero no estamos aquí para discutir sobre heráldica, señor mío -y, al decir esto, clavaba su nudoso dedo índice en la mesa que él mismo presidía-, sino para pedir a usted explicaciones. ¿Cuánto más ha de durar esta situación? El país no se puede permitir prescindir del fútbol, caballero, como usted parece creer de forma manifiestamente temeraria. ¿Piensa usted que estas personas –y señaló a los asistentes a aquel conciliábulo con su fúnebre mano- están satisfechas? ¿Considera usted que yo –dijo, señalándose a sí mismo con el mismo dedo de muerto- estoy satisfecho? ¿Le parece a usted que los jugadores, esos muchachos inocentes y abnegados, que se encuentran en la flor de la vida, están satisfechos? ¿Ha pensado usted en ellos, señor mío? Esos pobres muchachos tienen mansiones, piscinas privadas, coches deportivos, criados que mantener. Todas esas cosas cuestan mucho dinero, señor, ¿ha pensado usted en eso? Dígame, ¿cómo van a pagar todo eso ahora? ¿Trabajando? Tendrían que venderlo todo y, ¿no le parece que sería cruel arrebatarles todo eso, ahora que ya están acostumbrados a ello? Además, el país necesita el fútbol. ¿Qué sería de los ayuntamientos si este beneficioso entretenimiento desapareciera? ¿No lo comprende?, los ayuntamientos tendrían que construir bibliotecas y, lo que es peor, contratar bibliotecarios. ¡Y esos tipos son insaciables! ¿Se da cuenta usted del mal a que nos expone?, ¡la ruina esta gran nación! ¿Acaso quiere usted eso? –intenté defenderme, explicar que la investigación avanzaba, pero fue inútil-. No diga una palabra. Ese es el problema de todos ustedes, inspector Salcedo, hablan demasiado y hacen poco. ¡Hechos, señor mío, hechos! –golpeó la mesa con la palma extendida- ¡Vuelva usted cuando traiga hechos con usted! –entendí esto como una invitación para abandonar la sala, lo que hice de muy buena gana.
Regresé a comisaría. Luisa entró en mi despacho:
-Hemos buscado informes sobre el tal Tomás González Rituerto, el supuesto diseñador de los androides de la cadena de televisión, pero no aparece nada. Es como si se lo hubiese tragado la tierra.
-Y tal vez así sea. Luisa, sospecho que ese Tomás González está enterrado en la tumba de José Luis Cifuentes. Todos los que lo conocieron, han declarado que vieron su cadáver; pero sospecho que el muerto es un tercer desgraciado a cuyo rostro se ha aplicado el modelador que se utiliza con los androides, para darle el rostro de Cifuentes.
-Entonces, cree que aún está vivo.
-Sí; es más, creo que fue él la persona con quien me crucé en los túneles de acceso al campo. Se aplicó a sí mismo el modelador de rostros, para camuflarse como Darwin. También creo que fue él quien repartió las tarjetas trucadas a los árbitros, camuflándose con los rostros de grandes músicos, escritores y científicos. Ese tipo tiene un macabro sentido del humor. Se ha reído de todos nosotros. Pero, lo que no acierto a entender es por qué mató al constructor Menéndez. Pase que fuera un tipo odioso, pero si fuéramos por ahí cargándonos a la gente que nos resulta odiosa… no quedaría ni un periodista del corazón con vida –Luisa me miró entre asombrada y asustada.
-Bueno, quizá a esa pregunta, sí podamos responder, después de todo –dijo.
-¿Qué quiere decir?
-Repasemos lo que sabemos ya –repuso mi sagaz colaboradora-. Arturo Rituerto y José Luis Cifuentes, se conocían de los tiempos en que ambos formaron parte de Nobalón. José Luis Cifuentes era, según testimonio de la doctora Migueláñez, una mente brillante, pero, a estas alturas, un hombre amargado por no haber obtenido el reconocimiento que se merecía; o así lo consideraría él, me imagino. Por otro lado, según los informes que estamos recogiendo sobre Canal 31, la cadena atravesaba dificultades financieras. Acabamos de recibir los documentos del Banco Central -Luisa me mostró los papeles que traía consigo-. Fíjese en esto: Canal 31 compitió por obtener la retransmisión de los partidos de Liga, pero perdió el concurso en favor de la cadena estatal. Su programación estaba perdiendo audiencia, hasta que sucedió el primer asesinato. Entonces, recuperó posiciones de nuevo en la parrilla. Además, los ingresos por la telemaratón para recaudar fondos para las familias de las víctimas sirvió a la cadena para tapar agujeros. ¿Adivina quién era el responsable de ese programa?
-Nuestro amigo Arturo -no era difícil imaginarlo.
-¡Exacto!
-¿Está insinuando, que Arturo provocó una muerte programada a una hora determinada, con el único fin de ser retransmitida en riguroso directo y en exclusiva? ¿Que lo hicieron a sabiendas, con el único propósito de ganar el pulso de la audiencia? –no sé por qué, a mí no me costaba tanto aceptar aquella conclusión, como hubiera podido imaginar.
-Sí, esa es mi teoría.
-La verdad, es que mis ideas iban por un camino similar, aunque no eran tan audaces. Sin embargo –dije, mesándome el bigote-, eso explicaría por qué Arturo recurrió a José Luis; era él único que reunía los requisitos necesarios para llevar un plan tan complejo a la práctica: tenía los conocimientos técnicos necesarios para idearlo y la disposición mental para llevarlo a cabo. Pero no explica por qué mató al Sr. Menéndez.
-Bueno, creo que tengo la respuesta a eso. Acertó usted al ordenar que se investigaran las cuentas de Arturo, jefe. Este, contrató a Luis con el nombre falso de Tomás González Rituerto, probablemente después de fingir la muerte de Cifuentes. Eso, le dejaba libre para cometer los asesinatos, pues nadie buscaría a un muerto. Pero, no sólo lo contrató, sino que le montó un laboratorio donde pudiese crear las máquinas que trabajaban en los programas de tele-realidad de la cadena. Bueno, no entiendo de esas cosas, pero cabe imaginar que un laboratorio como ese costará mucho dinero.
-Sin duda, pero no sé a dónde quiere ir a parar.
-Observe: no hay ninguna partida en el presupuesto del Canal 31 destinado a ese particular. Sin embargo, nuestro amigo Arturo recibió un millón de euros del Sr. Menéndez, y se han hecho pagos por esa misma cantidad a diversas empresas del sector.


-O sea, que Arturo le pidió el dinero a Menéndez, para crear su proyecto dentro de la cadena, y luego lo eliminó, quizá para no dejar rastro o para no tener que devolver el dinero. Eso tiene sentido. Felicidades, ha hecho usted un excelente trabajo, Luisa. Ahora, necesitamos una prueba algo más sólida y Arturo ya es nuestro.

Capítulo 19 

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El caso del balón de fútbol asesino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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