jueves, 27 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP VI


CAPÍTULO VI
Mientras todo aquello sucedía, se preparaba la vigilancia de los campos de fútbol de cara a la jornada de liga que había de disputarse el siguiente fin de semana. Se evaluó la posibilidad de cancelar los partidos, pero esta opción se desechó inmediatamente, pues hubo unanimidad en que no debía cederse a las amenazas de un perturbado. También pesó en la decisión, el hecho de que las retransmisiones de los partidos –ya fuera por radio o televisión-, estaban contratadas y la expectación creada por los dos asesinatos auguraba audiencias de escándalo. Se jugaba mucho dinero como para detener la máquina. Las rotativas no paraban ni un instante de girar, los equipos que habían sufrido tan alevoso y cobarde atentado, agotaron las existencias de camisetas con los nombres de los fallecidos y la devoción por el fútbol recobró sus cotas más elevadas de espectadores. Apenas se hubieron realizado las autopsias, los periodistas estaban enterados de que ambas muertes habían tenido lugar por causas no naturales. De entre todos, el Canal 31 parecía gozar de la información más detallada y exacta, además de llevar la delantera a todos los demás, que se veían forzados a regurgitar una información ya digerida por su aventajado adversario, a sus cada vez más escasos telespectadores. Tal y como el director de la científica anunció, las exequias se televisaron con más que notables índices de audiencia. Los féretros desfilaron por la ciudad en carruajes fúnebres, tirados por caballos negros y escoltados por la policía motorizada, seguidos por un cortejo de aficionados que lloraban a los fallecidos como si de sus más allegados parientes se tratara. Al día siguiente, el programa de recaudación de fondos para las familias de los fallecidos, emitido en el horario de máxima audiencia, cosechó un éxito clamoroso y logró reunir una cifra que ruborizaba a unos pocos remilgados. Una audiencia conmovida, bloqueó literalmente las líneas telefónicas. Las familias de los dos fallecidos quedaron notablemente reconfortadas por las muestras de cariño popular. Por otro lado, había que considerar el problema del orden público. Nadie estaba seguro de cómo reaccionarían los espectadores. ¿Qué sucedería si se suspendían los partidos? ¿Aumentarían los desórdenes callejeros? ¿Se incrementarían el vandalismo, la delincuencia, las reyertas en las tabernas y los conflictos familiares? ¿Se dispararía el consumo de sustancias estupefacientes? ¿Caerían los honrados ciudadanos en la depravación moral empujados por el tedio, recurriendo a orgías sin control? ¿Se verían los programadores forzados a pensar en otros programas, para sustituir los partidos de fútbol? No, amigos, cada cual tenía sobradas razones para no desear que se suspendieran los partidos de Liga. Era, pues, nuestro deber proteger los campos y garantizar el regular desarrollo de los encuentros.

Capítulo 7 

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