jueves, 27 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XII


CAPÍTULO XII

Cuando llego al estudio, me identifico y alguien me conduce hasta el plató donde han tenido lugar los hechos. Me preparo para lo peor, pero no sé si mi estómago aguantará la prueba de contemplar restos humanos esparcidos por doquier. Es una consecuencia de la presión psicológica que experimento, pero en ese mismo momento me arrepiento de haber cenado tantas croquetas. “¡Qué absurdo!” –pienso- preocuparme ahora de eso; estoy algo aturdido. La sorpresa es superlativa cuando entro en el decorado y no hay más sangre que la de un cámara, al que una esquirla metálica ha herido levemente en un brazo. En el lugar donde el concursante ha estallado, hay unos restos humeantes de los que sobresalen circuitos, cables y partes metálicas. Un ejecutivo de la cadena se acerca a mí.
-Sin duda, usted debe de ser el inspector Salgado –me tiende la mano y yo devuelvo el saludo, al tiempo que asiento con la cabeza. Probablemente, mi rostro delata el estupor que me domina de los pies a la cabeza. Trato de sobreponerme, pues estos tipos tienen un don para percibir la debilidad y explotarla-. Permita que me presente, soy Iñigo Álvarez, director del programa –siento ganas de detenerlo allí mismo, pero, de nuevo, me contengo.
Casi al mismo tiempo, Marcial se incorpora a la comitiva de bienvenida y el apretón de manos se repite. Los tres, acompañados por un hombre que ha estado hurgando entre los restos calcinados –luego me aclaran que es el diseñador-, nos retiramos a un despacho para tener algo más de tranquilidad. Marcial y yo estamos impacientes por saber qué significa todo aquello. El señor Álvarez se anticipa a nuestra curiosidad.
-Supongo que querrán una explicación de lo sucedido esta noche –nos dice, una pregunta que ambos consideramos superflua, y nuestra mirada así se lo da a entender.
El Sr. Álvarez comienza su discurso con un panegírico –que omitiremos por carecer de interés; o por indecente, no lo sé- de su cadena, de la imagen corporativa y de su programa, al que se refiere en términos tan elogiosos, que nos resulta cómico. Como puede imaginar el lector, inevitablemente se acaba aludiendo al respaldo de la audiencia, como aval de su manera de proceder. Marcial y yo comenzamos a impacientarnos, pues no estamos allí para evaluar sus buenos resultados comerciales y así se lo hacemos saber. Por fin, entra en materia.
-Necesito que me aseguren que lo que voy a decirles no saldrá de esta sala –aquello suena a confidencia un tanto embarazosa.
Le advertimos de que no podemos garantizar tal cosa, pero que si lo que va a decirnos no afecta a la investigación, puede estar tranquilo.
-Verán este tipo de programas, donde los protagonistas son gente corriente, se nutre a menudo de actores de reparto. Hay quien considera que eso adultera el resultado final, pero el público quiere gente que dé juego, ¿comprenden? –esto, lo subraya con un aire de complicidad que no es correspondido-. Por eso, necesitamos personas con ciertas tablas ante las cámaras, gente desenvuelta que nos dé garantías.
-O sea, en otras palabras, que nada de lo que vemos en la pantalla es cierto –pregunto un tanto irritado por la desfachatez del sujeto.
-Digamos, que es una sofisticación de una realidad social latente.
-Ya.
-Bien, pues, hace algún tiempo, nos dimos cuenta de que, para construir esa sofisticación, no es absolutamente necesario que las personas que la interpretan sean verdaderos seres humanos. Por eso, decidimos sustituirlos por androides.
-Y hoy, les ha fallado el invento –interviene Marcial, a quien parece divertirle todo esto.
-Pero eso no explica cómo sabía ese androide mi nombre; por qué se dirigió a mí, personalmente.
El técnico, que ha permanecido mudo hasta ese momento, interviene. Ataviado con una bata gris y una pajarita de lunares, saca una pipa del bolsillo y trata en vano de encenderla, al tiempo que pronuncia estas palabras.
-Creo que a esa pregunta, sí puedo responder satisfactoriamente.
Es al tercer intento por prender el tabaco, cuando comprende que la cazoleta está vacía. Visiblemente nervioso, la rellena torpemente y esta vez, por fin, logra su propósito. El humo le hace toser ruidosamente. Luego, prosigue su explicación.
-Estos aparatos son extremadamente complejos: se componen de sistemas mecánicos, hidráulicos y, claro está, de abundante circuitería de última tecnología. Pues bien, estos circuitos eléctricos pueden resonar con ondas electromagnéticas que pueblan el éter, ¿verdad?, y captar así transmisiones de radio. Sin duda, nuestro androide NV-2573 ha captado una de tales emisiones, seguramente de la emisora de la policía, y es así como ha llegado hasta su memoria su nombre, que luego ha repetido en directo debido a una avería del sistema.
La explicación me parece peregrina, pero no dispongo de argumentos para contradecirla. Desgraciadamente, no entiendo un carajo de electrónica, y no tengo más remedio que aceptarla, por ahora. Pedimos que nos permitan llevarnos el androide destruido, pero se nos deniega.
-Lo siento –replica Álvarez, el director del programa-, pero es material muy sensible para la cadena y, sin una orden judicial, no estamos dispuestos, de ninguna manera, a desprendernos de él. Por otro lado, puesto que no ha sucedido nada, ni ha habido heridos, no creemos que haya motivos para ello.
Con esto, la entrevista acaba abruptamente, sin que hayamos sacado prácticamente nada en claro, por lo que abandonamos la sala decepcionados. Al salir, una fila de androides sin rostro, varados en la penumbra del plató, añade a la escena una nota lúgubre que nos infunde un fuerte sentimiento de irrealidad. Comprendo que aquellas figuras son las de los figurantes que, poco antes, encontramos al llegar, y recuerdo claramente que, entonces, todos tenían rostro. ¿Por qué ahora no lo tienen? La pregunta coge desprevenido al técnico, que dirige una mirada interrogativa al director del programa. El señor Álvarez trata de disimular su incomodidad, pero accede a regañadientes a darnos una explicación.
-Como podrán comprender, estos aparatos son extremadamente caros, por lo que disponemos de un número reducido de unidades. Sin embargo, como habrán imaginado ya, el número de personajes es, en principio, ilimitado. Por eso, se fabrican sin rostro y están dotados de un sistema que nos permite modelar las facciones que queremos a voluntad. De ese modo, la misma máquina puede interpretar personajes completamente diferentes de un programa a otro.


Abandonamos el edificio, a eso de las tres de la madrugada, con la convicción de que, tras ese aire colaborador, se nos oculta algo. Intercambio impresiones con Marcial, que coincide con mis opiniones, y me despido para dirigirme a mi coche. Hay algo prendido en el parabrisas; es un nota. Dice: “Acuda mañana a esta dirección” y facilita una calle, un número y una hora concretas. Miro a mi alrededor, tratando de vislumbrar a su autor, pero el aparcamiento está desierto; sólo quedo yo, que contemplo en silencio las luces del vehículo de Marcial mientras se alejan.

Capítulo 13 

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El caso del balón de fútbol asesino by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.

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